La expedición nazi al Tíbet

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El Dalai Lama es el típico producto de la propaganda imperialista, un ídolo del “mundo libre” enfrentado a China, un “pacifista” que defiende la liberación del Tibet. Para forjar esa noción, los medios occidentales han tenido que ocultar las relaciones entre el antiguo Tíbet y la Alemania nazi durante la expedición de las SS al “techo del mundo” en 1939.

 

La farsa se completa con el Premio Nobel de la Paz concedido al Dalai Lama y películas como “7 años en el Tíbet”, con Brad Pitt de protagonista.

En 1994 los antiguos oficiales de las SS Bruno Beger y Heinrich Harrer se encontraban entre las ocho personas invitadas por el Dalai Lama a Londres para atestiguar formalmente la independencia del Tíbet anterior a 1951. La foto tomada en aquella reunión permaneció en el sitio web oficial del gobierno tibetano en el exilio durante más de diez años.

En un texto publicado por el gobierno en el exilio, que aún puede encontrarse en internet, Beger, antiguo jefe del departamento de racismo de la SS-Rasse-und-Siedlungshauptamt, relata su experiencia tibetana, evitando cuidadosamente expresiones como “Alemania nazi” o “raza superior”. En cambio, lamenta la “horrible carnicería de los comunistas chinos” y expresa su esperanza de que al final el movimiento mundial por la libertad obligue a China a aceptar la independencia del Tíbet.

El criminal de guerra nazi Beger aparece así travestido de luchador por la libertad con el aval del Dalai Lama.

Aunque el Tíbet haya desaparecido del radar mediático, sustituido por Hong Kong, Xinjiang y Taiwán, sigue siendo una espina en los flancos de China. Es siempre reutilizable, sobre todo teniendo en cuenta que, como demuestra el caso de Ucrania, los escribanos se manejan con una noción oportunista de lo que fue el III Reich. En estos tiempos de obscena complacencia hacia los nazis del pasado y del presente, el libro “Esvástica sobre el Tíbet” de Albert Ettinger, aparecido hace un par de años, merece ser tenido en cuenta (1).

Los defensores del Dalai Lama califican de “teoría de la conspiración” la puesta en evidencia de los vínculos de amistad, por muy evidentes que sean, entre la Alemania nazi y los dirigentes tibetanos, entre ellos Reting Rinpoche, que fue regente del Tíbet de 1934 a 1941, y el propio Dalai Lama.

También niegan el carácter nazi de la expedición alemana al Tíbet de 1938-1939 presentándola como puramente científica, queriendo ver en su jefe, el Sturmbannführer Ernst Schäfer, a “un brillante zoólogo e investigador alemán”, cuando era un hombre de las SS de primera hora. Se unió a la organización el 1 de noviembre de 1933, poco después de que Hitler tomara el poder, y se comprometió por escrito a llevar a cabo su misión “en el espíritu de la Schutzstaffel y del Reichsführer SS” y a transmitir sus resultados científicos a la Ahnenerben de Himmler, de siniestra memoria. En 1943, completó su carrera nazi al ser ascendido a director del Reichsinstitut Sven Hedin para la exploración de Asia Central, afiliado a la Ahnenerbe.

Himmler recibió personalmente a los exploradores de camino a Asia durante una recepción oficial el 11 de abril de 1938. La expedición fue financiada por la élite industrial nazi, como las empresas farmacéuticas Merck, Bayer y Boehringer y la IG Farben Industrie, especializada en la producción de combustible sintético y Zyklon B utilizado para gasear a las víctimas de los campos de exterminio.

El “científico” Schäfer, que en 1945 tuvo que sentarse en el banquillo de Nuremberg, consideraba el concepto de raza como “una clave muy oportuna” para el conocimiento y que era imperativo “incluir el descubrimiento revolucionario de la desigualdad [racial] de los hombres en todas las disciplinas científicas”.

Lo que llevó a los nazis al Tíbet fue su obsesión por demostrar la jerarquía de las razas humanas, convencidos de estar descubriendo a antiguos inmigrantes nórdicos, feroces conquistadores que debían tener sangre aria en sus venas. Para llevar a cabo este descabellado proyecto, Schäfer sugirió a Himmler que añadiera a su equipo a Beger, un distinguido racista.

La portada del libro muestra a Beger tomando medidas antropométricas a un tibetano. Más tarde Beger se encargó por seleccionar en Auschwitz, a 89 prisioneros judíos que fueron gaseados en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof para que sus esqueletos sirvieran de objetos de exposición en el “gabinete de curiosidades” antisemita previsto por el profesor August Hirt de la Universidad de Estrasburgo.

Si la expedición nazi (que también pretendía contrarrestar la influencia británica en Asia) pudo organizarse con tanta facilidad en un Tíbet supuestamente cerrado a los extranjeros, fue gracias a la cálida acogida que los nazis recibieron de los dirigentes tibetanos, que compartían simpatías políticas e intereses comunes con el III Reich. No fue casualidad que durante toda la Segunda Guerra Mundial, Tíbet mantuviera una supuesta neutralidad que, de hecho, sirvió a los imperialistas japoneses, principales aliados de Hitler en su intento de conquistar y subyugar a China.

En su afán por disculpar al Dalai Lama, los propagandistas pretenden que Harrer, que fue su tutor y siguió siendo su amigo hasta su muerte en 2006, era sólo un inofensivo montañero, cuando él también era un nazi convencido, como demuestran las investigaciones y revelaciones del austriaco Gerald Lehner (2) sobre los “agujeros en la memoria” de Harrer.

(1) Albert Ettinger, Die Nazis, Tibet und der Dalai Lama. Wie angesehene Tibetologen die Geschichte fälschen, Zambon Verlag, Francfort-am-Main, 2020. Hay una traducción al francés: Croix gammée sur le Tibet, À propos de l’expédition SS au Tibet et des amis nazis du Dalaï-Lama, Éditions Delga, 2022.
(2) Zwischen Hitler und Himalaya, Die Gedächtnislücken des Heinrich Harrer, Viena, Ediciones Czernin, 2007.

Fuente: mpr21.info
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