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Yaima Puig Meneses – Cubahora.- “…hoy podemos mandar 50; dentro de ocho o diez años no se sabe cuántos, y a nuestros pueblos hermanos podremos darles ayuda”. Así profetizaba el 17 de octubre de 1962, en la apertura del Instituto de Ciencias Básicas Preclínicas “Victoria de Girón”, el entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, Fidel Castro Ruz, lo que en materia de salud germinaría del quehacer humanista de la Revolución cubana.

Se gestaba el primer envío de médicos y especialistas cubanos al hermano pueblo de Argelia. Una cruzada de amor, con fundamento ético y profundamente humanista, que pudiera decirse inició el camino del internacionalismo cubano.

Vivía nuestro país momentos difíciles, en los que tuvo lugar el gran éxodo de galenos y personal técnico calificado hacia los Estados Unidos. Ante la dificultad surgió el reto y con él la “verdadera y definitiva solución del problema”: la formación masiva de médicos, y “no solo muchos, sino sobre todo buenos”, también como hombres y mujeres, como patriotas y revolucionarios.

En medio de esa avalancha de emociones y esfuerzos, todavía sin suplir completamente nuestras necesidades, partió, a inicios de 1963, aquel primer grupo hacia Argelia, donde la situación en el campo de la salud era verdaderamente trágica.

Los voluntarios no faltaron entonces; tampoco faltan ahora, cuando más de medio siglo después se han hecho realidad aquellas proféticas palabras del Comandante en Jefe y Cuba continúa dejando huellas por otras tierras del mundo.

Tanto encumbradas ciudades como profundas zonas de la selva conocen muy bien sobre el quehacer de nuestros médicos, sus constantes avatares con la muerte, su profesionalidad y humanismo…

No es alarde, Cuba no necesita de ello.

Miles de anécdotas, en los más diversos confines, escriben por sí solas la historia de nuestra colaboración médica internacionalista, porque nuestros médicos siempre han estado allí donde más se les ha necesitado, y no solo por la retribución económica que ello significa, como gustan decir algunos desafectos.

Ningún dinero del mundo puede pagar jamás el riesgo real de muerte, de hacer frente a extrañas enfermedades, de soportar condiciones de vida hostiles e insalubres, en medio de idiomas desconocidos y costumbres completamente diferentes… Ningún dinero del mundo es capaz de compensar el abrazo de un hijo, el beso de una madre, la palabra profunda de un abuelo…

A través de los años la colaboración internacionalista ha sido cada vez más extensa y notable. Podríamos recordar hechos como las donaciones de sangre realizadas en la década de los 70 por los cubanos a los heridos en el terremoto de Perú; la asistencia a naciones africanas en pleno Pe­riodo Especial, a pesar de nuestras propias carencias económicas; la ayuda brindada en 1998, después del paso de los huracanes Mitch y George; o la fundación de la Es­cuela La­ti­noa­mericana de Medicina en 1999, como parte del Programa Integral de Sa­lud cubano.

Más recientemente se destaca también la extensión de programas como la Operación Milagro, que permitió a más de dos millones de personas recuperar o mejorar su visión; los estudios genéticos y de discapacidad en Ecuador; o la creación del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias “Henry Reeve”, el cual ha asumido misiones tan riesgosas y humanistas como la de combatir la epidemia del ébola en la costa occidental de África.

Y así han desandado los galenos cubanos durante más de medio siglo insospechados rincones del planeta… haciendo por quienes no tienen cómo; ayudando a hacer a los que no poseen todas las herramientas para ello; dejando una y otra vez a la muerte en duelo para salvaguardar valiosos instantes de vida.

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