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Comunismo, ecologismo y otros relatos de terror

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Juan Manuel Olarieta

Hace unos días Pedro Núñez escribía un artículo tópico titulado “Ecologismo y comunismo” (1) sobre asuntos de los que no tiene ni la más remota noción, limitándose a repetir frases, a cada cual más manoseada. No hubiera merecido la pena mencionarlo de no ser porque alude al Mar de Aral como ejemplo de la agresión catastrófica de los comunistas a un ecosistema.

El Mar de Aral es un extraordinario ejemplo de muchas cuestiones concernientes a la ecología que se olvidan muy frecuentemente cuando se habla de “conservar” la naturaleza tal cual está en la actualidad, de manera que cualquier intervención humana sobre ella se califica negativamente como “destrucción”.

Lo que Núñez quiere poner de manifiesto es que esa “intervención humana” que perjudica a la naturaleza es, además, independiente del modo de producción, es decir, que también los países socialistas destruyeron la naturaleza, tanto o más que los capitalistas, una idea bastante extendida entre ciertos círculos seudoprogres.

La mayor parte de las veces, por no decir siempre, cuando se escribe sobre ecología de lo que se escribe, en realidad, es de terror, de alguna catástrofe: de la desertificación del mundo, de la extinción de las especies, de la lluvia ácida y otras calamidades sin par. La práctica desaparición del Mar de Aral, responsabilidad de la URSS, sería una de esas catástrofes ecológicas sobre la que habitualmente se cargan las tintas a gusto del plumífero de turno, del estilo de Núñez, para concluir que es uno los mayores ejemplos de catástrofe ecológica del siglo XX.

Cuando se habla de ecología, lo primero y lo más importante que hay que tener en cuenta es lo que hace 200 años se llamaba “historia natural”, es decir, que la naturaleza no es una foto fija sino que también tiene su historia, que cambia y evoluciona. Hoy hay desiertos donde antes había mares, y al revés. El de Aral es un ejemplo de ello: ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia… y de la prehistoria. Por lo tanto, lo que está ocurriendo hoy ya ocurrió antes, incluso cuando no existía ni la palabra “comunismo”.

En 2001 los arqueólogos descubrieron en el fondo seco del Mar el mausoleo de Kerderi y los vestigios de la ciudad de Aral-Asar, que ya disponía de un primitivo sistema de irrigación. Durante las excavaciones aparecieron numerosos objetos, tales como vasijas de cerámica, fragmentos de utensilios de hierro y de bronce, así como muelas de molino.

La conclusión es evidente: el Mar de Aral ya se secó en la Antigüedad, cuando el único comunismo era el comunismo primitivo, prehistórico. Se sabe, además, que el Mar de Aral es como un bañera, que se ha llenado y vaciado repetidamente, desde que apareció por vez primera. Un estudio realizado con carbono-14, fija su fecha de nacimiento hace 20.000 años, cuando nadie hablaba de comunismo.

El año pasado Lena Jassanova publicó un magnífico artículo en “Living Asia” sobre el Mar de Aral (2) en el que rastrea los mapas y las descripciones que fueron dejando los viajeros y exploradores, desde los tiempos del enciclopedista árabe Masidi en el siglo X, hasta que los relatos desaparecen porque el Mar también desapareció después, o al menos porque su extensión se redujo notablemente.

Los hallazgos arqueológicos demuestran que entre los siglos XI y XIV el fondo marino estuvo habitado gracias al retroceso de las orillas, un movimiento en el que la velocidad era variable, pero podía llegar hasta varios metros anuales.

En 1669 el Mar reaparece en el Atlas de Siberia de Semyon Remezov, la primera obra geográfica rusa que, por cierto, se basaba en testigos y referencias de los vecinos del lugar.

La primera cartografía sistemática del Mar la emprendió el capitán Alexei Butakov a mediados del siglo XIX, una tarea en la que invirtió dos años, lo que da idea de la inmensidad que alcanzaba entonces, hasta el punto de que llegó a estar considerado como el cuarto lago más grande del planeta.

A finales de los años setenta del pasado siglo, ningún científico, ni siquiera los soviéticos, fueron capaces de pronosticar que el Mar se estuviera secando. En aquella época sólo retrocedía unos pocos centímetros al año y en la URSS creyeron que el fenómeno era reversible. Al cabo de un tiempo, el Aral recuperaría su nivel anterior de agua.

Sin embargo, en la década siguiente en algunas zonas el retroceso de la orilla llegó a ser de varios kilómetros anuales y entonces los científicos soviéticos empezaron a pensar que el retroceso de las orillas era irreversible, aunque las causas eran un misterio. Una de ellas apuntaba a las obras de irrigación que se habían emprendido en las orillas de los ríos Amu Daria y Syr Daria que desembocan en el lago.

Ahora sólo se habla de esa tesis como única causa del “desastre” ecológico, pero las primeras obras de irrigación son muy anteriores a la época soviética, sin que se apreciara un descenso del nivel de las aguas.

El fenómeno no es tan sencillo de explicar, como indican los relatos anticomunistas y los de terror ambiental. El Amu Daria es un río que ha cambiado de cauce a lo largo de su “historia natural”. Antiguamente desembocaba en el Mar Caspio, mientras que ahora sus aguas contribuyen al Mar de Aral.

En la región las temperaturas son tan elevadas que la mayor parte del caudal de ambos ríos no llega nunca al Mar de Aral, es decir, no a causa de la irrigación.

Con la desaparición de la URSS y el cambio de siglo, la situación del lago, que empezó a estar bajo la soberanía de Kazajistán y Uzbekistán, no mejoró porque el ecosistema no dependía del comunismo ni de las nuevas fronteras que se dibujaron en Asia central tras su desaparición.

Con la caída de la URSS cambio también la manera de escribir, incluso la manera de escribir sobre “ciencia” porque lo que antes era “culpa” del comunismo no se convirtió después en “culpa” del capitalismo sino del “ser humano” (de la industria, de la modernidad, del desarrollismo, etc.).

Para la burguesía lo importante no son las personas sino el ambiente. La URSS hizo mal poniendo a las personas por encima de la naturaleza, irrigando los campos de algodón más prósperos de Asia central para que los campesinos tuvieran mejores condiciones de vida. En realidad, los relatos sobre la URSS, lo mismo que los ecologistas, son otra colección de desastres. Allá todo lo hizo mal y este caso no iba a ser una excepción. El espectacular desarrollo económico soviético, único en la historia, lo presentan como la entrada del elefante en la cacharrería. Estropeó el paisaje con el humo y la contaminación.

El traslado de “la culpa” de la URSS al “ser humano” tenía una ventaja: en ella estaba la solución a la catástrofe. Si “el ser humano” había creado un problema, también le podía poner remedio. El “ser humano” estaba obligado a corregir sus errores pasados (el comunismo) porque prefiere el capitalismo, como prefiere los mares a los desiertos. Es una elección propia de la cultura dominante. Aunque un tuareg optara por el desierto, en Asia central no había elección posible porque no hay ningún organismo internacional ni ninguna subvención -más o menos suculenta- para fomentar la expansión de los desiertos en el mundo.

Hay que erradicar los desiertos lo mismo que el comunismo. Se trata, pues, de volver la “historia natural” del revés: si el Mar se seca hay que volverlo a llenar de agua, por lo que en 2005 levantaron el dique de Kokoral, que subió el nivel de las aguas 42 metros en lo que se llama “el pequeño Aral”, en Kazajistán, creando una especie de pantano gigantesco, e incluso una piscifactoría en la que los vecinos pueden volver a pescar.

No importa que los pantanos no formen parte de la naturaleza y que sean tan artificiales, tan obra del “ser humano” como los “desastres ambientales”. Siempre son preferibles al desierto, lo mismo que los jardines. Definitivamente el éxtasis verde se ha instalado en la cultura dominante del “ser humano”, incluso en la política.

(1) http://andaquepaque.blogspot.com.es/2017/01/ecologismo-y-comunismo.html
(2) http://livingasia.online/2016/11/02/aral_live/

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