La Biblioteca Nacional de la Academia de Ciencias de China ha dejado de actualizar y publicar su escalafón de revistas científicas (*), una herramienta que desde hace veinte años -supuestamente- evalúa el estado de los conocimientos en China, con su parafernalia de métricas cuantitativas.
No es una simple decisión administrativa sino una ruptura que pone en duda el núcleo mismo del sistema posmoderno de legitimación del conocimiento. China deja de imitar a occidente también en el terreno científico. Ha acabado con mitos como el “factor de impacto”, el “índice de Hirsch” y el “número de publicaciones”.
Al mismo tiempo ha acabado con las absurdas normas que juzgan las trayectorias profesionales, las jerarquías institucionales y, sobre todo, el flujo de subvenciones.
El fenómeno no es exclusivo de China, pero allí ha ganado especial intensidad debido a la rápida expansión de su sistema universitario y su ambición de establecerse como una potencia científica mundial.
Como casi todo en el mundo moderno, hoy la ciencia no es otra cosa que “visibilidad” y “viralidad”, en lugar de profundidad y originalidad. Si no tienes la pechera llena de medallas, no eres nadie, ni en el ejército ni en la academia. Si no te aplauden, estás acabado. Por eso hay revistas “prestigiosas” y otras “desprestigiadas”.
La evaluación científica en China marcha hacia la contribución real al conocimiento. El cambio es parte de una reforma más amplia destinada a ir más allá de los “cinco criterios principales”, una iniciativa que busca reducir la dependencia de indicadores formales como calificaciones de exámenes, diplomas de instituciones prestigiosas, número de publicaciones y títulos académicos.
La evaluación científica en China se quiere transformar en un proceso que apunta a integrar dimensiones cualitativas previamente marginadas: relevancia social, innovación auténtica e impacto a largo plazo. El desafío es diseñar mecanismos que eviten tanto la arbitrariedad como el control burocrático, sin caer en la trampa de confiar en figuras que, aunque reduccionistas, ofrecían una ilusión de objetividad.
Sin embargo, criticar los indicadores cuantitativos no resuelve automáticamente el problema de reemplazarlos. La decisión china es un intento de reequilibrar la relación entre medición y significado, entre cuantificación y comprensión.
El abandono de las clasificaciones de las revistas científicas, cada vez más corrompidas, como hemos expuesto, marca un punto de inflexión que va más allá de las fronteras chinas. Podría inspirar cambios en otros sistemas académicos. Los indicadores confunden la forma con el fondo, las mediciones cuantitativas con el valor de los contenidos.
No hay nada más patético que el amiguismo en la ciencia posmoderna. Los científicos buscan colegas que los citen en sus artículos científicos, e incluso pagando dinero por ello para que sus publicaciones suban en el escalafón y su currículum mejore.
En última instancia, un país cabecero en materia de ciencia, como China, ha dado un paso muy importante para que nadie confunda las publicaciones científicas con la ciencia misma. A los científicos también deberían interesarles los artículos que no se publican y los motivos por los que no se publican.
(*) https://doi.org/10.1038/d41586-026-01216-1


