Revolución de Octubre: La pasión que mueve la historia

Los revolucionarios tenemos el deber de sacudir los libros cada cierto tiempo, para que las palabras encarnen nuevamente en hechos; despertar a los héroes dormidos, prisioneros de intereses opuestos a los suyos

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Enrique Ubieta Gómez.— La Gran Revolución Socialista de Octubre fue sin dudas uno de los grandes acontecimientos de la historia de la Humanidad, el asalto al cielo de los pueblos oprimidos. Los jóvenes de hoy ni siquiera conocieron el estado multinacional que aquella experiencia –con sus luces y sombras–, engendró, y en el que miles de sus padres y abuelos estudiaron. La pasión que mueve la historia se adormece en los entresijos del tiempo, la palabra que un día vino acompañada de acciones, compartida por millones de gargantas enardecidas, se posa después, inerme, en los libros de historia. Los revolucionarios tenemos el deber de sacudir los libros cada cierto tiempo, para que las palabras encarnen nuevamente en hechos; despertar a los héroes dormidos, prisioneros de intereses opuestos a los suyos. Fue lo que hizo Fidel en el centenario del nacimiento de José Martí. Lo que hizo Chávez al retomar la obra inconclusa de Bolívar. Los imperialistas le temen a la historia; por eso la banalizan o la distorsionan, cuando no pueden ocultarla.

Pero no hay héroes o sucesos populares que sean patrimonio de un solo pueblo. Fidel y Chávez son tan necesarios para los rusos de hoy, como Lenin lo es para los latinoamericanos. Y si es necesario, también es nuestro. ¿Cómo despertar la curiosidad, el interés, en torno a las figuras del pasado? Es importante escuchar o leer a los que vivieron los acontecimientos. Fue el estadounidense John Reed el mejor cronista de la Revolución de Octubre –ocurrida en noviembre, según el viejo calendario ruso–, y su libro Los diez días que estremecieron al mundo, un documento apasionante, cuya lectura siempre recomiendo. Así describe al fundador del primer Estado socialista de la Humanidad:

Eran las ocho y cuarenta exactamente cuando una tempestad de aclamaciones anunció la entrada del Buró, con Lenin, el gran Lenin. Era hombre de baja estatura, fornido, la gran cabeza redonda y calva hundida en los hombros, ojos pequeños, nariz roma, boca grande y generosa, el mentón pesado. Estaba completamente afeitado, pero ya su barba, tan conocida antaño, y que ahora sería eterna, comenzaba a erizar sus facciones. Su chaqueta estaba raída, los pantalones eran demasiado largos para él. Aunque no se prestaba mucho, físicamente, para ser el ídolo de las multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño jefe popular, que lo era solamente por la potencia del espíritu. Sin brillo, sin humor, intransigente y frío, sin ninguna particularidad pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño de la mayor audacia intelectual.

Fueron días de gloria para la Humanidad. La escena descrita ocurre un día después de la victoria revolucionaria y es el preámbulo de la adopción de la proclama de paz (que sacara al pueblo ruso de la guerra interimperialista) y del decreto sobre la tierra (reforma agraria). En 1973, afirmaría Fidel: «Sin la prédica luminosa de José Martí, sin el ejemplo vigoroso y la obra inmortal de Céspedes, Agramonte, Gómez, Maceo y tantos hombres legendarios de las luchas pasadas; sin los extraordinarios descubrimientos científicos de Marx y Engels; sin la genial interpretación de Lenin y su portentosa hazaña histórica, no se habría concebido un 26 de Julio».

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