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En el “Paredón de España” (Paterna, Valencia) los impactos de las balas asesinas ahí siguen como sombras de genocidio, entre el bosque, el abandono, la basura, los animales muertos y los restos de rituales satánicos pervive la esencia del crimen de estado. Más de 2.500 fusilados que podían ver como acribillaban a balazos a sus compañeros y camaradas antes de ponerlos a ellos, a ellas frente al pelotón. Sentí esa tristeza añeja, esa desesperanza curtida desde mi infancia como familiar de víctimas del franquismo, esa dignidad universal que florece en cada puño que se alza en defensa de esta lucha sin tregua por el amor y la memoria.

Allí sentí lo mismo que en la Sima de Jinámar en Gran Canaria, en la chimenea volcánica se respira la misma sensación inquietante, como si el aire no quisiera correr, como si el silencio estuviera petrificado, anudado al dolor, entre los gritos de los cientos que fueron arrojado al abismo por los falangistas criminales.

La historia de aquel niño que junto a sus amigos se encaramó a uno de los árboles para ver los fusilamientos en el paredón de Paterna, y al que un Guardia Civil al ser el último en intentar escapar lo colocó en la fila de los que iban a ser asesinados, según diversos testimonios ese niño jamás volvió a hablar.

Esto es el paredón de Paterna, un conjunto de historias terroríficas, un lugar de muerte y terror que jamás podrá ser olvidado ni perdonado, donde miles de mujeres y hombres fueron masacrados, anarquistas, comunistas, socialistas, masones, intelectuales, profesores, sindicalistas, cualquier persona que se hubiera declarado antifascista y defendiera la libertad.

La fila de la muerte, el sonido de los disparos de los militares, muchas veces jóvenes que hacían el servicio militar en su primera fase desde abril del 39, los que en algunos casos quedaron con secuelas psíquicas de por vida al tener que asesinar más de una vez a personas conocidas, hasta que los criminales se decidieron por la llamada “Benemérita” o Guardia Civil, para que a ráfagas de ametralladora continuara con los fusilamientos masivos hasta noviembre del año 1950.

Los asesinados eran paseados en camiones por el pueblo de Paterna dejando un reguero de sangre, antes de llevarlos a las fosas comunes del camposanto, la idea era clara, generar terror, sembrar el virus de la pasividad, el ver, oír y callar que todavía pervive en nuestros días, la siniestra “procesión” con los cuerpos acribillados de sus conciudadanos a la vista de todos, de todas, mujeres y hombres que contemplaron con horror el brutal holocausto fascista.

Paterna, su paredón, sus fosas comunes repletas de huesos justos y eternos, son un símbolo, un referente de dignidad y coraje para todo el estado español, para las personas de bien que luchan por la memoria democrática, por la justicia, por la reparación, para que esta pseudodemocracia en la vivimos no siga manchada de sangre.

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Francisco Gonzalez

Colaborador habitual en distintos medios de comunicación, como Kaosenlared, Canarias Semanal, Insurgente, Tercera Información, Diario Octubre, La República, Periodismo Alternativo, La Mancha Obrera, La Haine, Telde Actualidad, La Casa de mi Tía, Revista Digital San Borondón, Magec, Blogueros y Corresponsales de la Revolución, Webguerrillero, Rebelión, Iniciativa Debate, Odisea Azul… Analista político y económico en Russia Today TV. Activista social implicado en la lucha por los derechos civiles, la ecología, la memoria histórica, la cultura popular y la consecución de un mundo mejor.

Mi blog personal: http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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