Trump y el imperio de la extorsión

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Trump y el imperio de la extorsión

Hay momentos en la historia en los que ya no basta con hablar de errores políticos. Hay momentos en los que lo que está en juego es el propio futuro de la humanidad. Vivimos uno de ellos.

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos ha intensificado una política basada en la fuerza, la amenaza y el chantaje, deteriorando aún más un orden internacional que ya arrastraba profundas contradicciones. La diplomacia ha sido sustituida por la imposición, el derecho internacional por la ley del más fuerte y la cooperación entre los pueblos por la defensa descarnada de los intereses del gran capital estadounidense.

La última ocurrencia de Trump resulta especialmente reveladora. Autoproclamarse garante de la seguridad del estrecho de Ormuz y plantear el cobro de una tasa del 20 % a los barcos por esa supuesta protección recuerda más al funcionamiento de una organización dedicada a la extorsión que al comportamiento esperado de un Estado que dice defender el llamado «orden internacional». Quien controla el paso, cobra; quien no paga, queda expuesto. Es la lógica del mafioso trasladada a la política internacional.

Pero esta propuesta no es un hecho aislado. Es una pieza más de una estrategia basada en la intimidación permanente. La guerra comercial mediante aranceles, las amenazas contra aliados históricos, la presión para obligar a los países europeos a incrementar el gasto militar comprando armamento estadounidense, las continuas sanciones económicas contra países soberanos o la utilización del dólar como arma política forman parte del mismo modelo: convertir el poder económico y militar en un mecanismo de sometimiento.

Mientras tanto, Oriente Próximo continúa desangrándose. El respaldo incondicional de Washington al Gobierno de Benjamín Netanyahu, incluso frente a las gravísimas denuncias internacionales sobre la situación en Gaza, ha situado a Estados Unidos como un actor central en una de las mayores tragedias humanitarias de nuestro tiempo. Lejos de impulsar soluciones políticas, la Casa Blanca ha reforzado una estrategia de confrontación permanente.

América Latina tampoco escapa a esta lógica imperial. Durante décadas, Estados Unidos ha intervenido directa o indirectamente en la política de numerosos países del continente, apoyando gobiernos afines a sus intereses económicos y estratégicos y promoviendo políticas que han condicionado la soberanía de muchas naciones. La historia de golpes de Estado, bloqueos económicos, operaciones encubiertas y presiones diplomáticas forma parte de una realidad ampliamente documentada que sigue proyectando su sombra sobre el presente.

En Europa el panorama tampoco invita al optimismo. Una parte importante de la derecha y de la extrema derecha actúa como fiel aliada de la estrategia geopolítica de Washington. Mientras proclaman un patriotismo grandilocuente, aceptan sin apenas cuestionamiento decisiones que subordinan los intereses de sus propios pueblos a los dictados de Estados Unidos. Hablan constantemente de soberanía nacional, pero guardan silencio cuando esa soberanía queda condicionada por intereses ajenos.

 

El resultado es un mundo cada vez más inestable, con conflictos abiertos en varios continentes, una carrera armamentística creciente, un comercio internacional convertido en arma política y millones de personas pagando las consecuencias de decisiones tomadas muy lejos de sus vidas.

Frente a esta deriva, los pueblos necesitan recuperar la capacidad de decidir su propio destino. La paz no puede construirse desde la amenaza permanente; la cooperación internacional no puede basarse en la extorsión económica; y el derecho internacional no puede aplicarse únicamente cuando conviene a las grandes potencias.

La humanidad se enfrenta a desafíos enormes: guerras, desigualdad, crisis climática y pobreza. Ninguno de ellos encontrará solución mientras quienes concentran el mayor poder militar y económico del planeta continúen actuando bajo la lógica de la dominación. El futuro dependerá de que los pueblos sean capaces de defender un mundo basado en la soberanía, el respeto mutuo, la justicia social y la resolución pacífica de los conflictos, frente a quienes siguen creyendo que la fuerza da derecho a imponer su voluntad al resto del planeta.

 

André Abeledo Fernández 

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