Messi no es Maradona

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Messi no es Maradona

Cada cierto tiempo vuelve el mismo debate. ¿Quién fue mejor? ¿Messi o Maradona? La discusión suele reducirse a estadísticas, títulos, Balones de Oro o Mundiales. Pero esa comparación olvida algo esencial: Lionel Messi y Diego Armando Maradona no solo fueron dos futbolistas distintos. Son el producto de dos mundos completamente diferentes.

Messi es uno de los mejores jugadores de la historia. Su talento es indiscutible y su carrera está al alcance de muy pocos. Negarlo sería absurdo. Pero precisamente porque fue extraordinario no necesita ser comparado con Maradona. Porque Messi no es Maradona, ni podía serlo.

Diego nació en Villa Fiorito, en la Argentina de los olvidados. Creció entre calles de tierra, pobreza y necesidades. Aprendió a jugar en los potreros, donde el balón era mucho más que un juego: era una oportunidad para escapar de la miseria. Su fútbol nació de la necesidad, de la rebeldía y de la convicción de que solo siendo el mejor podría cambiar el destino de su familia.

Messi, por el contrario, desarrolló su carrera en La Masía, probablemente la mejor cantera del mundo. Su talento encontró el entorno perfecto para crecer, con los mejores entrenadores, instalaciones y un proyecto deportivo excepcional. No es un reproche. Es simplemente una realidad. Sus caminos nunca fueron los mismos.

También les tocó vivir un fútbol muy distinto.

A Maradona lo cosían literalmente a patadas. En una época en la que muchas entradas que hoy supondrían una expulsión apenas eran castigadas con una falta, sufrió una violencia constante sobre el terreno de juego. En 1983, Andoni Goikoetxea le provocó una gravísima lesión de tobillo cuando jugaba en el FC Barcelona. A partir de entonces convivió durante años con dolores permanentes, jugando en numerosas ocasiones infiltrado para soportar el sufrimiento. Terminó su carrera con los tobillos destrozados, pagando físicamente el precio de haber sido un futbolista diferente.

Messi también ha recibido incontables faltas durante su carrera, pero ha jugado en un fútbol donde los reglamentos y los criterios arbitrales ofrecen una protección mucho mayor a los jugadores creativos. Y así debe ser. El fútbol tiene la obligación de proteger a quienes convierten este deporte en un espectáculo y en una forma de arte. Cuando un defensor destruye al creador, pierde el fútbol entero. La diferencia es que Maradona construyó su leyenda cuando esa protección apenas existía.

Pero la grandeza de Maradona no se explica solo por el sufrimiento.

En México 1986 llevó prácticamente solo a Argentina hasta el título mundial y firmó ante Inglaterra el que para millones de aficionados sigue siendo el mejor gol de la historia de los Mundiales. Aquel partido, apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, adquirió además una enorme carga simbólica para muchos argentinos.

Después llegó al Nápoles, un club que jamás había ganado la liga italiana. En la Serie A más poderosa que probablemente ha existido, rodeada de los mejores jugadores del planeta, convirtió a un equipo del sur pobre en campeón de Italia y en una potencia europea. Aquello fue mucho más que un éxito deportivo. Fue la victoria simbólica de los olvidados frente a los privilegiados. Por eso en Nápoles no es solo una leyenda del fútbol. Es un símbolo popular.

Maradona tampoco separó nunca el fútbol de sus convicciones.

Siempre reivindicó sus orígenes humildes. Se declaró públicamente de izquierdas, mantuvo una estrecha amistad con Fidel Castro y Hugo Chávez, criticó con frecuencia la política exterior de Estados Unidos y expresó en numerosas ocasiones su apoyo al pueblo palestino. Nunca tuvo miedo a posicionarse, aun sabiendo que ello le acarrearía críticas y enemigos.

Messi ha seguido un camino muy diferente. Durante toda su carrera ha mantenido un perfil institucional y alejado de la confrontación política. Ha participado en actos oficiales junto a distintos dirigentes internacionales, entre ellos Benjamin Netanyahu y Donald Trump, vinculados a compromisos deportivos o institucionales. Esa actitud proyecta una imagen muy distinta de la que representó Maradona, siempre dispuesto a enfrentarse a los poderes establecidos cuando consideraba que debía hacerlo.

No se trata de condenar una postura ni de ensalzar ciegamente la otra. Cada persona decide cómo utilizar su influencia pública. Pero sí conviene reconocer que representan modelos profundamente distintos.

Maradona fue un futbolista irrepetible porque jamás dejó de ser el niño pobre de Villa Fiorito. Nunca olvidó de dónde venía ni a quién creía representar. Su vida estuvo llena de contradicciones, errores y excesos, pero también de una autenticidad que muy pocos personajes públicos han conservado cuando alcanzan la cima.

Messi, en cambio, representa la excelencia deportiva, la profesionalidad y la continuidad dentro del fútbol moderno.

Los dos son leyendas.

Pero solo uno se convirtió, además, en un símbolo de rebeldía, de resistencia y de identificación con los humildes.

Por eso Messi nunca será Maradona.

Y tampoco necesita serlo.

Porque Maradona no fue únicamente uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.

Fue un fenómeno social, político y cultural que trascendió el deporte para convertirse en un icono universal de quienes nunca dejaron de sentirse parte del pueblo.

 

André Abeledo Fernández

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