
Juan J. Sánchez (Unidad y Lucha).— Cuando se habla de sindicatos y por ende, de sindicalismo, damos por comprendido que existen o perviven dos tipos de sindicatos o, más exactamente, dos modelos de sindicalismo:
El sindicalismo de pacto social, que en la actual correlación de fuerzas de la lucha de clases tiene un papel predominante.
Y el sindicalismo de clase o de confrontación, de guerra entre el capital y el trabajo, hoy debilitado por la mencionada correlación de fuerzas, en la que influyen múltiples aspectos.
A todas y todos nos surgen dudas y nos hacemos preguntas: ¿están hoy claramente definidas las posiciones políticas del sindicalismo? ¿Todo sindicalismo de pacto es sindicalismo amarillo? ¿Y cuando hablamos de pacto, a qué nos estamos refiriendo?
Cuando orientamos estas respuestas hacia elementos conceptuales o de principios, podríamos afirmar que este campo no está claramente definido.
Comencemos por situar: ¿qué es el pacto entre capital y trabajo? ¿Se limita al acuerdo al que llegan sindicato, gobierno y patronal? Cuando caracterizamos esta cuestión, siempre olvidamos la parte que habla del elemento central: el trabajo (lo laboral). El sindicalismo de pacto también tiene su expresión en el acuerdo laboral patrón-trabajador, y no por ello es considerado como amarillismo —sutilezas de la lucha de clases—.
La negociación y acuerdo con patronal y gobierno es lo que se denomina paz social.
Estos pactos tienen como objetivo central garantizar que el capital pueda seguir extrayendo el máximo de beneficios (plusvalía). Los mecanismos comunes son: congelación salarial o subidas irrisorias, regulaciones abusivas de la jornada laboral, pérdida o negación de derechos a través de las privatizaciones y, en muchos casos, la suspensión temporal de la negociación colectiva.
Para su éxito, se requiere que las direcciones sindicales tengan la capacidad de garantizar el acatamiento de sus bases a lo acordado. Pero también que no haya un movimiento sindical de clase que pudiera poner en peligro estos pactos. Hoy esta fuerza no existe.
Pero cuidado: estos sindicatos no han dejado de autodenominarse de carácter sociopolítico, y como tal actúan e intervienen, lo que los sitúa en una posición de máxima influencia y hegemonía, facilitando la alienación política e ideológica de millones de trabajadoras y trabajadores.
Quizás sería necesario que pudiéramos comprender que hoy, por la mencionada sutileza en la lucha de clases, los sindicatos de pacto social lo son también de clase. Sería muy interesante y necesario estudiar a los clásicos del socialismo científico. Burguesía: clase en el poder, poseedora de los medios de producción y cambio; clase obrera: excluida del poder económico y político, obligada a la venta de su fuerza de trabajo al capital. Las dos clases —burguesía y clase obrera (capital-trabajo)— están netamente definidas. No se deja de pertenecer en términos políticos y económicos a la clase obrera, ni siquiera cuando ideológicamente el o la trabajadora haya sido corrompido por la ideología y cultura burguesa. Quienes se afilian a los sindicatos, en su mayoría, son trabajadoras y trabajadores en mejores o peores condiciones laborales y sociales.
¿Y los sindicatos que se proclaman de clase, pretendiendo ser identificados como diferentes a los del pacto social (político)?
Para Lenin, el sindicalismo era una escuela de revolucionarios, de comunistas. Sostuvo que era necesario combatir a quienes practicaban un sindicalismo que desviaba a los trabajadores de la lucha revolucionaria mediante mejoras superficiales, que, negando la necesidad de la abolición del sistema capitalista, fomentaba la conciliación de clases, debilitando así la conciencia de clase y la independencia política del proletariado.
Frente a esto, Lenin defendía sindicatos de clase combativos, vinculados a un partido revolucionario (el Partido Bolchevique), que no solo lucharan por reivindicaciones económicas inmediatas, sino que conectaran esa lucha con la perspectiva política de la toma del poder y la construcción del socialismo.
Como miembro de la clase explotada, me haría la siguiente pregunta: todos esos sindicatos que se autodenominan de clase —en uno de estos estoy afiliada—, los cuales sobre el papel critican el pacto social, ¿tienen como práctica sindical combatir al capital situando como eje central la batalla contra el sistema capitalista? ¿O este y otros sindicatos se conforman con ser agentes en defensa del simple economicismo?
Este análisis o estas preguntas deben ser parte de un debate amplio dentro del movimiento obrero sobre el papel de los sindicatos. Lenin se oponía tanto al economicismo sindical (que olvida la política) como al sindicalismo reformista (que pacta con la burguesía). Su posición quedó plasmada en obras como ¿Qué hacer? y en otras muchas, así como en las resoluciones de la III Internacional Comunista.
Debemos ser conscientes de que el sindicalismo de pacto social es un modelo complejo que puede variar desde acuerdos tripartitos (sindicatos, patronal y gobierno) con la intención de lograr paz social para estabilizar las reglas económicas que faciliten la extracción de plusvalía, pero también puede ser un componente estructural, político e ideológico con el que se garantiza la democracia burguesa en todas las esferas sociales, garantizando así la paz entre clases, para felicidad y gozo del capital.
¿Qué modelo de sindicalismo necesitamos?
Las masas trabajadoras, para hacer frente a la violencia capitalista, necesitan en primer lugar una cohesión orgánica e ideológica con la que poder confrontar —con garantías de victoria— la guerra contra el capital. Para conseguir esta unidad orgánica e ideológica, necesitan imperativamente organizaciones propias. Centrémonos en el sindicato: un sindicato que se nutra de la rica historia de luchas obreras, que sustente su ideología en el socialismo científico (marxismo), que practique el sindicalismo desde posiciones netamente de clase, donde las trabajadoras y trabajadores decidan qué hacer y cómo hacerlo. Un sindicalismo que, como elemento central de su intervención, eduque y oriente a las masas hacia la destrucción del sistema capitalista. Un sindicalismo escuela de revolucionarios, que jamás se dejará secuestrar por las prebendas y viandas que el capital les ofrece. Un sindicalismo libre de las ataduras que suponen las subvenciones aportadas por el Estado, ya que somos conscientes de que el Estado nunca será neutral: pertenece a la clase en el poder.
Cuando hablamos de unidad obrera y sindical, no nos limitamos a la unidad de siglas o voluntades individuales. Llamamos a una unidad sustentada en principios ideológicos, unidad superadora de todas las lacras que ha generado el actual modelo sindical. Solo con la recuperación del modelo sindical de clase, las masas trabajadoras podrán hacer frente y liberarse del yugo dictatorial del capital. Trabajadoras y trabajadores deben exigir que esta unidad sea una realidad en el menor tiempo posible. No hay tiempo que perder: está en juego la viabilidad de la humanidad.

