El primero de enero de 1804, tras derrotar militarmente a las potencias imperiales de Francia, Inglaterra y España, el pueblo haitiano fundó la primera república negra del mundo y abolió la esclavitud de forma definitiva.
Este proceso, liderado por figuras como Toussaint Louverture, no solo representó una victoria militar en la colonia de Saint-Domingue, sino que expuso la hipocresía de la Revolución Francesa al llevar las consignas de igualdad y libertad hasta sus últimas consecuencias, incluyendo a las mayorías deshumanizadas por el racismo estructural.
Esta fecha histórica recuerda que el sistema internacional nunca perdonó la audacia haitiana de conquistar su soberanía por cuenta propia. Tras la independencia, Francia impuso una indemnización colonial que endeudó a la nación durante más de un siglo, obligando al país a pagar por su libertad e inaugurando una forma de dominación económica que persiste bajo nuevos lenguajes.
En ese sentido, Intelectuales como Jean-Louis Vastey denunciaron en su momento que la supuesta barbarie no residía en los rebeldes, sino en el orden colonial que redujo a seres humanos a mercancía. Por ello, el castigo histórico contra Haití es tanto material como simbólico, intentando borrar este hito de los relatos oficiales del pensamiento occidental.
En este nuevo aniversario, la realidad de Haití no puede entenderse como la de un Estado fallido, sino como la de una nación castigada por su resistencia histórica frente al saqueo y el tutelaje. Las actuales intervenciones externas y fuerzas de ocupación representan una continuidad del asedio que busca controlar a un pueblo que se atrevió a ser el espejo incómodo de la modernidad.
Para el Sur Global, conmemorar el 1 de enero de 1804 es un acto de justicia hacia la primera independencia de América Latina y un recordatorio de que la verdadera soberanía solo es posible cuando se rompen las cadenas del colonialismo y el racismo impuesto por los centros de poder.
La conmemoración de la independencia de Haití en este 2026 se da en un contexto donde el Caribe sigue siendo escenario de las ambiciones imperiales de la administración de Donald Trump. La Revolución Haitiana es el antecedente fundamental de la integración de los pueblos y la lucha anticolonial que hoy une a naciones como Venezuela y Cuba bajo el ideal de la autodeterminación.
El castigo sistemático contra el pueblo haitiano, mediante bloqueos financieros históricos y ocupaciones militares, es la misma receta que el imperialismo aplica contra todo proyecto de transformación social que decida transitar un camino sin tutelajes extranjeros en nuestra región. La soberanía haitiana es una deuda pendiente de la humanidad y un pilar de la dignidad del Sur Global frente al modelo de dominación del Norte hegemónico.
La verdadera integración latinoamericana y caribeña solo será completa cuando se reconozca y respalde el derecho de Haití a construir su propio destino, libre de la herencia colonial que todavía hoy intenta pasar factura a la primera nación que llevó la igualdad hasta sus últimas consecuencias.


