TRINCHERA. Toque de queda a las consciencias

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El pasado domingo 25 de octubre, el presidente del Gobierno aplicó un nuevo estado de alarma, que incluye restricciones impuestas de forma unilateral a diversos derechos fundamentales, entre otros, al derecho de circular libremente por el territorio, incluyendo un toque de queda que se aplica en horario nocturno, restricciones al derecho de reunión, con la prohibición expresa de las reuniones de más de seis personas tanto en el espacio público como en espacios privados, o limitaciones al derecho de manifestación, tal como sucedió en la manifestación de médicos del pasado día 27, a la que se limitó el aforo. Además se mantienen o endurecen otras medidas impuestas anteriormente, como la obligatoriedad del uso de la mascarilla en el espacio público, el cierre o la limitación de aforos de diversos espacios públicos y privados fundamentales para la vida social, como los espacios culturales o socio-culturales, los bares y restaurantes y otros locales de ocio. Más allá de las medidas concretas, entendemos que el estado de alarma es un primer paso en la línea de poner limitaciones a derechos fundamentales desde el poder, de forma unilateral.

Presenciamos, en verdad, un ataque durísimo a derechos y libertades colectivos propio de gobiernos dictatoriales, que se aplica ante el silencio atónito, inaceptable de la izquierda. No es sino un síntoma de la dispersión y la desorientación más absoluta de aquellos que históricamente han liderado a las masas populares a la hora de crear un sentido crítico y construir una línea de acción política que defienda sus (nuestros) intereses. Ante esta omisión, el consenso desencaminado construido durante los últimos meses sobre la necesidad de estas medidas para garantizar la salud de todos y en defensa del bien común, ha calado profundamente entre la población, convencida de apostar por el mal menor. Y por eso, en la práctica se aceptan los recortes de derechos y libertades en un contexto de crisis económica que pone a cada vez más de nosotros contra las cuerdas para sobrevivir. Parece que no hay más alternativa que encajar este ataque gubernamental, mientras que toda propuesta de intervención activa se pospone hasta que “se vaya el bicho”.

La fatalidad con que se presenta y que rodea a la pandemia y la confusión al informar sobre la crisis, conduce a las y los trabajadores a la pasividad y el desánimo. No es de extrañar. A día de hoy las propuestas existentes por parte de la izquierda han mostrado su incapacidad para encauzarla rabia y la desesperación de las y los trabajadores hacia una resistencia necesaria, más aún, dejan la puerta abierta a una salida reaccionaria. Ni siquiera son capaces de contrarrestar, ni parcialmente, la desinformación y la propaganda del poder. La defensa bélica y belicista de la lucha “de todos” contra el virus y la criminalización de toda persona que sea crítica con las medidas, ya sea por la desproporción, la ineficiencia o los intereses espúreos a los que sirven en realidad, se ha convertido en parte del “sentido común”.

Las y los trabajadores estamos siendo los verdaderos perdedores de esta crisis sanitaria, que se está resolviendo dentro de la lógica de una lucha entre clases. Y somos damnificados porque estamos sufriendo pérdidas a todos los niveles, de derechos y libertades como decíamos, pero también pérdidas humanas, despidos, rebajas salariales, recortes de condiciones laborales, el desmantelamiento aún más profundo de servicios públicos como la educación, el servicio de empleo o la salud. Es un terrible síntoma de la derrota que estamos sufriendo las y los trabajadores y del maltrecho estado de la conciencia de clase de las mayorías, como muestra el que no percibamos siquiera el cinismo de un Estado y un Gobierno, supuestamente progresista, así como los diversos gobiernos autonómicos independientemente de su color, que ni siquiera mencionan ya la necesidad de reinvertir en Sanidad cuando hablan de luchar contra una epidemia y que se lavan las manos con cuestiones meramente burocráticas, en relación a las competencias de cada uno en este tema.

Lo que nadie dice es hasta que punto esta crisis económica, desencadenada por la pandemia, se viene gestando desde hace años y de hecho no es sino una prolongación de la de 2008. Nadie dice que la crisis económica es inherente al funcionamiento irracional del capitalismo y que son sus defensores y principales beneficiarios quienes están ahora decidiendo qué medidas tomar para encararla. Tampoco se dice que la crisis está llevando a la desesperación a millones de personas y que las medidas de represión y control recientemente aprobadas van a dificultarnos aún más la supervivencia. Más aún, se está normalizando un estado policial, dando plenos poderes a los cuerpos de seguridad del Estado que, de nuevo, como en marzo, podrán actuar con impunidad contra todo aquel que se encuentren o elijan victimizar.

La situación es grave. El silencio de la izquierda y su pérdida absoluta de iniciativa política lo es aún más. Hoy, más que nunca, es necesario repetir, una y otra vez, que esta violencia que sufrimos y que se ejerce desde arriba, desde todas las instituciones del Estado y a todos los niveles, no es fortuita ni una fatalidad. Que las medidas tomadas no buscan nuestro bien, sino que su objetivo es precisamente desactivar la justa rabia y desesperación a la que nos empuja la burguesía en su irrefrenable búsqueda de beneficios a nuestra costa. Desde Trinchera afirmamos que podemos, debemos y tenemos que organizarnos para luchar contra este estado de cosas. No es un opción, es una necesidad.

Si algo quedó claro durante la primera fase de la pandemia es que, sin nosotros, trabajadoras y trabajadores, nada funciona. Sin agricultores y peones del campo ni trabajadores del sector de la alimentación, incluyendo a los trabajadores de los supermercados, no llegaba la comida a las estanterías. Sin trabajadores de la salud, sin médicos, sin enfermeras, pero también sin auxiliares, limpiadoras, celadores, no había ninguna “lucha contra el virus”. Sin trabajadores industriales, en fábricas y plantas de todo el país, no había combustible para el transporte de bienes, ni para calentar las casas, ni para producir absolutamente nada. Todas y todos los que teníamos empleo nos dimos cuenta de hasta qué punto somos absolutamente imprescindibles. Quienes no lo teníamos, estuvimos muchas veces cuidando, supliendo escuelas, atendiendo ancianos. Manteniendo a los nuestros con vida, cuidados, alimentados y limpios y con la mejor salud mental que pudimos ayudarles a mantener.

Sin embargo, a nosotras y nosotros, a quienes producimos todo lo necesario para poder vivir, a los imprescindibles, a los que estamos en primera línea cada día para que la vida continúe, no nos dejan ni voz ni voto sobre qué hacer con esta pandemia, qué hacer con esta crisis. Las medidas se imponen desde arriba, sin ningún criterio sanitario real, sólo para beneficio de las y los explotadores y empujándonos al resto rápidamente hacia el abismo. Pero no son aleatorias. Tienen un objetivo no declarado de frenar toda protesta, de desactivar toda resistencia, fomentar el aislamiento, la alienación y la desconfianza entre nosotros, premiando la delación a las autoridades de toda conducta “incívica”. Mientras, el Gobierno nos endeuda y privatiza y las empresas nos explotan cada vez más o nos condenan al paro y la miseria. El poder nos quiere cómplices de unas políticas que van en contra de nuestros intereses y de la subsistencia de toda la humanidad. El miedo campa y es necesario resistirnos a ver a nuestros vecinos como una amenaza. La alternativa para dar vuelta la tortilla y revertir esas políticas contrarias a los intereses de nuestra clase se hace cada vez más urgente.

Desde Trinchera, no nos quedamos callados ni pasivos. Por eso, ante el desconcierto mayoritario, apostamos por una salida organizada. La gravedad del momento no acepta falsas justificaciones. La barbarie capitalista es más perversa que cualquier distopía y es necesario plantarle cara. Si no apostamos por nosotros, por nuestra clase, aún a riesgo de volver a ser derrotados, nadie lo hará. Sabemos que hoy la inacción y peor aún, las vacilaciones y medias tintas a la resistencia, son equivalentes al suicidio. No sólo es necesario difundir y repetir machaconamente nuestra verdad, es necesario construirla. Frente a sus ataques disfrazados de medidas sanitarias, necesitamos tener la cabeza fría y conscientes de nuestras fuerzas, con el bagaje histórico de las luchas de los que se negaron a aceptar sin rechistar la barbarie capitalista, poner la primera piedra de esta etapa. Para recuperar la iniciativa, qué mejor que empezar por cuestionar la verdad del enemigo. Pero sólo eso no es suficiente. Las y los trabajadores nos necesitan a su lado, luchando y poniendo el cuerpo, por nuestros derechos y libertades, pero también por un mundo sin explotadores ni explotados, sin pandemias capitalistas ni crisis depredadoras.

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