SE PUEDE DERROTAR A LA UNIÓN DE LA DERECHA Y LA ULTRADERECHA, PERO NO CON ESTA IZQUIERDA
Camaradas:
Sí, se puede derrotar a la unión de la derecha y la ultraderecha. En el Estado español, en Europa, en América, en el mundo. Se puede porque la mayoría de esta sociedad es de izquierdas, es progresista, es clase trabajadora. No hace falta buscar excusas ni consuelos: la correlación de fuerzas social está de nuestro lado. El problema no es la fuerza del enemigo. El problema es lo que hemos hecho con la nuestra.
Cuando la socialdemocracia decidió no compartir el campo de la izquierda, sino ocuparlo entero, empezó el desastre. La socialdemocracia es sistémica por definición: no puede representar a una izquierda que vaya a la raíz de los problemas —que es, precisamente, lo que significa ser radical— porque su función histórica es gestionar el sistema, no transformarlo.
En el Estado español decidieron que ese espacio lo ocupara Sumar. Y Sumar no es solo un proyecto socialdemócrata al servicio del PSOE —un bastón del PSOE, ni más ni menos—. Es, además, una casa empezada por el tejado: un proyecto sin bases, construido con gente puesta al servicio del PSOE, de UGT y de Comisiones Obreras; es decir, al servicio del sistema. Una izquierda progre, sistémica, que no representa a buena parte de la sociedad y que, por lo tanto, no es capaz de movilizarla, de ilusionarla, de darle motivos para salir a votar, a pelear, a cambiar las cosas. Y es normal que no lo consiga: nadie se moviliza por quien no cree en ellos.
Los sindicatos sistémicos —Comisiones Obreras y UGT— hace tiempo que dejaron de ser sindicatos de clase, vanguardia y punta de lanza de la lucha, para convertirse en parte del sistema: la válvula de escape que se abre de vez en cuando para que la olla a presión no reviente. En muchas empresas son, de hecho, los sindicatos de la patronal. Han firmado convenios a la baja una y otra vez, traicionando a los trabajadores y trabajadoras. Y todo esto —la precariedad, el miedo, la desafección— es hijo de esa deriva.
Yolanda Díaz es una herramienta: como ministra de Trabajo, obedece a UGT, a Comisiones Obreras y al PSOE. Hace tiempo que renunció, si alguna vez lo tuvo, a un discurso de izquierdas. Quienes la rodean son, unos, rebotados del PSOE; otros, oportunistas. Ninguno representa un proyecto de izquierdas real y, si alguna vez lo representaron, renunciaron a él porque les gustó el sillón, la moqueta y el sueldo.
Ese es el problema de fondo: decidieron que se podía suplantar a la izquierda con un proyecto vacío y socialdemócrata. Y no se puede.
Si hoy existiera una izquierda de verdad —una izquierda que defendiera los intereses de la clase trabajadora, que compartiera trinchera con ella, que hablase de cambios sistémicos, que entendiera que ser radical es ir a la raíz de los problemas—, sí habría una oportunidad real de vencer a la derecha y a la ultraderecha. Por supuesto, habría que sumar fuerzas también con la socialdemocracia. Pero existiría un bloque de izquierdas de verdad dispuesto a frenar el racismo y el fascismo, no solo a administrarlo.
Con esa posibilidad han acabado los medios de desinformación de masas, los partidos de la derecha y de esa otra derecha que se llama a sí misma progresista, y los grandes empresarios que han financiado campaña tras campaña para que estos proyectos surgidos de la nada —socialdemócratas, progres— ocupasen ese espacio, sabiendo perfectamente su debilidad. Y también toda esa gente que se prestó a ello por interés personal, por hacer carrera.
Es posible cambiar las cosas. Pero para eso hacen falta organizaciones cuyo proyecto sea cambiarlas de verdad; no colocar a los suyos, no hacer carrera política, no simplemente obedecer al sistema y hacerlo un poco más soportable para la clase trabajadora. La limosna no es de izquierdas. La solidaridad, sí. La justicia social, sí. El escudo social que no existe en este país —y que no va a traerlo ni la socialdemocracia, ni la derecha, ni mucho menos la ultraderecha— sí es un concepto de izquierdas. Pero de una izquierda real, que sabe que hay que enfrentarse a los poderes económicos para cambiar las cosas; que cree en la banca pública, en la recuperación de los servicios públicos básicos, en la vivienda pública, y que además cree en legislar y en vigilar que las leyes se cumplan.
Que cree en una reforma laboral de verdad y en proteger realmente a los trabajadores. Hasta la Unión Europea —una Unión Europea de derechas— le ha llamado la atención al Estado español porque el despido es baratísimo y el trabajador está totalmente desprotegido. Que una Unión Europea de derechas tenga que llamarle la atención a un Gobierno que se dice el más progresista de la historia lo dice todo. Me río yo de ese progresismo.
Es verdad que la alternativa que tenemos ahora mismo es mucho peor. Feijóo es un desastre. Abascal es un desastre. La unión de Feijóo y Abascal es veneno puro. Pero lo que tenemos ahora mismo no es una solución: es frustración, y esa frustración está abriendo las puertas al fascismo.
Necesitamos recuperar la izquierda. Y, desgraciadamente, también necesitamos reconstruirla, porque hubo gentuza que, desde dentro, se dedicó a desmontarla y a destruirla.
Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

