La «Doctrina Donroe»: el imperialismo no cambia de máscara, cambia de nombre
Camaradas:
Cuando la Casa Blanca decide rebautizar sus mapas estratégicos, conviene no distraerse con la etiqueta y mirar lo que hay debajo. Donald Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, han vuelto a poner sobre la mesa, con nombre nuevo, la vieja Doctrina Monroe: aquella que, en 1823, proclamó América Latina como coto privado de Washington y que durante dos siglos ha justificado golpes de Estado, bloqueos, invasiones y saqueos de recursos desde México hasta la Patagonia.
Ahora lo llaman de otra manera. Algunos sectores del Gobierno estadounidense evitan incluso pronunciar «Monroe» y prefieren hablar de una «Gran América del Norte» que se extendería por zonas clave del continente. El maquillaje terminológico no engaña a nadie que haya estudiado la historia con los ojos de los pueblos y no con los del Departamento de Estado: es la misma vocación de control hemisférico, vestida con lenguaje de seguridad nacional para hacerla digerible en el siglo XXI.
El pretexto de siempre: China, Rusia y el «enemigo exterior»
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump señala a China y Rusia como las amenazas que justifican la reactivación del «patio trasero». Es el guion de manual del imperialismo: cuando un pueblo busca diversificar sus relaciones comerciales, financiar infraestructuras o comprar vacunas sin pedir permiso a Washington, automáticamente se convierte en sospechoso de traición geopolítica. No importa que esos vínculos con Pekín o Moscú hayan permitido a países latinoamericanos escapar, aunque sea parcialmente, del yugo histórico de la dependencia de Estados Unidos. Lo que Washington no puede tolerar no es la influencia extranjera en abstracto —la suya lleva siglo y medio instalada en la región—, sino la simple posibilidad de que América Latina decida por sí misma.
Comercio, migración y narcotráfico: las tres coartadas del garrote
La Casa Blanca ha empaquetado su intervencionismo bajo tres etiquetas que suenan razonables en un titular de prensa: presión comercial, control migratorio estricto y lucha contra el narcotráfico. Pero quien ha trabajado dieciocho años en el comercio, como quien esto firma, sabe reconocer cuándo una «negociación» es, en realidad, una imposición con la pistola sobre la mesa. Los aranceles como arma política, la militarización de las fronteras como cortina de humo frente a las causas reales de la migración —la pobreza que el propio saqueo imperialista produce— y la guerra contra las drogas como excusa recurrente para desplegar tropas: no son políticas nuevas, son el mismo cóctel de siempre, reformulado para una época en la que hay que disfrazar la dominación de cooperación.
De las palabras a los hechos: anexión, secuestro y bloqueo
Y para quien todavía dude de que estamos ante algo más que retórica de despacho, ahí están los hechos, desnudos y sin necesidad de interpretación. Trump amenaza abiertamente con anexionarse Groenlandia y no descarta la fuerza para hacerlo; habla de convertir Canadá en un estado más de la Unión, como quien discute la compra de un solar; y reclama para sí el control del Canal de Panamá, soberanía centroamericana arrancada con sangre y sudor tras décadas de lucha popular, como si fuera una propiedad que Washington nunca hubiera dejado de considerar suya. No hay eufemismo de «Gran América del Norte» que disimule que esto es, lisa y llanamente, un discurso anexionista del siglo XIX reciclado para el XXI.
A la vez, este Gobierno interfiere sin ningún pudor en la vida política interna de los países americanos, dictando quién puede gobernar y quién no, financiando oposiciones y deslegitimando procesos electorales que no le convienen. Nicaragua recibe amenazas constantes por no plegarse a los dictados de Washington. Venezuela sufre lo que no puede llamarse de otra manera que secuestro de su soberanía y de su petróleo, con un pueblo entero pagando con hambre y sufrimiento el pecado de asentarse sobre las mayores reservas de crudo del planeta sin ponerlas al servicio de las petroleras norteamericanas. Y Cuba, camaradas, Cuba lleva más de sesenta años resistiendo un bloqueo que organismos internacionales, la propia ONU y buena parte de la comunidad académica califican sin ambages de genocida, un castigo colectivo a todo un pueblo por el simple delito de haber elegido un camino soberano.
Alinearse o ser señalado.
El objetivo último es claro y los analistas internacionales no se engañan: Washington presiona a los gobiernos latinoamericanos para que rompan lazos con competidores globales de Estados Unidos y subordinen sus prioridades de seguridad a los intereses de la superpotencia. Es la vieja lógica colonial actualizada: «estás con nosotros o estás contra nosotros», aplicada ahora a la política exterior de naciones soberanas que tendrían todo el derecho a mantener relaciones diplomáticas y comerciales con quien consideren oportuno, sin que eso suponga una declaración de guerra encubierta contra Estados Unidos.
Frente a esta «Doctrina Donroe», frente a las amenazas de anexión, frente al secuestro de Venezuela, frente al bloqueo genocida contra Cuba y el acoso permanente a Nicaragua, la respuesta de los pueblos latinoamericanos y de quienes, desde Galicia, sentimos como propia cualquier lucha contra el imperialismo solo puede ser una: la defensa intransigente de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, contra cualquier potencia que pretenda decidir por ellos qué comerciar, con quién aliarse, quién debe gobernarlos y cómo vivir.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

