Cinco mil dólares por su voto: la democracia estadounidense tocando fondo.
Donald Trump ha ofrecido públicamente, en plena precampaña de las elecciones de medio mandato, cinco mil dólares a cada ciudadano adulto estadounidense si su partido conserva el control del Congreso. Lo ha dicho sin rubor, ante miles de seguidores, en la convención republicana de Dallas: un «dividendo» que caería del cielo si los republicanos ganan. A esto no se le puede llamar de otra manera que tercermundismo político. Y cabe preguntarse hasta qué punto Estados Unidos puede seguir sosteniendo que es una democracia.
Comprar votos a plena luz del día.
En los países más atrasados, o más corruptos políticamente hablando, hemos oído hablar muchas veces de la compra de votos. En algunos lugares del llamado tercer mundo se hablaba de sacos de arroz a cambio de una papeleta. Incluso en el propio Estado español hemos conocido episodios de compra de votos en alguna ocasión puntual. Pero Trump ha ido más allá: ha convertido la compra directa del voto en el eje central de su campaña, en una de sus ocurrencias públicas para asegurarse la aprobación popular. Y lo hace, además, con el propio dinero de los norteamericanos, porque ese dinero saldría de las arcas públicas, del erario que pagan con sus impuestos los mismos ciudadanos a quienes ahora se pretende comprar.
El dinero que no está donde debería estar.
Ese dinero podría destinarse a una cobertura sanitaria universal, a una educación pública que llegase a todo el mundo, a acabar con la extrema pobreza que sufren millones de personas en el país más rico del planeta. Pero no: a Donald Trump se le ocurre que es mejor comprar el voto de la gente de manera directa y descarada. Difícilmente se puede caer más bajo políticamente. Difícilmente se puede hacer el ridículo de una forma más atroz. Y sin embargo ahí seguirá, al menos por ahora, hasta que pierda unas elecciones, mientras toma decisiones y pronuncia discursos que van completamente en contra de cualquier idea mínimamente decente de democracia.
Un patrón de comportamiento: el imperio sin máscara.
Este personaje, que hace poco difundía un mapa en el que toda Norteamérica —México y Canadá incluidos— aparecía como territorio estadounidense; que amenaza a un país distinto cada vez que se le pasa por la cabeza; que junto a Israel se dedica a desestabilizar naciones enteras; que sostiene a un Estado israelí que lleva a cabo un genocidio ante la mirada del mundo; que secuestró al presidente legítimo de Venezuela para poder secuestrar también su petróleo y su soberanía; que atacó Irán en plenas conversaciones de paz, sin previa declaración de guerra; ese mismo personaje se dedica ahora a comprar votos en su propio país con el dinero de su propio pueblo.
Perder es hacer trampa: el llamamiento a la violencia.
Y no contento con ofrecer dinero a cambio de apoyo electoral, ya avisa de que si no gana será porque los demócratas han hecho trampas. Es, otra vez, el llamamiento a la guerra civil, al enfrentamiento dentro de los propios Estados Unidos, sin que le importe lo más mínimo que esto pueda terminar por destruir a su país, con tal de mantenerse en el poder. Es un nuevo aviso de que, si pierde en las urnas, buscará ganar en la calle, a golpe de violencia y de mentira organizada.
Estados Unidos ya no puede venderse como ejemplo de nada, y mucho menos como ejemplo de democracia. Trump se ha encargado de dejarlo meridianamente claro: no son ya una democracia ejemplarizante, ni siquiera homologable. Este es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el nuevo Nerón de nuestra era, dispuesto a incendiar su propio país con tal de no bajarse del trono.
André Abeledo Fernández

