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Intervención de los CJC en el XIII MECYO celebrado en Turquía en Febrero de 2017 “Seminario sobre el 100 aniversario de la Revolución de Octubre”.

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Estimados camaradas.

En primer lugar, en nombre de la dirección de los Colectivos de Jóvenes Comunistas nos gustaría agradecer a la TKG por la organización de este Encuentro Europeo de Organizaciones Juveniles Comunistas. Para los comunistas de nuestro país este tipo de encuentros son fundamentales a la hora de compartir experiencias y vivencias de los jóvenes de toda Europa. Los CJC agradecemos especialmente la hospitalidad de la Juventud Comunista de Turquía en una situación tan compleja como la de Turquía tras el intento de golpe de Estado en julio, y vemos con esperanza e ilusión los avances que la TKG y el TKP tienen en su país. Asimismo, saludamos el gran mitin de los comunistas turcos que ha servido para dar a conocer mundialmente la recuperación el nombre histórico del partido independiente de la clase obrera en su país, el TKP.

El 7 de noviembre de 1917 tuvo lugar en Rusia un acontecimiento que cambió el mundo. Viendo ahora, con perspectiva temporal, la enorme dificultad que entrañaba la conquista, el mantenimiento y la consolidación del poder político por parte de la clase obrera, podemos dar un mayor significado a la idea de que esa fecha abrió una nueva etapa en la historia de la humanidad.

Y es que, en efecto, el 7 de noviembre de 1917 Rusia abrió la etapa de transición del capitalismo al socialismo. Con las bases materiales ya más que sentadas para el cambio, se demostró en la práctica que los trabajadores eran capaces no sólo de conquistar el poder -pues algo parecido había ya pasado de manera efímera en la Comuna de París-, sino de retenerlo y utilizarlo en beneficio de la mayoría de la sociedad.

A día de hoy las contradicciones del capitalismo están más agudizadas que nunca. De hecho, la crisis que estalló en 2007 y que sigue dando coletazos a día de hoy, es la mayor que ha vivido nunca el sistema y constituye por sí sola un claro síntoma del agotamiento del actual modo de producción.

Por ello, las tareas que se planteaban los revolucionarios rusos en 1917 no sólo siguen vigentes, sino que son hoy más necesarias que nunca. En este sentido, y aprovechando el centenario de aquel acontecimiento, los comunistas debemos examinar las condiciones que hicieron posible la toma del poder, las ventajas que supuso para la mayoría de sociedad esa toma y qué retos tuvieron que afrontar los trabajadores tras la revolución.

Debemos reconocer que llegar a octubre de 1917 fue una tarea difícil. Y el desarrollo de ese proceso revolucionario demostró muchas cosas de total vigencia en la actualidad.

En primer lugar, se demostró que el movimiento obrero y popular está fuertemente encorsetado cuando se queda indefinidamente en la lucha exclusivamente económica.

Las proclamas de quienes, a principios del siglo XX, defendían un cambio de paradigma en la sociedad a través de las pequeñas conquistas quedaron en absoluto ridículo cuando el movimiento obrero ruso se estrelló contra el muro del zarismo en diciembre de 1905. Los trabajadores, en vez de transformar en un arma revolucionaria la organización que habían estado tejiendo desde finales del siglo XIX, salieron entonces a la calle para pedir al gobernante mejoras en su calidad de vida. La masacre sangrienta que acompañó la protesta fue una valiosa lección para toda la clase trabajadora.

Es muy interesante constatar cómo todavía a día de hoy los partidos oportunistas de los países capitalistas europeos juegan ese papel de tratar de convencer a la clase obrera de que su solución está en el marco del sistema. El mismo sistema económico que les obliga a sufrir crisis periódicas, protegido por un engranaje estatal que ha sido construido pieza a pieza por y para la burguesía.

Más adelante también aprendieron los obreros de Rusia, y con ellos los del resto del mundo, las profundas raíces clasistas de la guerra imperialista. Entre 1914 y 1918, millones de trabajadores murieron por los beneficios de los capitalistas. Y ante la enorme montaña de cadáveres que amontonó el capitalismo, sólo se levantó la voz de los bolcheviques y el movimiento revolucionario ruso (junto con el resto de fuerzas revolucionarias que rompieron con la II Internacional), que triunfó en octubre y sacó al país de la guerra en 1917, entre proclamas y quejas del reformismo. Acabada la guerra, la miseria pasó a ser definitivamente el pan de cada día para el pueblo Alemán y el del resto de los países vencidos, pero también de las naciones vencedoras mientras los monopolios llenaban sus arcas. La práctica demostraba que en la guerra imperialista la posición acertada es la del fortalecimiento del movimiento obrero revolucionario y de su posición independiente de las fuerzas burguesas.

No cabe duda que de ahí podemos sacar importantes enseñanzas que nos ayudan a guiar nuestra práctica hoy que las fricciones entre potencias imperialistas se agudizan y surgen en el movimiento obrero algunas posiciones que tienden a endulzar el carácter rapaz de alguno de los bandos.

En cualquier caso está claro que el triunfo de la revolución de octubre en 1917 no habría sido posible sin la progresiva clarificación ideológica que se fue produciendo en la línea de los bolcheviques a lo largo de los años. Ante las confusiones de los anarquistas, de los “trade-unionistas”, de quienes apoyaban la guerra imperialista primero y la eternización de la república burguesa muchos meses después de febrero de 1917, Lenin dijo claro que, excepto el poder, todo es ilusión.

Esa máxima describe la cuestión con meridiana claridad. Al final, más allá de las consignas de unos u otros, lo que deslinda el campo entre las posiciones revolucionarias y las oportunistas es la claridad del objetivo revolucionario, de tomar el poder y lo acertado de la estrategia para conseguirlo de manera efectiva, no sólo de palabra. Las posiciones tácticas vienen siempre supeditadas a este objetivo y a estrategia claras.

Así consiguieron los bolcheviques que empezase la construcción del socialismo soviético.

Pero conseguir el poder no lo era todo. La burguesía de Rusia, pero también de los países imperialistas, no estaba dispuesta a consentir el desafío que supone que los trabajadores ejerzan de manera efectiva del poder.

La guerra civil rusa que asoló el país hasta 1921 demostró de nuevo lo acertado de los planteamientos bolcheviques y el enorme potencial que tiene el movimiento obrero y popular cuando actúa a una.

Se demostró también que la fuerza del proletariado como clase social viene dada por su posición en el proceso productivo, no por factores numéricos. Esta es otra lección de vital importancia para nuestros países capitalistas desarrollados. La minoría relativa, en términos numéricos, del proletariado industrial frente a los trabajadores del sector servicios no es tan distinta de la que tenían los obreros rusos frente a la enorme masa de campesinos. Una y otra cuestión responden a momentos distintos del desarrollo histórico del capitalismo en el espacio europeo en concreto, pero no cambian la naturaleza del sistema ni, por lo tanto, tampoco los postulados del marxismo-leninismo respecto al carácter de la revolución socialista.

Mantener el poder soviético fue duro en Rusia. La guerra civil trajo millones de muertos más, que vinieron a sumarse a los que ya había dejado el imperialismo en la guerra que empezó en 1914. El proceso posterior de reconstrucción económica y de desarrollo, destacando en ese proceso el inicio de los planes quinquenales, demostró la superioridad del modo de producción socialista (basado fundamentalmente en el poder obrero y la planificación centralizada) y, sobretodo, el enorme beneficio que comporta para los intereses de los trabajadores.

La Unión Soviética consiguió hitos que en ese momento ningún país capitalista podía ofrecer. A pesar del atraso económico del país, ofreció a las masas obreras y populares conquistas sociales que todavía hoy nos parecen increíbles, tanto por la profundidad y extensión que tenían como por la rapidez con la que se implantaron.

No estamos hablando de poca cosa.

Hablamos del primer país del mundo en el que los obreros decidían qué se producía y para qué. País en el que cada obrero tenía derecho a intervenir de manera efectiva en la gestión del poder político y la obligación de tener un fusil para defenderlo.

Hablamos de una nación en la que el analfabetismo y la ignorancia religiosa dieron paso a la educación científica, por cierto gratuita a todos los niveles, y a la extensión vertiginosa de la cultura práctica gratuita y al acceso de todo el mundo en cada rincón del país. Bibliotecas, escuelas, imprentas, teatros o salas de cine pasaron a integrarse en el paisaje de todas las ciudades y pueblos de la Unión.

Hablamos de una sociedad en la que nadie perdía el empleo, nadie pasaba hambre, no existían la prostitución ni la drogadicción y cosas como el alcoholismo y otras dependencias (como al juego) se situaron en límites a los cuales ni ahora estamos acostumbrados.

Hablamos de desarrollos científicos e intelectuales que, a lo largo de las décadas, llegarían a superar el de casi cualquier nación capitalista y que aportarían a la humanidad un tesoro de incalculable valor.

Hablamos del intento más grande jamás intentando de reorganizar la industria y el campo, de poner la producción al servicio de todos, de ofrecer vivienda a cada familia y de convertir el deporte en algo popular y alejado del negocio, al mismo tiempo que se ofrecía un sistema de salud integral y preventiva al alcance de todos sin excepción.

Tampoco podríamos obviar el papel de la mujer en la nueva sociedad. Con la industrialización y socialización del trabajo doméstico (además de la implantación de leyes que garantizaban de forma efectiva la igualdad en los derechos políticos y laborales) se asentaron las bases lograr la emancipación de la mujer.

Hablamos de un país que paró el nazi-fascismo.

Si los millones de trabajadores, los campesinos y los estudiantes que dieron su vida en 1917-1921 contra el imperialismo hubiesen podido ver con perspectiva todo lo que los Soviets aportaron no sólo a Rusia, sino a todos los pueblos de la URSS y al mundo entero, sus pechos se habrían henchido inevitablemente de orgullo.

Claro está que para nosotros y nosotras, en definitiva todas aquellas personas que queremos cambiar el mundo en un sentido revolucionario, no nos basta con recordar la gloria de tiempos pasados. Por supuesto estamos orgullosos de todo lo que se consiguió y es nuestra obligación, como se decía al principio, aprender de la experiencia del camino recorrido.

En este sentido, consideramos central que las Juventudes Comunistas unifiquemos al conjunto de la juventud obrera y popular por demandes concretas, muchas de ellas garantizadas en el periodo de construcción socialista, con el fin de reagrupar al movimiento juvenil e incorporarlo a la alianza social que, encabezada por la clase obrera, derrocará el poder burgués e instaurará el nuevo poder obrero: la dictadura del proletariado.

Igualmente, reconocemos que en esta difícil tarea histórica, siempre se consiguieron mejores resultados favorables a la juventud trabajadora, cuando mayor fue la cooperación y el reagrupamiento del Movimiento Comunista Internacional tanto juvenil como “adulto”). Esta es la razón por la que los CJC consideremos espacios de discusión como el MECYO un punto de avance en la lucha de la clases de los jóvenes explotados por el capitalismo.

Son tiempos convulsos. El sistema está agonizando y la burguesía usa todos los recursos posibles para poner un dique al movimiento revolucionario. Todo tipo de confusiones se intoducen en el seno del movimiento obrero. Se cuestiona al sindicalismo, pero también al método de organización leninista, al Partido Comunista y de hecho incluso a la necesidad de que haya partidos; se trata de confundir a los trabajadores para que apoyen al imperialismo o a determinadas alianzas imperialistas; se pone sobre la mesa de manera constante una falsa dicotomía entre unos gestores y otros del poder burgués. Se pone en tela de juicio que el cambio real venga de la conquista del poder político por parte de la clase obrera.

Ante todos estos intentos de engañar a quienes están llamados a hacer la revolución, nosotros podemos y debemos oponer el recuerdo y la enseñanza del camino que recorrieron los bolcheviques para liderar la revolución de octubre, las dificultades que tuvo que atravesar luego el poder soviético y todos los beneficios que, a pesar de ello, trajo al mundo.

Colectivos de Jóvenes Comunistas

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