
García-Page, Felipe González y la deriva de una socialdemocracia domesticada
Hay nombres que, lejos de representar una opción de izquierdas transformadora, se han convertido en referencia habitual para la derecha y la ultraderecha cuando buscan ejemplos de un PSOE dócil, integrable y funcional al sistema. García-Page y Felipe González son, en ese sentido, dos figuras que conviene observar no solo por lo que dicen, sino por el uso político que otros hacen de sus posiciones.
No es casualidad que desde sectores del PP y de la derecha mediática se señale a García-Page como “el PSOE sensato”, el PSOE que no incomoda, el PSOE que no rompe marcos. Tampoco lo es que Felipe González, expresidente del Gobierno, haya pasado a ocupar un espacio cómodo en tertulias y encuentros donde se comparte mucho más con Aznar o Rajoy de lo que se admitiría públicamente en términos ideológicos. En política, las afinidades reales no siempre coinciden con las etiquetas partidistas.
La derecha y la ultraderecha saben perfectamente identificar a sus interlocutores más útiles dentro del adversario político. Y no es raro que aplaudan a aquellos que, desde dentro del PSOE, representan posiciones perfectamente compatibles con el consenso económico y político del sistema que dicen combatir. “Perro no come perro”, dice el refrán, y en la práctica política muchas veces se confirma.
Felipe González, que en su día se presentó como referente de la modernización socialista, ha transitado por posiciones que hoy difícilmente se distinguirían de las de la derecha tradicional. De la oposición a la OTAN a su defensa posterior, de las promesas de apoyo a la autodeterminación saharaui a una posición alineada con el statu quo internacional, o de la crítica a las puertas giratorias a su normalización posterior en la práctica política y económica. Esa evolución no es anecdótica: es sintomática de un proceso más amplio de adaptación al poder real.
Algo similar ocurre con el llamado “socialismo de baronías”, donde figuras como García-Page representan una visión del PSOE que no incomoda a los poderes económicos ni a los marcos políticos dominantes. Un PSOE que, más que alternativa, funciona como gestor del sistema con rostro socialdemócrata, pero sin voluntad de ruptura estructural.
No es extraño, por tanto, que estos perfiles sean valorados por la derecha como interlocutores válidos o incluso preferentes. Porque en ellos encuentran no una amenaza, sino una garantía de estabilidad. Y en esa lógica, determinados sectores del PSOE acaban actuando como bisagra funcional, más cerca de la gestión del consenso que de la transformación social.
El problema de fondo no es solo interno del PSOE, sino del propio sistema político: la capacidad de absorber, neutralizar y reconfigurar a aquellos espacios que en algún momento se presentaron como alternativa. Cuando eso ocurre, la frontera entre izquierda y derecha se difumina en lo esencial, aunque se mantengan los símbolos, los discursos y las siglas.
Por eso la pregunta no es solo qué representan hoy García-Page o Felipe González dentro del PSOE, sino qué tipo de proyecto político es capaz de convivir con ellos sin entrar en contradicción. Y sobre todo, qué espacio real queda para una izquierda que no se limite a administrar lo existente, sino a cuestionarlo de raíz.
Porque cuando la derecha aplaude a determinados dirigentes del PSOE, no lo hace por error. Lo hace porque sabe reconocer, dentro del adversario, aquello que ya no es realmente adversario.
André Abeledo Fernández





