Cuestión de Intereses

Dicen que la forma de “hacer política” ha cambiado

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Dicen que la forma de “hacer política” ha cambiado. Y, es que en estos últimos tiempos donde lo políticamente correcto se impone sobre lo políticamente coherente, a veces creemos que las políticas efectivas son aquellas que contentan y apaciguan a un mayor número de personas. En este contexto de desorientación ideológica se mueve el concepto de “hegemonía”, ese concepto que hace referencia a la capacidad de hacer valer el punto de vista propio por el punto de vista universal.

En esta época de crisis económica, acrecentada por la pandemia del COVID-19 que afecta a toda la humanidad, es necesario que todos cedamos para que juntos salgamos adelante. Esto es lo políticamente correcto. Sin embargo, nos damos de bruces con la realidad cuando vemos que no se van a detener los metros abarrotados de las ciudades que llevan a la clase trabajadora a su puesto de trabajo  y que por ningún motivo del mundo se van a detener las actividades de las grandes corporaciones que no se pueden permitir dejar de generar ingresos. Sí, todo el mundo está cediendo, pero hay un sujeto que más está cediendo en particular, un sujeto que está sacando adelante a la sociedad mediante su trabajo, este sujeto es la clase trabajadora. En este contexto, a las personas que creemos que el camino al socialismo no es algo utópico y que hay que trabajarlo, nos toca desmentir que las políticas efectivas son aquellas que contentan a un mayor número de sujetos.

Las políticas efectivas son aquellas que defienden los intereses de la clase trabajadora y la hegemonía no es más que la idea sencilla al alcance de toda la clase obrera de que sus intereses se tienen que defender hasta las últimas consecuencias. Esas teorías que hablan del poder para la clase obrera puede parecer algo viejo, algo del pasado, pero el socialismo científico se asienta bajo la mejor tradición teórica de la humanidad, y enviará toda la basura política que bajo discursos políticamente correctos pretenden proteger al gran capital al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce.

La Hegemonía: Una teoría de la revolución socialista.

Ya en 1844 un Marx joven escribía en la “Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” que la única clase capaz de llevar a cabo la plena emancipación humana, debido a su posición concreta dentro del sistema capitalista, es el proletariado. El análisis riguroso de la historia ofreció a Marx una visión clara sobre cómo operaban los procesos sociales. Es por eso que en el Manifiesto Comunista ya expone que en una sociedad dividida en clases, en la cual impera y se impone la contradicción Capital-Trabajo, las distintas clases tienden a posicionarse con uno de los dos principales contendientes cuando las contradicciones se acentúan: el bando de la burguesía o el bando del proletariado. Tras las experiencias revolucionarias de 1848, en una circular dirigida a todo el conjunto de la Liga de los Comunistas en 1850, Marx explica que lucha revolucionaria (la que hace el proletariado al organizarse para tomar el poder y superar el modo de producción capitalista) consiste en mantener siempre la independencia de clase y no dejarse llevar por las revoluciones en las que la burguesía, en nombre del progreso arrastra a las capas populares a luchar por intereses que no les son favorables (como es el ejemplo de la Primavera Árabe de 2010-2012). La independencia de clase aparece en este contexto como la identificación de los intereses ajenos y la identificación y organización en torno a los intereses propios (la libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad). En esa carta de once páginas en las que Marx ofrece indicaciones a la militancia, expone que en la lucha revolucionaria se puede negociar con todo menos con los principios, estableciendo así un pilar esencial del marxismo: el proletariado tiene que ser capaz de identificar sus propios intereses para poder llevar la dirección política y cultural de sus potenciales aliados en los distintos procesos sociales que se estaban dando en aquella época.

Años más tarde, Lenin se dedicó al estudio sistemático del marxismo y no solo comprendió de una forma rigurosa esta ciencia revolucionaria, sino que también contribuyó a su desarrollo. El revolucionario ruso desarrolló por primera vez el concepto de hegemonía, un concepto inherente a las enseñanzas anteriores: la hegemonía es iniciativa. Conocedor de todas las experiencias revolucionarias pasadas, Lenin sabía que las revoluciones las gana quien lleva la iniciativa, como por ejemplo la iniciativa de la burguesía en la revolución francesa en 1789. La tarea fundamental de los Bolcheviques en 1917 era la misma que en 1850, disputar la iniciativa de la burguesía en el proceso revolucionario que se estaba dando, ofrecer todo el poder a las estructuras paralelas al Estado burgués donde se organizaba el proletariado. Cuando Lenin regresa del exilio y proclama al bajarse del tren “todo el poder para los soviets” estaba diciendo que, si se quiere hacer una transformación con carácter socialista, la iniciativa del proceso la tiene que llevar la clase materialmente revolucionaria, el proletariado. La hegemonía se presenta como una relación en la que la clase obrera rusa organizada en los soviets llevó la dirección política y cultural del campesinado para hacer la revolución socialista.

La famosa cuestión meridional de Gramsci trataba precisamente de la estrategia para construir el socialismo en Italia mediante la hegemonía del proletariado del norte junto con las grandes masas campesinas del sur. A pesar de que se ha tratado de reducir la teoría de la hegemonía a mero consenso desde el día en el que salieron publicados sus cuadernos de la cárcel en 1975, Gramsci era consciente que la hegemonía de la burguesía en el capitalismo no es mera dominación cultural, también es coerción y dominación de una clase respecto a la mayoría de la población, la imposición de un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción. ¿Acaso hay alguna manera de explicar el imperialismo sin la imposición de un sistema sangriento sobre los pueblos oprimidos? ¿Acaso se puede explicar un sistema sustentado en la enajenación del trabajo de la clase obrera sin la imposición de unas condiciones de vida indignas? Gramsci no quería convencer, quería conquistar el poder mediante la misma hegemonía de la que ya hablaba Marx en 1850. En un texto llamado “Algunos temas sobre la cuestión meridional” define la hegemonía del proletariado como “la base social de la dictadura del proletariado y del estado obrero. El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida en que consigue crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el estado burgués a la mayoría de la población trabajadora, lo cual quiere decir en Italia, dadas las reales relaciones de clase existentes en Italia, en la medida en que consigue obtener el consenso de las amplias masas campesinas. Pero la cuestión campesina está en Italia históricamente determinada, no es la «cuestión campesina y agraria en general; en Italia la cuestión campesina tiene, por la determinada tradición italiana, por el determinado desarrollo de la historia italiana, dos formas típicas y peculiares: la cuestión meridional y la cuestión vaticana. Conquistar la mayoría de las masas campesinas significa, por tanto, para el proletariado italiano dominar esas dos cuestiones desde el punto de vista social, comprender las exigencias de clase que representan, incorporar esas exigencias a su programa revolucionario de transición, plantear esas exigencias entre sus reivindicaciones de lucha”. La teoría de Gramsci es una herramienta para la clase obrera.

La tradición teórico-práctica del socialismo científico hasta la fecha nos enseña que hay formas y formas de hacer política, y que cuando los representantes de la clase obrera pierden las herramientas para identificar sus propios intereses y trazar una estrategia se abren paso los ecos de la bestia fascista. Antes del estallido de la pandemia, en el Estado español se dieron numerosas protestas en el sector de la agricultura debido a que la gran diferencia entre los precios de origen y los de venta imposibilitaba que los agricultores pudieran pagar el Salario Mínimo Interprofesional a los jornaleros. En el caso de la patata el precio de origen y el de venta llegaban a tener una diferencia del 635%, puesto que se compraba el kilo a 0.17€ al agricultor y se vendía a 1.25€ el kilo. Cuando el gobierno subió el SMI a 950€ la patronal de agricultores agudizó las movilizaciones contra estas medidas. Este ejemplo sirve para ver como cuando la izquierda se dedica a regular precios y no es capaz de identificar cuáles son los intereses del proletariado (los jornaleros) y llevarlos hasta las últimas consecuencias (plantear la nacionalización de los intermediarios y el transporte  que conforman el capital que se opone directamente a los intereses y a las condiciones de vida digna de los jornales del campo) la respuesta de la extrema derecha se abre paso entre las filas campesinas (muestra de ello son los resultados de VOX donde este problema se ha agudizado), porque siempre es más fácil quejarse de la subida del SMI y echarle la culpa al extranjero que acepta el trabajo por unas condiciones laborales y un salario irrisorio al no tener otra opción.

Analizar el conflicto, identificar los intereses de la clase obrera, plantear políticas proletarias y adecuarlas a la estrategia que tiene como rumbo una sociedad sin clases. Construcción de hegemonía proletaria en la guerra de posiciones. Siempre ha sido y sigue siendo así, aun los momentos como este en los que parece que todos compartimos los mismos intereses.

Fuente: Unai

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