El escudo social que no existe

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El escudo social que no existe

Camaradas:

El escudo social que no existe

Lo he denunciado en más de una ocasión: eso del «escudo social» es un cuento. Un refrán, una frase hecha que se repite en las ruedas de prensa mientras la realidad de miles de personas es bien distinta.

En el Estado español hay trabajadores que, aun teniendo empleo, no llegan a fin de mes. Hay niños en riesgo de pobreza extrema. Y frente a eso, una Administración que no contesta: teléfonos que solo devuelven grabaciones, cartas que responden que «esta no es la oficina competente», un aparato pensado para ahorrar como una empresa, no para atender a la gente.

Da igual quién gobierne

He podido comprobar que los refranes se aplican con la misma exactitud a la Administración pública, gobierne quien gobierne.

El INSS, la Xunta, el Defensor del Pueblo o el Valedor do Pobo, Hacienda: todo el sistema parece montado para castigar al más débil, al más solo, a quien no tiene padrinos ni enchufes.

El supuesto Gobierno de progreso mantiene, en el trato a la ciudadanía, la misma distancia y rigidez que el Gobierno del Partido Popular en Galicia. Los dos, igual de alejados de la realidad, igual de vacíos de empatía, prefiriendo el anuncio propagandístico a la solución real.

Sale más barato.

Cuando el propio Estado te condena

Hace unos meses me concedieron una incapacidad permanente total para mi trabajo habitual. Lo digo «por desgracia» porque hay problemas de salud reales que me impiden trabajar y porque, de ser un trabajador con un salario digno, pasé a la miseria de un plumazo administrativo.

Por tener menos de 55 años —tengo 51— cobro el 55 % de mi salario; al cumplir los 55 pasaría al 75 %. De 1.400 euros en activo, a 1.200 durante la baja, y de ahí a 752,15 euros mensuales con la incapacidad reconocida.

Con dos hijos de 14 y 17 años a mi cargo, que estudian y viven conmigo, necesito exactamente el mismo dinero a los 51 que a los 55. Comen igual, se visten igual y quieren estudiar igual. Pero el criterio es que a los 51 «tengo más facilidad» para encontrar un trabajo complementario.

Fascitis plantar bilateral, discopatía cervical, tendinitis crónica en ambos hombros, compresión nerviosa lumbar con dolor y adormecimiento de las piernas, epicondilitis crónica y túnel carpiano operado en ambas manos, con un resultado relativo.

Toda una vida trabajando en supermercados, con la fuerza del cuerpo, sin estudios superiores.

El INSS entiende que puedo trabajar en otra cosa, siempre que no perjudique mis dolencias. Tal vez de ministro. Tal vez de astronauta.

Una oferta real para limpiar oficinas fue descartada por ser «inapropiada» para mis dolencias. Y tienen razón: no estoy en condiciones.

La realidad es devastadora y, a la vez, tragicómica.

El Ingreso Mínimo Vital que no puedo pedir

Me dieron la opción de solicitar el Ingreso Mínimo Vital. Preparé los papeles, los presenté y me encontré con que es imposible en mi caso.

La razón todavía no logro asimilarla.

Vivo con mi pareja actual, de nacionalidad venezolana, que no es la madre de mis hijos. Llevábamos tiempo tramitando la pareja de hecho —ya conseguida— y ella no trabaja.

Para solicitar el IMV hace falta un certificado de convivencia en el que figuramos empadronados mi pareja, mis dos hijos y yo.

Yo pido la ayuda para mis hijos y para mí, nunca para ella. Pero, como aparece empadronada en el mismo domicilio, no puedo solicitar el IMV para mis hijos.

Nadie ha sabido explicarme este requisito. Ni el teléfono 020 de información sobre el IMV, ni el INSS, ni la trabajadora social.

Solo «no es posible».

Quienes me han atendido han empatizado, se han sorprendido incluso y me han dado la razón moral sobre lo absurdo, lo surrealista y lo injusto de la situación.

Pero nada se puede hacer.

Tampoco puedo pedir la ayuda por hijos menores a cargo, porque va ligada al IMV.

La opción que me dan, literalmente, es echar a mi pareja de casa, dejarla en la calle, para que no conste en el padrón.

Entre dos y cinco años debería esperar para cumplir los requisitos.

No soy un canalla. No voy a hacerlo.

Palabras, muchas; dignidad, ninguna

Hablan del escudo social, y mis hijos deben vivir con 720 euros al mes porque estoy enfermo.

Hablan de integración de los migrantes, y me piden que eche a la calle a mi pareja extranjera para que mis hijos puedan vivir dignamente: el doble estigma que ellos mismos dicen combatir.

Hablan de proteger a las mujeres del abuso, y no tendrían el menor problema en que yo abandonara a la mía para que el sistema me diera unas migajas.

Eso no va a pasar.

No soy un canalla, ni un traidor, ni un mentiroso.

A perro flaco, todo son pulgas

Y mientras tanto, sabemos que hay quien cobra ayudas que no necesita, con un enchufe adecuado, mientras quien de verdad las necesita queda aplastado.

Cuanto peor estás, más te machacan: esa parece ser la ley no escrita de esta Administración.

Como decía Eduardo Galeano, la justicia es como la serpiente: solo muerde a los descalzos.

Y como recuerda aquel refrán: a perro flaco, todo son pulgas.

El caballo Boxer

No puedo dejar de pensar en Rebelión en la granja, de George Orwell.

El caballo Boxer, el que más trabajó para levantar aquella granja, cuando enfermó y ya no pudo tirar del carro, fue enviado a la fábrica de pegamento.

Aquí funciona exactamente igual: mientras produces, sirves; en cuanto enfermas, sobras.

La única diferencia es que a nosotros nos lo disfrazan con la palabra «escudo».

No lo entiendo. No puedo entenderlo.

Tanta hipocresía me supera, y nadie ha sido capaz de darme una explicación coherente.

Ni siquiera lo han intentado.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández 

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