La Revolución de Octubre: cuando la clase trabajadora tomó el cielo por asalto

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La Revolución de Octubre: cuando la clase trabajadora tomó el cielo por asalto

Camaradas:

Octubre de 1917 no fue una fecha más en el calendario de la historia: fue el momento en que, por primera vez, la clase trabajadora demostró con hechos —no con promesas electorales ni con reformas graduales que nunca llegan— que era capaz de tomar el poder y sostenerlo. Los bolcheviques, encabezados por Lenin, no inventaron el descontento del proletariado ruso, ni el hambre de los campesinos, ni el hastío de los soldados en las trincheras de una guerra que no era la suya. Lo que hicieron fue algo distinto y decisivo: darle dirección, organización y un partido capaz de convertir ese descontento en poder soviético.

El fundamento teórico convertido en poder real

Lenin entendió lo que la socialdemocracia europea de su tiempo —y buena parte de la actual, hay que decirlo— se negaba a entender: que el Estado burgués no se reforma desde dentro, sino que se sustituye. El Estado y la Revolución, escrito en vísperas de la insurrección, no es un ejercicio académico: es el manual de quien sabe que la burguesía nunca entrega el poder por las urnas si estas amenazan sus intereses de clase.

Los sóviets de obreros, soldados y campesinos fueron la forma concreta que tomó el poder popular cuando dejó de pedir permiso, y el Decreto sobre la Tierra y el Decreto sobre la Paz demostraron, en cuestión de horas, que un gobierno de trabajadores podía actuar con más rapidez y justicia que siglos de zarismo.

Stalin y la construcción de una potencia obrera.

Aquí toca hablar con orgullo, sin complejos, de lo que significó Stalin al frente de la construcción del socialismo en un solo país rodeado de enemigos. La URSS, en apenas una década y media, pasó de ser un país agrario devastado por la guerra civil y la intervención de catorce ejércitos extranjeros a convertirse en la potencia industrial que, en 1945, derrotó al nazismo y salvó a Europa entera de la barbarie fascista, pagando el precio de 27 millones de vidas, mientras las potencias occidentales calculaban los tiempos para desembarcar en Normandía.

Eso no lo hizo el mercado ni la «mano invisible»: lo hicieron la planificación centralizada, la industrialización acelerada y una clase obrera que, por primera vez en la historia, entendió que estaba construyendo un país que le pertenecía a ella y no a un zar ni a un puñado de terratenientes.

Bajo la dirección soviética, en apenas dos generaciones, un país de campesinos analfabetos se convirtió en la primera potencia en poner un satélite y un ser humano en el espacio, erradicó el analfabetismo, garantizó vivienda, sanidad y educación universales y acabó con el desempleo estructural que hoy vuelve a asolar a la clase trabajadora europea. Eso también es legado de Octubre, y no hay operación de propaganda anticomunista que pueda borrarlo.

El miedo de la burguesía como motor de las conquistas obreras en Occidente.

Y aquí llegamos a lo que casi nunca se cuenta en los libros de historia oficial: los derechos sociales que hoy disfruta —o disfrutaba— la clase trabajadora occidental no nacieron de la generosidad del capital; nacieron del temor de las oligarquías a que la revolución bolchevique se expandiera como un incendio por toda Europa.

La jornada de ocho horas, los seguros sociales, las pensiones públicas, el derecho de huelga y la sanidad pública: todo eso se lo arrancó la clase obrera occidental a una burguesía que, mirando hacia Moscú, prefirió ceder migajas de reforma antes que arriesgarse a perderlo todo como los zares.

No fue casualidad que el Estado del bienestar europeo se construyera precisamente durante las décadas en que la URSS existía como alternativa real y visible al capitalismo. Cuando el bloque soviético cayó en 1991, el capital dejó de tener miedo, y tampoco es casualidad que, desde entonces, se hayan desmantelado uno a uno esos derechos: sin la amenaza roja al otro lado del muro, la oligarquía dejó de necesitar comprar la paz social.

La contradicción geopolítica que seguimos pagando.

La Guerra Fría no terminó en 1991: cambió de forma. El mismo bloque atlantista que financió a los enemigos de la Revolución en 1918 —Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Japón, hasta catorce ejércitos extranjeros invadiendo suelo ruso— es hoy el que rodea a Rusia de bases de la OTAN, el que empuja la guerra en Ucrania como ensayo de contención geopolítica y el que financia think tanks para reescribir el siglo XX como una simple lucha del «mundo libre» contra el «totalitarismo».

La revolución rusa sigue incomodando, un siglo después, precisamente porque demostró que otro mundo fue —y es— posible, y porque su sola existencia obligó al capital a repartir parte de lo que nunca habría repartido por voluntad propia.

Camaradas, defender el legado de Octubre no es nostalgia: es memoria de clase. Es recordar que la clase trabajadora no está condenada a pedir migajas, que tiene capacidad organizativa cuando se dota de dirección política revolucionaria y que cada conquista que hoy damos por supuesta nació regada con la sangre de quienes, como los bolcheviques de 1917 y los constructores de la URSS bajo Lenin y Stalin, se atrevieron a pensar que el poder no era patrimonio eterno de quien lo detentaba.

 

Até á vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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