Contra la Renta Básica Universal

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A.— Comprendo que la izquierda no sospeche de sí misma, ya que sería algo casi contra natura. Lo comprendo, aunque su brazo académico se mueva en las coordenadas de los mal llamados “Maestros de la Sospecha”, una lectura insuficiente de Marx, Freud y Nietzsche que, a las pruebas me remito, no parece que les esté haciendo el servicio previsto.

Para mí, desconfiar de la izquierda es una necesidad, sobre todo cuando ésta es capaz de reivindicar algo al unísono. Sin embargo, suena paradójico, ¿cierto? ¿No estábamos aquí para encontrar la unidad programática? ¿La sacrosanta unidad de la izquierda? Bueno, yo de la izquierda no; de los comunistas, puede ser.

Y lo digo así porque la izquierda suele ser tres cosas en este país: 1. La facción moderada de la aristocracia obrera en unión con algunos académicos (socialdemócratas muy hechos a la reforma); 2. La facción radical de la aristocracia obrera en unión con la pequeña burguesía (igual de socialdemócratas, sí, pero muy duros y mucho duros); y 3. Esa parte de la oligarquía financiera más europea que atlantista.

Y con todo esto tengo de sobra para saber que no debo fiarme nunca de algo que suene claro en los mundos de la izquierda. Todo lo que sus líderes formales e informales logren articular en forma de discurso será, como mínimo, ajeno a los intereses de los trabajadores. Y eso hay que tenerlo siempre presente.

Dicho esto, quiero explicar por qué me posiciono yo en contra de la Renta Básica Universal (de ahora en adelante RBU) más allá de mi lectura sobre quien la reivindica. Y para responder a esta cuestión hay que poner el punto en disputa a al revés, es decir, preguntarnos de qué manera ayudaría la RBU al sistema o qué obstáculos nos supondría a la hora de, no sólo defender nuestros intereses inmediatos, sino también de mirar al horizonte que debe terminar viniendo, que no es ni más ni menos que el del socialismo.

Una de las mayores hazañas de los Estados euro-atlánticos fue, es y ha sido conseguir romper la unidad clasista de los trabajadores por medio de estratagemas simples pero efectivas. Un gran ejemplo de esto es la figura del capataz, que no es nada más allá de sus compañeros, excepto porque cobra un paquete de lentejas más que ellos. Pero también están los comités de fábrica, los sindicatos subvencionados, las superganancias imperialistas, y muchas otras correas de transmisión que existen entre la clase dominante y la capa privilegiada de obreros que, mucho me temo, no tienen nada que ver con los privis de los que se quejan hoy en día los heriditos y pequeñoburgueses que pueblan el ultra-izquierda.

Al sistema le interesa mucho corporativizar porque con ello crea intereses específicos, demandantes y ajenos a los de otros grupos (especialmente respecto a los obreros, por razones obvias). El fascismo es, de hecho, la transmutación política de esta tendencia corporativista del capitalismo.

Pero el sistema no tiene suficiente con lo que ya tiene, y mucho menos ante los sustos que ha tenido en pandemia; no crea la aristocracia obrera, pobre, que ha quedado fuera del reparto del pastel. Para solucionar este lío hay diferentes campos en los que la corporativización aplica, de modo que, cualquiera que sea la situación, haya una seguridad jurídica (para el Estado) de que nadie se rebotará más de la cuenta, ni siquiera esta aristocracia obrera.

La RBU (que es improbable que llegue a implementarse, pero el debate ya está funcionando de maravilla para con el objetivo planteado) tiene la misión (visión, valores) de convertir el ejército industrial de reserva en una corporación de facto y casi de iure. Por un lado, al recibir todos (obreros y no obreros, sin distinción) una paga, establece una línea de identidad interclasista, una especie de sindicato vertical unnofficial con el Estado actuando como presidente honorífico. Por otro, la RBU fortalece hasta sus máximos el ejército industrial de reserva, en proporcionar subsistencia material básica a todos y convirtiendo este ejército en uno prácticamente real.

No olvidemos, tal y como dijo en su momento Karl Marx, que el ejército industrial de reserva funciona en la actualidad como palanca para la acumulación capitalista, es decir, que el hecho de que algunas fuerzas nacionales tengan la intención de aprobar esta reforma sólo significa que el régimen está explorando fórmulas para acelerar esta acumulación más allá de la que conocemos como superpoblación obrera (cuantos más obreros, más parados, más material humano siempre disponible, más fuerza productiva de trabajo y por lo tanto más fuerza expansiva del capital). Continuar fomentando esta opción, se entiende, le acarrearía efectos colaterales indeseados, mucho más ineficientes que los que conllevaría la RBU.

Y esta es la mejor conclusión que podemos sacar de la Renta Básica Universal: en comparación, no importa si su objetivo es mejorar los contratos y las condiciones laborales, sino que la cuestión de fondo es darle un empujoncito más a la acumulación capitalista. Adicionalmente, no debemos dejar de lado la cuestión de que la RBU es un intento de versionar la propuesta pequeñoburguesa por excelencia: si todo el mundo tuviera una parcelita en propiedad, donde trabajara su huerto sin depender de nadie, ¡partiríamos todos en igualdad!

Ante esto, y conectando con lo que decía, la izquierda parece que no tiene otra opción que tomar la posición de siempre: buenas intenciones, malos actos, demostrando una vez más que la aristocracia obrera es la fuente de corporativización mayor a disposición del sistema. Es lógico, pues, que bajo este prisma, el Estado piense constantemente en maneras de premiarla, y por qué negarlo: un gobierno de coalición ha sido muy buena idea

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