El ejército industrial de reserva

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El capitalismo viene al mundo chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde los pies a la cabeza (Carlos Marx).

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Julio Tuñón Osoro.— En tiempos muy remotos había, de un lado, una élite laboriosa, inteligente, y ante todo ahorrativa, y, del otro, una pandilla de descamisados y holgazanes que dilapidaban todo lo que tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos cuenta cómo el hombre se vio condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente; en cambio, la historia del pecado original económico nos revela cómo hay gente que no necesita sudar para lograrlo.

Pero da lo mismo. Resultó así que los primeros acumularon riqueza, y los últimos no tuvieron finalmente nada que vender salvo su propia piel. Y de este pecado original data la pobreza de las grandes masas que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tienen nada que vender salvo a sí mismas, y la riqueza de unos pocos, que crece constantemente, aunque estos hace mucho que han dejado de trabajar.

El dinero y la mercancía no son capital desde un comienzo como tampoco lo son los medios de producción y subsistencia. Requieren ser transformados en capital. La relación capitalista presupone la escisión entre los obreros y la propiedad sobre las condiciones de realización del trabajo. La llamada acumulación original no es, por tanto, otra cosa que el proceso histórico de escisión del productor y los medios de producción. Aparece como originaria porque constituye la prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente.

La estructura económica de la sociedad capitalista surge de la estructura económica de la sociedad feudal. El productor directo, el obrero, sólo pudo disponer de su persona cuando dejó de estar atado a la gleba y de ser siervo o vasallo de otra persona, para convertirse en vendedor libre de su fuerza de trabajo que lleva consigo su mercancía a todas partes donde ésta encuentra mercado.

La historia de la explotación de los trabajadores ha sido escrita en los anales de la humanidad con caracteres de sangre y fuego. Los capitalistas industriales, estos nuevos potentados, debieron, por su parte, desplazar no solo a los maestros de los gremios, sino también a los señores feudales, quienes se encontraban en posesión de las fuentes de la riqueza. En todos los países europeos, la producción feudal se caracteriza por la repartición de la tierra entre el mayor número posible de campesinos vasallos.

Pero si la sobre población obrera es un producto necesario de la acumulación, o sea, del desarrollo de la riqueza sobre una base capitalista, esta sobre población se convierte, a su turno, en palanca de la acumulación capitalista. Constituye un ejército industrial de reserva disponible que pertenece al capital de una manera tan absoluta como si lo hubiese criado a sus expensas. A la producción capitalista no le es suficiente, ni mucho menos la cantidad de fuerza de trabajo disponible que le proporciona el incremento natural de población. Necesita para su libre juego un ejército industrial de reserva. Sin embargo, manteniéndose o incluso reduciéndose el número de obreros que dirige, el capital variable crece si el obrero o individual brinda más trabajo, y por tanto, crece su salario, aunque el precio del trabajo permanezca el mismo o incluso decrezca pero más lentamente de lo que aumenta la masa de trabajo.

El incremento del capital variable se vuelve, entonces, un índice más de trabajo, pero no de más obreros empleados. Todo capitalista tiene interés absoluto de exprimir una determinada cantidad de trabajo de un número menor de obreros que de una manera tan barata o más barata aún de un número mayor. Por tanto, de una parte, en el curso progresivo de la acumulación un capital variable mayor pone en acción más trabajo sin requerir contratar más obreros, de otra, un capital variable de la misma magnitud y con la misma masa de fuerza de trabajo moviliza más trabajo, y por último, pone en movimiento más fuerza de trabajo inferiores al desplazar a las superiores. Por tanto, el capital eleva más rápido su oferta de trabajo que su demanda de obreros.

¡Y el apologista llama a esto una compensación por la miseria, los sufrimientos y la posible muerte de los obreros desplazados durante el periodo de transición que los proscribe al ejército industrial de reserva.

Carlos Marx, El Capital (Tomo I)

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