Generosidad para frenar al fascismo desde la unidad de la verdadera izquierda.
La unidad de las izquierdas se hace con generosidad pero sobre todo con coherencia, se hace haciendo lo que se dice, contando la verdad al pueblo sin tratarnos como subnormales, se hace con la clase trabajadora y no para la clase trabajadora, se comparte trinchera con los trabajadores y no se juega a ser arbitro.
Porque el desastre viene de la incoherencia, de no cumplir con lo que se promete, de no contra toda la verdad, de no dar soluciones a los problemas reales, de no tener el valor de enfrentarse al poder y adaptarse al sistema.
Ser radical és ir a la raíz de los problemas.
En una sociedad radicalizada con una izquierda como mínimo desnortada y desclasada, que ha dejado de creer en la clase trabajadora, que llega a negar la vigencia de la lucha de clases y que se autoengaña pensando la moderación es la solución, el futuro se ve cada día más negro. Nuestra juventud no ve futuro, es lógico, porque después de estudiar y prepararse no puede ni tan siquiera independizarse.
No solo los jóvenes, si no también muchos trabajadores que aún teniendo un empleo no llegan a fin de mes porque se encuentran con alquileres por las nubes que suponen gran parte de su salario, unos salarios insuficientes para sobrevivir, para pensar en un presente, para ver un futuro en el horizonte, o para plantearse formar una familia.
Está gran masa de gente aplastada por el sistema capitalista y su avaricia tiene como referente antisistema a la ultraderecha que vende esa falsa imagen, porque no hay nada más sistémico que la derecha, la ultraderecha y el fascismo.
Una ultraderecha que con una izquierda desaparecida puede ocupar sin problema ese espacio de antisistema que no le corresponde y azuzar las llamas del descontento usando las estrategias de Goebbels, el que fue ministro de propaganda de la Alemania NAZI.
«Repetir mentiras mil veces hasta convertirlas en verdades» y buscar chivos espiratorios y enemigos imaginarios, prometiendo a la sociedad un futuro mejor, un cambio radical pero irreal, porque el fascismo es el perro de guerra del capitalismo y come de la mano de los oligarcas.
Ni la socialdemocracia, ni la izquierda moderada estan preparados para frenar a la ultraderecha, no combaten el sistema y los pueblos ven a estos políticos como parte del problema y a «la moderación y las medias tintas como la antesala de la traición».
No hay que mirar atrás, es suficiente con ver el actual mapa político en Europa, cualquiera puede darse cuenta de la realidad, de que el descontento seguirá creciendo, ya ha pasado en la historia reciente, pero también está pasando en estos momentos, en la actualidad.
La ultraderecha crece hoy de un modo más peligroso, porque no tiene a nadie delante, a nada capaz de combatirla, solo a una socialdemocracia al servicio del poder, que es incapaz de entender lo que pasa y reaccionar, porque están demasiado preocupados por conservar los privilegios de la política institucional y sus elevados salarios.
En China cuando te echan una maldición lo hacen con una frase muy curiosa y a mi entender aún más acertada, “espero que vivas en tiempos interesantes”, y en estos tiempos de grandes cambios para bien o para mal nos toca vivir.
Es más comodo adaptarse y vivir bien, prometer para no cambiar nada, dar discursos del miedo a gente con un presente difícil y un futuro tan negro como incierto que ya vive con miedo.
Tratan de confundirnos para que no recuperemos la conciencia de clase que nos haga conscientes de nuestra propia fuerza, porque saben que la rueda de la historia la movemos nosotros, el pueblo trabajador y también la podemos parar.
El problema es el sistema capitalista y la corrupción es tan solo uno de sus nocivos efectos secundarios, no podremos empezar a construir un futuro para nuestros hijos y una sociedad más justa sin superar el régimen del 78.
No podemos creer que vivamos en un régimen realmente democrático cuando la riqueza se concentra cada vez más en menos manos, mientras crece la pobreza entre el pueblo, con cada vez más personas en paro y sin subsidios, con salarios insuficientes y pensiones irrisorias que no permiten vivir con dignidad.
Se hace necesaria la unidad popular, la unidad de la izquierda rupturista y transformadora, la unidad de la clase obrera.
La lucha del pueblo no debe estar limitada a defendernos y reivindicar el respeto a nuestros derechos. Para ser eficaces tenemos que lograr cambios reales en la estructura política, económica y social del país, cambios para sacarle el poder a quien realmente lo tiene y para evitar que la riqueza que producimos con nuestro trabajo sea apropiada por una minoría que solo piensa en llenarse el bolsillo.
Nuestra principal obligación es luchar por poner el poder político, económico y social al servicio del pueblo trabajador y debe ser la herramienta para lograr que impere la justicia social.
No puedo resistirme a acabar este articulo como lo hicieron Karl Marx y Federico Engels en el “Manifiesto Comunista” llamando a la unidad de los pueblos en la lucha contra el capital.
¡Proletarios de todos los países, uníos!
André Abeledo Fernández

