Javier Martorell (Unidad y Lucha).— Resulta cada vez más complejo hablar sobre la masacre contra el pueblo palestino sin dejarse llevar por la rabia. Cualquier análisis mínimamente objetivo muestra una realidad que, desde los años cuarenta del pasado siglo, mantiene la agresión con unos niveles de violencia extrema. Remontándonos en la historia, ya en 1917 el gobierno británico sentó las bases del conflicto sugiriendo, a través de la Declaración de Balfour, la necesidad de establecer un “hogar nacional” para el pueblo judío en la región de Palestina. No, el genocidio no comenzó el 7 de octubre de 2023, por mucho que quieran convencernos de ello los mismos medios de información que hoy, asumiendo premeditadamente la farsa del alto el fuego del pasado 10 de octubre, vomiten al respecto multitud de datos e informaciones manipuladas, cuando no directamente falsas.
Muchas son las muestras que confirman que ese anunciado alto el fuego no es más que una falacia. Las balizas amarillas de hormigón, impuestas unilateralmente tras el alto el fuego y que el ejército sionista utiliza para delimitar el territorio ocupado, no han cesado de moverse en este periodo, ampliando en cientos de kilómetros las fronteras que delimitan el expolio. El ensanche de esta línea amarilla no solo está suponiendo un incremento del espacio ocupado, está sirviendo de justificación para seguir asesinando a los civiles que regresaron a sus hogares y que, de manera inesperada, un día comprobaron que habían pasado al otro lado de la línea de ocupación. Según los sesgados datos a los que se puede acceder, desde el 11 de octubre las cifras continúan siendo demoledoras. Se cuentan en centenares los palestinos y palestinas asesinadas, en buena parte niñas y niños. La mayoría de las infraestructuras sanitarias continúan inoperativas y, las pocas que lo están, sin recursos. Apenas permiten el paso diario a unas cuantas decenas de camiones con ayuda humanitaria, dato enormemente insuficiente para paliar las necesidades de la población gazatí.
Todo ello nos lo quieren mostrar desde una perspectiva aislada, territorial, incluso individualista, como si se tratase de combinar el integrismo religioso de la entidad sionista, encabezado por un loco llamado Netanyahu, con las ambiciones del lobby judío estadounidense y de un excéntrico ultraderechista llamado Trump. En ese nivel de premeditado simplismo es en el que se sitúan las informaciones que difunde el imperialismo. Prueba de ello es cómo estos medios han influenciado para rebajar, tras el alto el fuego, el grado de respuesta popular frente a la agresión. En el fondo, la situación no se ha movido ni un ápice. Sin embargo, en la subjetividad colectiva ya no es tan necesaria la movilización. La ocultación de la realidad es enorme, no solo respecto a los datos objetivos sobre las consecuencias humanas y materiales de la masacre, también en cuanto a los verdaderos intereses estratégicos y económicos del imperialismo en esta nueva fase colonial. Apenas se mencionan las consecuencias geopolíticas del desplazamiento de las rutas comerciales que está suponiendo el ataque sobre Palestina y otros pueblos de Oriente Medio, desplazamientos fundamentales para fortalecer los intereses imperialistas y erosionar la influencia global de otras potencias. Tampoco se quiere hablar sobre el fortalecimiento de sus intereses ante el debilitamiento de cualquier frente que ponga en riesgo su hegemonía, a través de la intervención, directa o indirecta, contra lugares estratégicos en Oriente Medio, véase Siria, Líbano, Irán o Yemen, entre otros.
Solo podemos entender este conflicto desde una objetividad apoyada en la perspectiva de la realidad socioeconómica a nivel global. Cualquier otra visión cae en un simplismo interesado que desvía la atención sobre lo que realmente pretenden las garras imperialistas. Ni es un problema local, ni se debe a pretensiones aisladas del ente sionista y Estados Unidos, ni el fin se ciñe en masacrar a un pueblo soberano para levantar un resort turístico. Los objetivos son muy superiores y la elevación de la conciencia colectiva y de la respuesta popular deberá ser, en consecuencia, aún mucho mayor. Solo la lucha del pueblo palestino organizado, de su Resistencia, unido a una contundente respuesta colectiva a nivel internacional, podrá combatir la podredumbre y violencia que genera un sistema en descomposición, siendo su máximo exponente la guerra global que ya se vislumbra sobre la humanidad.

