
Rocío Quintero Gil (Voz).— La vulnerabilidad de niñas, jóvenes y mujeres empobrecidas, racializadas y sistemáticamente despojadas de recursos materiales se convierte en la condición de posibilidad para que quienes concentran la riqueza, ejerzan control absoluto sobre sus cuerpos.
A Epstein le bastaba con el dinero para asegurar acceso a espacios privados, prolongar procesos judiciales hasta el desgaste, blindaje reputacional mediante defensas de élite y el silencio garantizado por el miedo o la dependencia económica. Esto es, exactamente, lo que Marx describió como relaciones materiales de dominación bajo el capitalismo.
La geografía misma del caso lo grita: basta cruzar un puente desde Palm Beach hacia West Palm Beach para toparse de frente con la desigualdad estructural que padecemos las mujeres en las sociedades capitalistas, donde somos convertidas en objeto de rapiña, cuerpos feminizados cosificados y desechables según la “dueñidad”, como diría Rita Segato, de señores patriarcales como Epstein. Y, sin embargo, el desenlace judicial fue obsceno: una condena indulgente en Florida, con régimen de salida diurna, que terminó funcionando como administración de daños para el poder, no como justicia para las víctimas. El mensaje del sistema es transparente: ser millonario blanco te permite comprar cuerpos feminizados y, si hace falta, comprar también la justicia.
Testimonio de una de las víctimas
Virginia Giuffre fue reclutada siendo menor, sostuvo la denuncia durante años, demandó, testificó ante el escrutinio público más brutal y terminó quitándose la vida en abril de 2025. Pero su muerte no es un hecho aislado ni una tragedia individual desconectada del sistema.
Virginia es el espejo de la violencia económica, política y simbólica sostenida que el capitalismo patriarcal ejerce sobre las mujeres de clase trabajadora. Los medios la convirtieron en espectáculo, la desacreditaron como “oportunista”, la expusieron sin tregua, pero rara vez la trataron como lo que era: una sobreviviente con derecho a protección, a reparación verdadera, a una vida digna. Y esto, en últimas, responde al corazón del patriarcado: los cuerpos feminizados valen menos; se pueden usar, comprar, desechar y exhibir ante el ojo público sin que nadie pestañee.
Mientras tanto, Epstein queda instalado en el imaginario colectivo como un “monstruo” individual, no como lo que realmente representa: la normalidad del patriarcado capitalista en su fase imperialista. Se vuelve morbo para el público consumidor de escándalos, sigue siendo una celebridad para quienes gozan del espectáculo en redes sociales, que solo esperan el siguiente archivo desclasificado para señalar a otro “famoso” y seguir alimentando el circo mediático, pero casi nunca para condenar las estructuras criminales del poder.
Ese mismo poder que protege a violadores millonarios, ese mismo Estado que negoció indulgencia con Epstein, destina sumas del orden de 170 mil millones de dólares a reforzar la maquinaria de seguridad fronteriza.
Eficiencia brutal
Para las trabajadoras centroamericanas, para los vendedores ambulantes, para las mujeres que cruzan la frontera huyendo de violencias que el propio imperialismo estadounidense ayudó a sembrar, ahí sí aplica la “seguridad nacional”; ahí sí son “criminales peligrosos”; ahí sí funciona la máquina punitiva con eficiencia brutal. Los cuerpos empobrecidos, racializados, feminizados son tratados como territorio de conquista sobre el cual sí se aplican las leyes con toda su violencia.
Mientras Donald Trump arrecia su política contra los migrantes, lo hace con la frialdad de quien gobierna desde el privilegio y administra el mundo como si fuera una empresa. En esa mirada empresarial, las trabajadoras y los trabajadores son fuerza de trabajo de usar y desechar: vidas intercambiables, vidas que valen poco.
Esta deshumanización no es un exceso retórico, es el suelo moral que permite lo que venimos mostrando en este texto. No importa el método si lo que está en juego es el botín; no importa el daño si el dinero puede convertirlo todo en trámite: comprar tiempo, comprar silencio, comprar impunidad.
En ambos casos, tanto Epstein como el ICE, el análisis es el mismo: clase, raza, género. Nos muestran cómo el capitalismo necesita esta violencia, cómo requiere la complicidad de espectadores despolitizados, cómo depende de que esos cuerpos feminizados no tengan derechos efectivos, todo mientras se niega a nombrarse como lo que es: capitalismo patriarcal, racista, imperialista. Como dijo Angela Davis: “Las mujeres de la clase trabajadora, especialmente las racializadas, son las primeras víctimas cuando el Estado capitalista necesita disciplinar a la población” (Mujer, raza y clase).
El Estado imperialista destina más recursos a deportar trabajadoras migrantes que a perseguir crímenes financieros y sexuales de las élites porque la clase trabajadora migrante aparece como problema de orden, mientras que Epstein y sus cómplices son, en el plano íntimo, la continuidad de ese orden.
Violencia sexual y acumulación
No se trata de un problema de nombres propios, ni de manzanas podridas, ni de fallas morales aisladas. Se trata de la estructura de las relaciones sociales del capitalismo que convierten vidas en insumos y cuerpos en mercancía y de un Estado que, en los hechos, administra la ley como poder de clase.
Bajo este orden, la violencia sexual no aparece como accidente, sino como una forma de disciplina y apropiación que acompaña la acumulación: controla, castiga, ordena, silencia. Por eso la justicia se vuelve negociable para los de arriba y despiadada para los de abajo; por eso el sufrimiento de las mujeres empobrecidas y racializadas se tramita como ruido de fondo.
Si no se rompe esa lógica material que organiza la dominación, lo único que cambia es el rostro del verdugo y el nombre del expediente.

