Alemania, la memoria que no aprende

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Alemania, la memoria que no aprende

Camaradas:

El resultado electoral en Sajonia vuelve a poner ante nuestros ojos una verdad incómoda que la socialdemocracia europea prefiere no mirar: el auge de la ultraderecha en el este alemán forma parte de una crisis social y política que no puede reducirse a una particularidad regional.

Las desigualdades entre el este y el oeste, las consecuencias de la reunificación, la precarización y la pérdida de expectativas han dejado profundas heridas. Pero el problema no es únicamente territorial. Cuando una sociedad acumula malestar y las fuerzas progresistas son incapaces de convertirlo en una alternativa política, la extrema derecha encuentra la oportunidad de transformar la frustración en resentimiento y señalar al otro como culpable.

Alemania, cuna de la industria y del «milagro económico» que Europa nos vendió como modelo, sigue enfrentándose a los fantasmas de su propia historia. Y ahí es donde el resultado de Sajonia adquiere una dimensión que trasciende las urnas.

Conviene distinguir tres cuestiones que, aunque relacionadas, no son la misma:

1. El precedente: cuando el malestar social cae en manos de la reacción

Aquel mismo país llevó a los nazis al poder en las urnas, en un contexto de profunda crisis económica, desempleo, empobrecimiento y descomposición política. El ascenso del fascismo no fue ajeno al conflicto de clase: allí donde la izquierda fue incapaz de convertir la desesperación social en organización y alternativa política, la reacción consiguió transformar el descontento en odio. Los nazis ofrecieron una falsa salida a problemas reales: en lugar de señalar las relaciones de poder que producían la miseria, señalaron enemigos internos sobre los que descargar la frustración.

Casi un siglo después, la historia no se repite mecánicamente, pero el mecanismo político merece atención. Cuando amplios sectores de la clase trabajadora perciben que pierden seguridad, derechos y expectativas de futuro y no encuentran una respuesta colectiva capaz de defender sus intereses, la extrema derecha puede ocupar ese vacío. Convierte problemas materiales en guerras culturales, sustituye la lucha contra quienes concentran el poder económico por la hostilidad hacia migrantes y minorías y presenta el nacionalismo como respuesta a una inseguridad que tiene causas sociales y económicas concretas.

Eso es lo que debemos entender ante el avance de la ultraderecha en Sajonia y en otras partes del este alemán: el problema no es que exista un supuesto «voto irracional» de una población atrasada, sino que existe un malestar real que está siendo políticamente capturado por la derecha reaccionaria. Y esa captura no es inevitable. Es, también, el resultado del fracaso de una izquierda que ha dejado de disputar el sentido del descontento desde una perspectiva de clase.

La primera batalla, por tanto, no es únicamente electoral: es decidir quién organiza el malestar y hacia dónde lo dirige. Si la izquierda no ofrece una salida colectiva a la inseguridad social, alguien más lo hará.

2. El Holocausto: qué significa realmente recordar

Alemania no solo fue el escenario del ascenso del nazismo. El Estado alemán perpetró el Holocausto contra el pueblo judío y otros crímenes de una dimensión histórica incomparable. De ahí nació una responsabilidad histórica que debería constituir uno de los fundamentos de la cultura política alemana contemporánea.

Pero esa responsabilidad solo tiene sentido si se traduce en un principio universal. Recordar el Holocausto no debería significar únicamente recordar quiénes fueron las víctimas del pasado, sino asumir que ninguna población puede ser deshumanizada o sometida a una violencia sistemática.

Este es el segundo problema: la memoria histórica no puede convertirse en una ceremonia nacional desprovista de consecuencias políticas. Si «nunca más» significa algo, debe significar «nunca más para nadie».

3. Palestina: cuando la memoria se vuelve selectiva

Y aquí aparece la contradicción fundamental. La clase política alemana reivindica su responsabilidad histórica con el pueblo judío y, al mismo tiempo, mantiene un apoyo político y militar extraordinariamente firme al Estado de Israel de Benjamín Netanyahu mientras el pueblo palestino sufre una devastación que numerosos organismos internacionales y expertos han denunciado como genocidio.

No se trata de establecer una equivalencia entre el Holocausto y la situación actual, ni de utilizar la memoria del nazismo para relativizar sus crímenes. Se trata precisamente de lo contrario: de tomarse en serio las lecciones universales que deberían desprenderse de aquella experiencia.

La cuestión es, por tanto, política: ¿puede una responsabilidad histórica justificar una política exterior que deje de aplicar a otros pueblos los mismos principios que se proclaman universales? Si la respuesta es sí, entonces el «nunca más» deja de ser un principio ético y se convierte en una excepción reservada a determinadas víctimas.

No nos llamemos a engaño: esto tampoco es un problema exclusivamente alemán. Forma parte de una contradicción europea más amplia. Mientras el capitalismo necesita chivos expiatorios internos —migrantes, minorías y sectores empobrecidos de la clase trabajadora—, los gobiernos europeos sostienen alianzas estratégicas que les llevan a tolerar o respaldar graves violaciones de derechos humanos fuera de sus fronteras.

Son dos caras de una misma incapacidad política, aunque no sean el mismo fenómeno: incapacidad para ofrecer una alternativa social al malestar dentro de Europa e incapacidad para aplicar principios universales cuando chocan con intereses geopolíticos.

La lección para nosotros, camaradas, es clara: el antifascismo debe ser social, la memoria debe ser universal y el internacionalismo debe ser coherente. No basta con condenar el fascismo del pasado mientras se abandonan las condiciones materiales que permiten que vuelva a crecer; no basta con conmemorar a sus víctimas mientras se relativiza el sufrimiento de otras; y no basta con proclamar un «nunca más» si ese principio depende de quién sea la víctima.

La memoria histórica solo sirve si nos obliga a actuar cuando la barbarie vuelve a aparecer, independientemente de quién la cometa y de quién la sufra.

Quien calla ante Gaza no puede erigirse en garante de ningún «nunca más».

 

¡Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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