Lenin: el hombre que convirtió la teoría revolucionaria en acción

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Lenin: el hombre que convirtió la teoría revolucionaria en acción

La gran aportación de Lenin al marxismo fue convertir el análisis del capitalismo en una estrategia para intervenir en la lucha de clases y disputar el poder. Comprendió que la explotación no desaparece por sí misma y que la clase trabajadora necesita organización, conciencia política y capacidad para actuar sobre las condiciones concretas de cada momento histórico. Esa unión entre teoría y práctica explica su importancia histórica y permite utilizar hoy algunas de sus herramientas para analizar problemas que, aunque diferentes de los de 1917, siguen teniendo una misma raíz: las relaciones de poder entre las clases.

De la teoría a la organización.

El primer problema que Lenin quiso resolver fue cómo convertir una clase social explotada en una fuerza política organizada.

En ¿Qué hacer?, defendió la necesidad de una organización revolucionaria capaz de unir las luchas, desarrollar conciencia política y construir una estrategia común. Para Lenin, las reivindicaciones económicas eran fundamentales, pero no bastaban por sí solas para cuestionar el poder de la burguesía.

Esta idea adquirió una dimensión práctica en 1917. La guerra, la caída del zarismo, las huelgas, la movilización campesina, la descomposición del Ejército y el crecimiento de los soviets abrieron una profunda crisis política. Los bolcheviques supieron intervenir en ella y conquistar una posición decisiva.

Aquí está el primer puente con el presente: Lenin no nos diría simplemente que los trabajadores deben protestar, sino que debemos preguntarnos qué organización convierte esas luchas en una fuerza política capaz de obtener y defender conquistas.

Hoy podemos verlo en el movimiento sindical. Una plantilla puede protestar contra despidos o bajos salarios, pero su capacidad de negociación aumenta cuando existe organización estable, afiliación, unidad y capacidad de movilización. La diferencia entre una protesta aislada y una fuerza organizada es precisamente una de las cuestiones que Lenin colocaba en el centro de la política.

El Estado: quién decide y al servicio de quién.

El segundo gran problema de Lenin fue determinar qué significa realmente conquistar el poder.

En El Estado y la revolución, defendió que el Estado no podía considerarse un árbitro neutral situado por encima de las clases. Las instituciones políticas están relacionadas con unas determinadas relaciones sociales y económicas.

Por eso, desde su perspectiva, cambiar un Gobierno no significaba necesariamente cambiar las relaciones de poder.

Este es el puente directo con su pensamiento actual: cuando analizamos una decisión política, no basta con preguntar qué partido gobierna; debemos preguntar qué intereses económicos están en juego, quién tiene capacidad para presionar y quién controla los recursos necesarios para hacer efectiva una política.

La vivienda ofrece un ejemplo claro. Ante el aumento de los alquileres, podemos discutir límites de precios o ayudas públicas. Pero la mirada de Lenin llevaría la cuestión un paso más allá: ¿quién posee las viviendas, quién controla el suelo y quién obtiene beneficios de la vivienda como activo económico?

No es exactamente el mismo problema que afrontaba la Rusia de 1917, pero sí podemos aplicar la misma herramienta de análisis: pasar de la decisión política visible a las relaciones de propiedad y poder que existen detrás.

La política debe partir de las condiciones materiales.

Lenin tampoco entendía la política revolucionaria como la aplicación automática de un programa.

La Rusia soviética heredó una economía devastada por la guerra y tuvo que afrontar una guerra civil, hambre y una enorme crisis productiva. La Nueva Política Económica de 1921 mostró que Lenin estaba dispuesto a modificar la estrategia cuando las condiciones materiales lo exigían.

Este es otro puente importante con el presente: una política transformadora no puede construirse únicamente a partir de deseos; debe partir de las condiciones económicas reales y de la correlación de fuerzas existente.

Por ejemplo, defender mejores salarios es necesario, pero una estrategia seria debe preguntarse también por la productividad, los beneficios empresariales, la estructura de cada sector, la fuerza sindical y la capacidad real de las empresas para trasladar costes a los precios o reducir empleo.

El planteamiento leninista no consiste en renunciar a los objetivos, sino en estudiar qué condiciones permiten avanzar hacia ellos.

El imperialismo y el capitalismo global

El análisis de Lenin tampoco se limitó al interior de cada país.

En El imperialismo, fase superior del capitalismo, estudió la concentración del capital, los monopolios, el capital financiero y la competencia entre grandes potencias. Su conclusión fundamental era que el capitalismo debía analizarse como un sistema mundial.

Aquí el vínculo con el presente es especialmente evidente.

Una empresa puede producir en un país, financiarse en otro, pagar impuestos en un tercero y vender en decenas de mercados. Cuando una multinacional amenaza con trasladar una fábrica si aumentan los costes laborales, la capacidad de negociación de los trabajadores está condicionada por esa dimensión internacional del capital.

Eso conecta directamente con el problema que Lenin quería analizar: el capital puede organizarse internacionalmente mientras los trabajadores siguen muchas veces divididos por fronteras.

De ahí la importancia que concedía al internacionalismo. La respuesta a la competencia entre trabajadores no debería ser que los trabajadores de cada país acepten peores condiciones para atraer inversiones, sino construir mecanismos de cooperación y organización internacional.

La autodeterminación y los pueblos oprimidos

La cuestión nacional también ocupó un lugar importante en el pensamiento de Lenin.

Defendió el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, incluida la posibilidad de separarse, y consideraba que los trabajadores de las naciones dominantes debían combatir la opresión ejercida por su propia clase dominante.

El puente con el presente está en aplicar ese principio sin convertirlo en una consigna vacía: ante un conflicto nacional, debemos preguntarnos quién ejerce la dominación, qué pueblo está sometido y qué relaciones de poder impiden su autodeterminación.

Esto permite analizar conflictos como Palestina o el Sáhara Occidental desde una perspectiva internacionalista, defendiendo los derechos de los pueblos sin convertir el apoyo a esos derechos en una adhesión automática a cualquier gobierno o movimiento político que los represente.

Las contradicciones también forman parte de la lección

El vínculo con Lenin no puede construirse seleccionando únicamente aquello que confirma nuestras ideas.

La guerra civil, el hambre, la crisis económica y la intervención extranjera ayudan a comprender la dureza del periodo, pero no justifican automáticamente todas las decisiones tomadas. La disolución de la Asamblea Constituyente, el Terror Rojo, la actuación de la Cheka, las requisas del comunismo de guerra, la prohibición de las fracciones dentro del Partido Bolchevique y la represión de Kronstadt plantean cuestiones serias sobre los límites de la democracia revolucionaria.

Y aquí aparece otro puente con el presente: cualquier organización que aspire a transformar la sociedad debe preguntarse cómo mantener la participación y el control democrático cuando se enfrenta a una fuerte oposición.

La defensa de un proyecto político no debería convertir la crítica interna en una amenaza que deba ser eliminada. La experiencia soviética demuestra que la concentración del poder puede generar contradicciones con los propios objetivos emancipadores de una revolución.

Explicar el contexto histórico es imprescindible. Justificarlo todo en nombre del contexto no lo es.

Lenin ante la España actual.

Si reunimos todas estas herramientas, podemos entender mejor qué significa utilizar hoy a Lenin sin pretender copiar 1917.

Ante la precariedad laboral, Lenin nos lleva a la organización de los trabajadores y a la relación entre lucha económica y lucha política.

Ante la vivienda, nos lleva a analizar la propiedad, el suelo y los intereses económicos que existen detrás del mercado inmobiliario.

Ante la concentración empresarial, nos lleva a estudiar cómo la concentración del capital genera también capacidad de influencia política.

Ante las multinacionales y la deslocalización, nos lleva a su análisis del capitalismo como sistema internacional y a la necesidad del internacionalismo obrero.

Ante los conflictos nacionales y las ocupaciones, nos lleva a su defensa del derecho de los pueblos a la autodeterminación.

Y ante la política institucional, nos obliga a distinguir entre ocupar un Gobierno y transformar realmente las relaciones de poder.

Ese es el vínculo que considero más útil con Lenin. No afirmar que España en 2026 es la Rusia de 1917, porque evidentemente no lo es, sino utilizar sus categorías para formular preguntas que siguen siendo necesarias.

Lenin: una herramienta, no un catecismo.

La importancia de Lenin no está en ofrecernos respuestas que podamos copiar mecánicamente más de un siglo después. Está en haber intentado llevar el marxismo hasta sus consecuencias prácticas: analizar las relaciones de clase, construir organización, intervenir en las crisis políticas y adaptar la estrategia a las condiciones materiales.

También debemos estudiar sus errores y contradicciones. Una reivindicación seria no necesita convertirlo en un santo para reconocer su importancia histórica.

Para mí, reivindicar a Lenin significa recuperar precisamente esa exigencia: analizar la realidad antes de actuar, identificar las relaciones de poder y construir organización para modificarlas.

No necesitamos una estatua ni una caricatura. Necesitamos estudiar qué hizo Lenin, qué acertó, dónde fracasó y qué podemos aprender de aquella experiencia desde las condiciones de nuestro propio tiempo.

Porque la pregunta sigue abierta: si la mayoría trabajadora produce la riqueza, ¿por qué continúa teniendo tan poco poder sobre las decisiones fundamentales de la economía y de la sociedad?

Responder a esa pregunta exige algo más que indignación. Exige análisis, organización y estrategia.

 

Até a vitoria sempre. ✊

 

André Abeledo Fernández

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