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Obama nunca fue negro

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Desde que la compleja maquinaria electoral USA decidiera validar su candidatura para otorgarle el más alto pedestal representativo, Barack Obama se convirtió en “el primer presidente negro de Estados Unidos”. Así lo cantaron de modo oficial todos los medios de comunicación sin excepción alguna. Su aspecto exterior parecía ajustarse a lo que se difundía a bombo y platillo y a diestra y siniestra.

Pero Obama es mulato, es decir hijo de madre blanca y padre negro. Mestizo se reserva para vástagos de padres indios y madres blancas o viceversa. O sea, rizando el rizo, Obama es tan negro como blanco. Cuestión baladí, por supuesto. La mezcla, lo híbrido, el mestizaje, no venden bien, es impuro. O eres A o eres B. No existen opciones intermedias en la lógica maniqueísta. Antes puro, que manchado. Mulato o mestizo suena a zafio, a lumpen arrabalero.

En efecto, estamos ante una fruslería biológica, un detalle sin importancia, que se utiliza por las elites estadounidenses para un fin muy concreto: elevar la categoría de la democracia USA hasta los altares olímpicos de la suprema verdad al permitir que ¡un negro! se haya aupado a la máxima magistratura política del país. El paso siguiente sería que una mujer sustituyera a Obama. El círculo perfecto de la democracia yanqui quedaría bordado en letras de oro.

Sin embargo, en el sistema institucional de EE.UU., antes que nadie, vota el dinero de las multinacionales y de los poderes financieros. En esa primera criba legal se aparta “democráticamente” a los partidos y aspirantes de izquierda que puedan poner en cuestión las columnas vertebrales del régimen USA. Una vez superada esta fase con éxito para el establishment, comienza la etapa de competición salvaje y espectacular entre los líderes aceptados por los grandes electores, o sea, Wall Street y las principales corporaciones económicas e industriales, los verdaderos amos de la tan alabada democracia made in USA.

Los candidatos en liza con salvoconducto del sistema se atizan de lo lindo en la cancha mediática para ofrecer sangre dialéctica y controversia deportiva al populacho, que luego vota a uno de los dos contendientes mayoritarios avalados por los poderes fácticos.

Obama tuvo que transitar un largo y arduo camino, pasando por senador, hasta conseguir el plácet de los mandamases en la sombra. Por tanto, su excelsa negritud no es más que un aditamento superficial y publicitario para engatusar a las masas pobres y a las clases media y trabajadora y dirigir, por ende, su sufragio hacia una alternativa que sirviera para poner punto final al neoliberalismo ramplón y militarista de los Bush y compañía.

El actual presidente USA es “negro” porque así lo quisieron las elites con el propósito de endulzar los rigores del capitalismo globalizado de las últimas décadas. Es “negro” porque transmite la ilusión de que los negros de abajo, los hispanos y las minorías asiáticas y europeas están mejor representados en su “negritud” idealizada. Pero, Barack Obama ha sido “blanco” a todos los efectos para las clases altas. Salvo algunos retazos progresistas de poco recorrido (la reforma sanitaria quedó en insulsa y casi incolora y solo la apertura de relaciones diplomáticas con Cuba podría figurar en su haber como credencial positiva), todo sigue igual en Washington: como diría un activista del 15M, el 99 por ciento trabajando en precario o en el paro y el 1 por ciento haciendo caja o colocando sus beneficios ilegítimos en exóticos paraísos fiscales.

USA sigue pegándose con todo el mundo para salvar los muebles de su imperio en decadencia, a la espera de ver qué pasa en las décadas venideras: la CIA actuando a tope, la US Army atizando guerras interminables en África y el Medio Oriente y a través de la OTAN creando un futuro conflicto en Europa al militarizar peligrosamente la frontera con Rusia. Obama no será más que un bello paréntesis en la democracia USA. Ahora, quizá, le toca el turno a una mujer, una mujer avalada por los lobbys de la oligarquía financiera y por los próceres militares y políticos del sistema político yanqui.

Y, si eso llegara a ocurrir, los titulares de los medios de comunicación internacionales lo vocearían como una novedad absoluta y como un acontecimiento revolucionario de primera magnitud. Un negro y después una mujer, el no va más de la democracia capitalista. Wall Street se frotaría las manos de plena satisfacción y Hollywood tendría carnaza fresca para nuevos relatos y guiones con que adormecer al mundo entero. Y, las gentes de abajo, se embelesarían con tanto fasto y belleza inusitada.

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