
Carlos Bashir (Unidad y Lucha).— Muy al contrario de lo que algunos quieren hacernos creer, vivimos en la era de la mayor capacidad productiva de la historia. El desarrollo colosal de las fuerzas productivas ha llevado a la humanidad a un nivel técnico-científico sin precedentes. Estas fuerzas productivas poseen hoy un potencial objetivo para liberar a la especie humana del trabajo alienado. Es plenamente posible reducir la jornada laboral, erradicar la escasez material y satisfacer las necesidades de toda la población.
La automatización, la robotización, la inteligencia artificial y las cadenas de suministro globales están lo suficientemente desarrolladas como para liberar a las masas trabajadoras del trabajo más arduo y generar una prosperidad sin precedentes. Sin embargo, la realidad material de la clase obrera mundial es radicalmente distinta: sufre una explotación intensificada, una precariedad estructural y una alienación cada vez más profunda, bajo un capitalismo que ha mutado para sobrevivir a sus propias crisis.
El alto desarrollo de las fuerzas productivas genera beneficios incalculables, pero no podemos olvidar que la rentabilidad del capital se sustenta siempre en la producción y el intercambio. Sin estos dos elementos centrales de la economía capitalista, el sistema se derrumba. Pretenden hacernos creer que el dinero genera dinero por sí mismo; pero si guardáramos un millón de euros en una caja durante un año, comprobaríamos que habría perdido entre un 6 % y un 10 % de su valor. Otro ejemplo: imaginemos que heredamos todas las tierras productivas de Extremadura, pero permanecen sin cultivar. No producirían nada, no generarían ingresos; como se dice castizamente, lo que tendríamos sería una ruina que nos aplasta. Ni el dinero-mercancía ni la propiedad de los medios de producción son capital sin el trabajo de millones de obreras y obreros.
Miseria, hambre, desolación y muerte: en teoría, estas lacras no deberían existir en un estadio histórico donde las fuerzas productivas han alcanzado un desarrollo tan colosal.
Pero estas fuerzas productivas altamente desarrolladas entraron hace tiempo en contradicción con su forma de propiedad: la propiedad privada capitalista, cuyo único objetivo es incrementar las cuentas de resultados. Reconociendo esta relación entre producción y propiedad, resulta relativamente fácil comprender por qué hoy miles de millones de seres humanos viven en la miseria.
Un ejemplo cercano es España. En un Estado donde un tercio de la población —13 millones de personas— se encuentra en el umbral de la pobreza, en el año 2024 se generaron 1.594.330 millones de euros. De esta riqueza, más de 740.000 millones fueron apropiados directamente por capitalistas privados para incrementar sus fortunas. Y esto sin contabilizar los miles de millones que el Estado burgués entrega al capital en forma de ayudas y beneficios fiscales. Estos datos son fáciles de comprobar.
Conociendo la capacidad de las fuerzas productivas para generar riqueza, debemos preguntarnos por qué esta riqueza no se refleja en las condiciones de vida de millones de seres humanos. ¿Cómo es posible que, en un periodo histórico en el que las cadenas de valor generan más riqueza que nunca, millones de personas vivan en la más profunda miseria y calamidad?
Como trabajadoras y trabajadores, debemos preguntarnos qué papel juegan hoy las organizaciones políticas y sindicales en la defensa de las masas trabajadoras, y qué propuestas tienen para superar esta situación.
Conviene recordar lo expresado por el capitalista Warren Buffet: “Hay una lucha de clases, sí; pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y estamos ganando.” Con esta afirmación dejó claro que la correlación de fuerzas les es favorable para desempeñar su papel de clase explotadora y depredadora. Esta situación es consecuencia del debilitamiento de las organizaciones que deberían dirigir al conjunto de la clase obrera, un debilitamiento que no es solo numérico. En él ha jugado un papel central la socialdemocracia y el revisionismo oportunista.
La socialdemocracia, desde la primera década del siglo XX, intenta hacer creer que el capitalismo es el único sistema posible y que es dentro de sus marcos donde deben buscarse mejoras puntuales para las masas trabajadoras. Pero la socialdemocracia no es solo un sujeto político expresado en partidos u organizaciones sindicales: es un sujeto ideológico que recorre la sociedad transversalmente y que se estructura y activa de múltiples formas.
En el movimiento obrero y sindical se expresa con formas sutiles, usando lenguajes que ocultan una concepción político-ideológica que facilita al capital su labor depredadora. Sindicatos que, más allá de su autodefinición como “de clase”, jamás educan ni dirigen a las masas trabajadoras contra el sistema. Se conforman con mejoras puntuales, casi siempre economicistas, y optan sistemáticamente por el acuerdo “menos malo”, repitiendo la perniciosa cantinela de que ellos son los “auténticos y genuinos”.
Hemos insistido reiteradamente en la necesidad de un nuevo sindicalismo. Pero hoy debemos plantear una pregunta: ¿es posible ese sindicalismo con las actuales direcciones sindicales? Quizás con algunas sí, siempre y cuando las bases afiliadas y militantes les obliguen a practicar un modelo diferente: un modelo de confrontación con el capital, un sindicalismo que no se conforme con las migajas del capitalista, un sindicalismo estructurado desde la asamblea decisoria y soberana.
Pero, sobre todo, un sindicalismo que sea escuela revolucionaria, que eleve la conciencia de las masas trabajadoras y les haga comprender que en el capitalismo nada favorece sus intereses. Solo mediante la confrontación entre clases —burguesía y clase obrera— es posible derrotar al capital y construir la sociedad socialista/comunista que satisfaga las necesidades de las masas trabajadoras.
Para alcanzar el objetivo de liberarse del yugo de los explotadores es imprescindible que las masas obreras se sindicalicen y se organicen en torno a un proyecto revolucionario. Es necesario que se liberen de la cultura burguesa, que es hegemónica a través de los aparatos del estado y organizaciones serviles. La clase obrera y masas trabajadoras, dirigidos por el Partido Comunista, PCPE, deben tener como objetivo central liberarse del yugo explotador y opresor del capital, la derrota de este y la construcción de la sociedad socialista/comunista.

