Ceuta: el crimen tiene nombres y apellidos.
No hay cifra oficial que valga cuando el crimen se comete en la frontera del olvido. Sabemos que en Ceuta ya son, como mínimo, un centenar los muertos.
Sabemos también que esa cifra es mentira, porque desde Rabat nunca ha salido una verdad que no sirviera al Majzén. La cifra real la conocen las familias que esperan en los poblados del Rif y del Sahel, no los ministerios de un régimen que hace del silencio su primera arma. Nadie, absolutamente nadie entre quienes mandan, ha perdido un minuto de sueño por esas muertes. Esa gente, muchos de ellos menores, muchos jóvenes subsaharianos que ya intentaban entrar en el Estado español huyendo del maltrato cotidiano en Marruecos, han sido usados como munición desechable para provocar una crisis que no es suya, que sirve a otros.
Lo que ocurre en Ceuta no es una crisis migratoria. Es una operación política, diseñada desde Washington y Tel Aviv, ejecutada por la monarquía sátrapa de Mohamed VI, y jaleada por una ultraderecha europea que ha encontrado en los cuerpos de los migrantes subsaharianos y en la desesperación de un pueblo marroquí sin reparto de riqueza ni libertad, la munición perfecta para su guerra cultural contra los pueblos de Europa.
Que quede claro: el pueblo marroquí no es el enemigo. Es, una vez más, la víctima usada por su propia monarquía.
Una dictadura donde la riqueza se concentra en el Majzén y en las familias que rodean al rey, mientras millones sobreviven sin horizonte, es una dictadura que necesita válvulas de escape. Y qué mejor válvula que empujar hacia una valla a quienes ya huían de otra muerte, la de las rutas del Sahel, para que mueran en la valla en vez de en el desierto. Los migrantes subsaharianos, tratados en Marruecos peor que animales, se convierten así en la mercancía con la que Rabat negocia su impunidad sobre el Sáhara Occidental, su alianza con Israel y su papel de gendarme regional al servicio de Estados Unidos.
Y aquí hay que decir alto y claro lo que muchos callan por miedo o por cálculo: setenta mil personas no cruzan una frontera si Marruecos no lo permite. Eso no se lo cree nadie que tenga dos dedos de frente. Hay indicios, y no pocos, de que se permitió el paso, de que incluso se trasladó a gente desde otras ciudades marroquíes para que esto ocurriera, de que se aprovechó una sentencia del Supremo y se lanzaron llamamientos por redes sociales para precipitar la avalancha. Esto no es una crisis espontánea gestionada por mafias sueltas. Es una operación orquestada, y quien diga lo contrario, o miente o no ha entendido nada.
Detrás de esta operación hay un triángulo que no es casualidad: Trump, Netanyahu y Mohamed VI. Da vergüenza ajena que alguien como Donald Trump, incapaz de controlar hasta sus propios esfínteres, pretenda dictar el orden del mundo y decidir quién vive y quién muere en una valla. Pero ahí está, con su poder real, sosteniendo a un régimen sátrapa a cambio de sumisión geopolítica. Netanyahu necesita distraer del genocidio en Gaza y sumar cómplices que legitimen su proyecto sionista de expansión. Mohamed VI necesita comprar impunidad para su trono con sangre migrante y alineamiento con Washington y Tel Aviv. Tres poderes, un mismo desprecio por la vida de los pueblos.
Y en Europa, ¿quién aplaude? La ultraderecha. Abascal y Feijóo, lameculos de Washington y vendepatrias de manual, convierten cada muerto en Ceuta en argumento electoral contra la inmigración, nunca contra quienes la provocan. Meloni, neofascista confesa, pone a Italia al servicio del mismo guion.
La ultraderecha finlandesa hace lo propio en el norte. Todos, lacayos unidos en la tarea de vender los pueblos de Europa al Trumpismo y al sionismo, disfrazando de «defensa de fronteras» lo que es sumisión geopolítica.
Pero no nos quedemos solo con la ultraderecha, porque sería mentir por omisión. El actual Gobierno español, el del PSOE, tampoco nos está contando la verdad. Calla lo que sabe sobre la connivencia marroquí, calla el papel de las redes y de la sentencia del Supremo, calla porque tiene miedo: miedo a Estados Unidos, miedo a Israel, miedo a un régimen dictatorial y sátrapa como el marroquí, sostenido por ambos. Y sí, hay motivos para ese miedo. Pero el miedo no exime de la responsabilidad de decir la verdad. Este Gobierno debería perder el miedo y empezar a tratarnos como adultos, porque el pueblo no es tonto.
Camaradas, no hay aquí una crisis humanitaria que gestionar con más vallas o más Frontex. Hay un crimen con autores identificables: una monarquía que sacrifica a su propio pueblo y a los migrantes que cruzan su territorio; un imperialismo israelí y estadounidense que necesita a Marruecos como pieza de su ajedrez; una ultraderecha europea, española incluida, que ha encontrado en el racismo y la xenofobia el combustible perfecto para su proyecto reaccionario; y un Gobierno socialista que, por miedo o por cálculo, mira hacia otro lado.
Y frente a todos ellos, tenemos que dejar una cosa clara: no nos arrodillamos. Ni ante Mohamed VI, ni ante Donald Trump, ni ante Netanyahu. No somos un perro al que se manda sentarse. No nos vendemos. No somos VOX, no somos el PP, no somos Abascal, ni Feijóo, ni Ayuso.
Y tampoco somos Felipe González ni Aznar, porque la entrega a estos intereses no tiene color único: tiene memoria larga. Tenemos dignidad, algo que esta gente, de un extremo a otro, jamás ha conocido, y por eso jamás podrán entender su importancia.
La solidaridad internacionalista, la memoria del Sáhara traicionado, la denuncia sin matices del sionismo y del Trumpismo: esa es la única trinchera posible frente a este crimen. No hay neutralidad posible ante los muertos de Ceuta.
André Abeledo Fernández

