LA INTERNACIONAL DE LA HIPOCRESÍA: LA ULTRADERECHA A UNO Y OTRO LADO DEL ATLÁNTICO
Camaradas:
La ultraderecha que hoy avanza en Europa occidental y en América no comparte solo un discurso: comparte un mismo método —la mentira convertida en programa político— y una misma biografía repetida en cada uno de sus líderes: la del privilegiado que exige sacrificios a los demás mientras se exime a sí mismo de cumplirlos. Alice Weidel, en Alemania; Santiago Abascal, en España; y Donald Trump, en Estados Unidos, son tres caras de un mismo fenómeno: la internacional reaccionaria que necesita mentir sobre sí misma para poder seguir mintiendo sobre el mundo.
Alemania: la lesbiana migrante que dirige el partido antiinmigración
Alice Weidel, diputada del Bundestag y líder de Alternative für Deutschland, es lesbiana y vive desde hace más de una década con su pareja, Sarah Bossard, productora audiovisual nacida en Sri Lanka, con quien cría a dos hijos. Dirige, sin embargo, un partido que combate el matrimonio igualitario y agita el pánico migratorio como eje central de su propaganda.
Reside en Suiza mientras se presenta a las elecciones alemanas reclamando una «Alemania para los alemanes» de la que ella misma es, en su vida cotidiana, la primera excepción. Y mientras la AfD no termina de saldar cuentas con el revisionismo sobre el nazismo, su líder se alinea sin fisuras con el Estado de Israel en la ofensiva sobre Gaza, denunciada como genocidio por organismos internacionales.
España: el patriota que se libró tres veces de servir a la patria.
Santiago Abascal se presenta con camisetas de la Legión y reclama recuperar el servicio militar obligatorio, pero encadenó tres prórrogas entre 1994 y 1999 —por bachillerato, por sus estudios en Deusto y por ser concejal del PP en Llodio— que le permitieron no pisar nunca un cuartel.
Ese mismo hombre, que jamás ha trabajado fuera del aparato del Estado y vive de la política desde los 23 años, acusa a los demás de vivir de chiringuitos públicos. Defiende la «familia tradicional» estando él mismo divorciado, exige mano dura contra los menores migrantes no acompañados y reserva su silencio para la banca y los grandes patrimonios.
Y aplaude sin condiciones a Donald Trump y a Benjamín Netanyahu, entregando la soberanía nacional que dice defender a cambio de una foto en Washington o en Tel Aviv.
Estados Unidos: el general de cartón que esquivó Vietnam.
Donald Trump, que hoy se fotografía revestido de medallas y honores militares que nunca ganó, evitó el reclutamiento para la guerra de Vietnam cinco veces: cuatro prórrogas por estudios y una quinta por un supuesto espolón óseo en el talón que, según testimonios documentados, fue una argucia pagada para librarlo del servicio.
El mismo hombre que ridiculizó el cautiverio del senador John McCain y que hoy exige a la clase trabajadora estadounidense sacrificio, disciplina y patriotismo pasó su juventud comprando exenciones que millones de jóvenes de origen humilde no pudieron permitirse.
La guerra fue, para los pobres, obligatoria; para el hijo del constructor Fred Trump, un trámite administrativo resuelto con dinero.
El mismo guion, repetido en cada país.
No es casualidad que estas tres biografías se parezcan tanto. La ultraderecha necesita líderes que prediquen sacrificio, disciplina, tradición y patria precisamente porque su función no es encarnar esos valores, sino utilizarlos para desviar la rabia legítima de los pueblos ante el saqueo del capital.
Se señala al migrante, al menor no acompañado, al colectivo LGTBI o a la mujer que aborta, mientras los propios dirigentes viven, sin excepción, al margen de las normas que imponen a los demás.
Es el mecanismo que sostiene a la AfD en Alemania, a VOX en España, al trumpismo en Estados Unidos y a proyectos similares en toda América Latina: una socialdemocracia que renunció a defender a la clase trabajadora dejó el terreno abonado para que la extrema derecha ocupara el descontento con mentiras.
Frente a esta internacional de la hipocresía organizada, la respuesta de los pueblos solo puede ser una: desenmascararla con hechos, con memoria histórica y con conciencia de clase, y construir alternativas que no necesiten mentir sobre su propia vida para movilizar a la gente.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

