Al mono que acapara plátanos, los humanos lo llamamos multimillonario

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Al mono que acapara plátanos, los humanos lo llamamos multimillonario

El capitalismo bueno no existe.

Llevamos décadas oyendo que hay un capitalismo bueno, uno que «crea riqueza» y la reparte por goteo. La realidad lo ha desmentido una y otra vez: la riqueza se concentra, las desigualdades crecen y quienes dicen crearla, en realidad, la acaparan, como urracas que roban todo lo que brilla. Ni la crean ni la reparten. La riqueza la crea quien trabaja; la acumula quien manda.

Keynes se equivocó en lo único que importaba.

Keynes, nada sospechoso de bolchevique, previó que, hacia 2030, el desarrollo económico nos permitiría trabajar mucho menos y dedicar más tiempo a la cultura, al ocio y a la vida. El problema, decía, ya no sería producir lo suficiente, sino distribuir la riqueza y el tiempo libre.

Se cumplió la primera parte: producimos más que nunca. La segunda nunca llegó. Después de dieciocho años trabajando en el comercio, puedo asegurarlo: la productividad ha subido, pero no se ha traducido en menos horas para quienes trabajan, sino en más beneficios para quienes poseen. Porque la jornada no la decide la tecnología, sino la distribución de la riqueza, las decisiones empresariales y las políticas laborales. Es decir, la correlación de fuerzas entre clases.

El mono que acapara.

Si un mono acumulase más plátanos de los que puede comer mientras el resto de la manada pasa hambre, lo estudiaríamos como una rareza del comportamiento animal. Pero cuando un ser humano amasa una fortuna que no podría gastar ni en mil vidas, lo llamamos multimillonario, lo admiramos y hasta lo convertimos en un referente social.

Hemos normalizado la acumulación ilimitada en un mundo donde millones de personas carecen de lo más básico. Hemos confundido el éxito económico con el valor humano y la riqueza con el mérito. Y mientras discutimos quién merece más plátanos, nadie pregunta por qué unos tienen tantos que jamás podrán comérselos y otros no tienen ninguno.

La paradoja del trabajador que aplaude al amo.

Lo verdaderamente paradójico es que haya trabajadores que admiren a quienes se enriquecen con su esfuerzo, defiendan sus privilegios y justifiquen un sistema que los condena a la precariedad. La estupidez, decía la frase atribuida a Einstein, es infinita, aunque del universo no estaba seguro. Los fachapobres son la prueba viviente: incapaces de entender lo que ocurre a su alrededor, votan a sus enemigos de clase, y esa falta de conciencia los hace fácilmente manipulables y controlables por el poder.

Cuando un trabajador vota al mismo partido que el dueño de la empresa, por lo general, es el trabajador quien se equivoca y tira piedras sobre su propio tejado.

Quizá el problema no sean los plátanos.

Quizá el problema no sea que existan personas con muchos plátanos, sino que hayamos construido una sociedad donde acumularlos sin límite se considera una virtud y cuestionar esa acumulación se presenta como una amenaza. Esa inversión de valores no es natural: es ideología, y se combate con conciencia de clase, organización y lucha.

La verdadera medida del progreso de una sociedad no es cuánto puede acumular una persona, sino cómo vive el conjunto de quienes la hacen posible.

Hasta que eso se entienda en los tajos, en las cajas, en los almacenes y en las urnas, seguiremos alimentando monos ajenos.

 

¡Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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