El horizonte negro: cómo la socialdemocracia abrió las puertas a la ultraderecha
Vivimos un tiempo en el que la ultraderecha, el racismo y el neofascismo vuelven a crecer sin tener un solo argumento sólido que ofrecer. No lo necesitan: les basta con nutrirse de bulos, de mentiras repetidas hasta la saciedad y de la ignorancia de una sociedad cansada, frustrada y sin memoria. Pero ese crecimiento no ha caído del cielo. Tiene responsables, y hay que nombrarlos.
La socialdemocracia como bastón del sistema.
Llevamos años con gobiernos de socialdemocracia, como el actual, por mucho que dentro convivan con ese engendro llamado Sumar, creado precisamente para servir de muleta al Partido Socialista. Sumar no tiene nada de izquierda anticapitalista ni antisistema: está al servicio de los sindicatos mayoritarios —a su vez sometidos al sistema y a la patronal— y al servicio del PSOE, partido que forma parte del régimen desde 1978. Dicho esto, la derecha también ha gobernado y también es culpable de a dónde hemos llegado. Más aún: no es solo culpable, forma parte de su estrategia llevarnos hasta aquí, a una sociedad enfrentada, donde se siembra el odio para cosechar división, una sociedad clásicamente prebélica donde ya casi no se escucha más que insulto y llamamiento a la violencia.
De dónde nace VOX.
Hay que recordarlo siempre: VOX es un partido de ultraderecha nacido del Partido Popular. Santiago Abascal es un delfín del PP, que vivió toda su vida de los chiringuitos que le fueron montando dentro de ese partido. Si consiguió no cotizar jamás en su vida fue gracias a su carrera política dentro del PP. De ahí nace VOX. Y el PP nace de Alianza Popular, y Alianza Popular nació de franquistas que de un día para otro se volvieron demócratas, como por arte de magia.
Las traiciones de la socialdemocracia.
Ante esta realidad, la socialdemocracia, con sus acciones y sus omisiones, fue abriendo la puerta al fascismo. Olvidó trabajar la memoria histórica, por lo que la juventud de hoy no tiene ni idea de lo que fue el franquismo, y algunos hasta dicen añorarlo. No solo lo olvidó: no tuvo el valor ni la decencia de poner todo su esfuerzo en recuperar esa memoria y los cadáveres de miles y miles de asesinados que siguen enterrados en fosas comunes y cunetas por todo el Estado español. También se olvidó de representar a la clase trabajadora. Tuvo tanta culpa como el PP en la privatización de servicios básicos, en las reconversiones que llevaron a la industria al desastre, en la degradación del empleo. No es lo mismo una cosa que la otra, es cierto, pero para los que están más abajo las consecuencias son muy parecidas. Como dice el refrán, de perros flacos, todas son pulgas: cuanto más pobre eres, cuanto más débil estás, no esperes que ni con unos ni con otros el Estado te defienda. Te va a aplastar.
El escudo social que no existe.
Dicen que hay ayudas: mentira, apenas existen ni para los propios españoles. Dicen que hay un escudo social: tampoco es verdad. El que se queda excluido, el que enferma, el que pierde su trabajo con más de cincuenta años, está jodido. Pasa de ser un trabajador que llega con dificultades a fin de mes, a la pobreza, y de ahí, sin remisión, a la miseria. Y ante esto no ha hecho nada nadie. Cuando alguien llama pidiendo ayuda, quien contesta es una grabación o una inteligencia artificial sin corazón y sin entendimiento.
VOX, un paso más allá.
Lo de VOX ya es otro nivel. Piden el despido libre en un país con el paro que tiene el Estado español; piden que no haya indemnización, dejando aún más indefensos a los trabajadores, y eso que la propia Unión Europea ya le ha llamado la atención a este gobierno supuestamente progresista por lo barato que resulta despedir aquí. Pues incluso ese despido les parece poco a VOX. Quieren que el trabajador no tenga ningún derecho y se le pueda dar la patada sin nada a cambio por sus años de trabajo, por la salud perdida. Pretenden privatizar sanidad y educación, convertirlo todo en negocio. Cualquier trabajador dispuesto a votar esto contra sus propios intereses es, como mínimo, víctima de una ignorancia de la que también son culpables los que vendieron humo, los que anunciaron ayudas que la letra pequeña convertía en papel mojado para una minoría aplastante.
Ni oportunistas ni cafés revolucionarios.
Necesitamos reconstruir una verdadera izquierda. Y cuando hablo de izquierda no hablo de los oportunistas, esos inventos montados para colocar a quienes se quedaron fuera de otros partidos, ni de quienes toman café planeando la toma del Palacio de Invierno con una autoridad moral que nace de su propia autoestima engordada, pero sin la menor intención de trabajar entre la clase obrera a la que en el fondo desprecian. Ni unos ni otros son la solución.
La única salida: conciencia de clase.
La solución está en que la clase trabajadora recupere su conciencia de clase, tome las riendas de su propio destino y entienda que nadie más que ella misma va a defender sus intereses. Ni la clase empresarial, ni la derecha, ni la ultraderecha, pero tampoco esta pequeña burguesía, este mesianismo ilustrado de la socialdemocracia. Dejemos de creer que la gente no quiere ser libre, que solo quiere un amo más justo, y perdamos el miedo a dirigir nosotros mismos nuestro destino. Es difícil, sí. Si no lo fuera, ya lo habríamos conseguido. El sistema está montado para que los trabajadores no participen en política: no hay tiempo, no hay condiciones, no hay ese derecho real que sí tiene quien dispone de dinero y de tiempo libre. El sistema está pensado para que solo votemos cada cuatro años y deleguemos en gente, sinceramente, mucho peor que nosotros. O rompemos con eso, o el futuro es muy negro. El futuro se parece demasiado a repetir la historia, y el pueblo que repite su historia es porque no la conoce. Y de verdad, no la conocemos.
Nuestro horizonte negro.
Nuestro presente es complicadísimo, pero si no hacemos algo, el futuro de los que vienen detrás será un verdadero infierno. Ellos tendrán que sudar, sangrar y llorar por lo que hoy perdimos sin luchar. Tendrán que pelear porque hoy no lo hicimos, porque permitimos que nos robaran derechos que otros ganaron peleando. Una sociedad incapaz de dejar al siguiente un mundo mejor es una sociedad de fracasados. Y eso es lo que estamos siendo: fracasados, cayendo en los mismos errores y en la misma barbarie en que ya cayeron otros no hace tanto tiempo.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

