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El apoyo que podemos otorgar al chavismo y al gobierno de Maduro, se fundamenta más en el desastre -mayor aún- que supondría el retorno al poder político de la oligarquía, que en los propios méritos del chavismo, cuya gestión, sobre todo desde el año 2015, ha sido simple y llanamente desastrosa.

La denominada “oposición” antichavista, representa una amalgama de fascistas, neoliberales, oligarcas y agentes del imperialismo que, instrumentalizando a su favor la crisis económica, han logrado articular un bloque sociopolítico con capacidad de cooptar a sectores populares descontentos por la grave situación social y económica. Para dejar las cosas claras, el reforzamiento de la oligarquía es consecuencia directa de los límites que se autoimpuso la revolución bolivariana, sus errores de bulto y su progresivo agostamiento político. El “Socialismo del siglo XXI”, al no tener en el horizonte una transformación radical de la propiedad de los medios de producción y encuadrar las transformaciones sociales y democráticas en los límites del capitalismo, en ningún momento se planteó iniciar una transición socialista.

Los primeros años de gestión chavista, implicaron un extenso programa de lucha contra la pobreza y es cierto que se logró acabar en gran medida, con la miseria que asolaba a importantes sectores populares. Las desigualdades sociales fueron atenuadas, por la mejora de las condiciones materiales de existencia, de los sectores más pobres de la sociedad venezolana y las importantes inversiones en programas educativos, han tenido como resultado, el que en la actualidad, el analfabetismo haya sido prácticamente extinguido. Como datos, señalar que si en 1996, el 56% de la población venezolana vivía en condiciones de pobreza, en 2006 se había reducido al 36%. Con el medidor de desigualdad del índice de Gini, si a mediados de los 90, Venezuela era el tercer país con mayores desigualdades sociales del mundo, en 2011, dichas desigualdades se habían revertido hasta el punto de ser el país más igualitario de América Latina y el tercer país con menor número de pobres.
De otra parte, también se avanzó en la democratización política, desarrollándose bases para un poder popular que alteró las correlaciones de fuerzas entre la poderosa oligarquía y el campo popular, donde sectores tradicionalmente marginados de la dinámica política, se empoderaron en pueblos y barrios. Todo apuntaba a que en Venezuela, se estaba gestando un proceso realmente revolucionario, y la izquierda a nivel internacional, volvía a tener un referente ilusionante, tras los sucesivos colapsos del denominado “socialismo real”.
La situación que tuvo que gestionar el Movimiento Bolivariano tras su victoria electoral aplastante de 1998, de miseria generalizada, con desigualdades sociales extremas, analfabetismo, subdesarrollo y una democracia ni siquiera “formal”, fue producto de los años de gestión de la misma oligarquía que ahora quiere retomar el poder. Pero el gobierno de Maduro tiene que realizar un profundo ejercicio de autocrítica, asumir los errores que se han cometido y que el Movimiento Bolivariano debe reconstruirse para salir del estancamiento político-ideológico en el que se encuentra, no hoy, sino desde hace ya demasiado tiempo. Dicho de otro modo, afrontar un nuevo proceso constituyente, en el que el socialismo deje de ser mera retórica y comiencen a gestarse las condiciones para su realización.
El apoyo que la izquierda revolucionaria debe ofrecer al chavismo en la presente coyuntura, debe fundamentarse en que sólo desde las bases de las conquistas democráticas y sociales logradas, puede acometerse una transición hacia el socialismo y que el retorno de la oligarquía al poder, supondría un retroceso histórico para la clase obrera y los sectores populares en Venezuela.

Tras la llegada del chavismo al poder en 1998, el primer objetivo era combatir la pobreza extrema en el que amplios sectores populares se hallaban sumidos tras décadas de gobiernos oligárquicos. Era una cuestión de urgencia social y algo ineludible, para dotar de legitimidad al nuevo gobierno. Los recursos petrolíferos de Venezuela, confieren al país unos ingresos muy elevados derivados de las exportaciones de este “oro negro”. Esta renta petrolera, bajo los gobiernos oligárquicos pre-chavistas, asumían la forma clásica de un capitalismo subdesarrollado y dependiente, en el que una “lumpen-burguesía” se repartía los beneficios con el imperialismo, sin acometer inversiones productivas y promover un capitalismo autocentrado.
A mediados de la década de los 2000, el aumento de los precios internacionales del petróleo, puso en manos del chavismo unos recursos económicos derivados de la renta petrolera, que posibilitó la materialización efectiva de los programas del denominado “Socialismo del siglo XXI”, con los que, preservando las bases capitalistas del sistema económico, se acometieron importantes reformas sociales. Ya por aquel entonces, existían voces críticas contra ese tipo de gestión, pues en ningún momento se planteó una transformación del sistema económico. No se planeó un desarrollo y expansión de las fuerzas productivas, una industrialización que generara una dinámica de creación de empleo reforzando la centralidad de la clase trabajadora y un plan estratégico que superara el modelo de capitalismo subdesarrollado, en el que se afrontara el problema de la propiedad de los medios de producción. Como dato esclarecedor, bajo la gestión del chavismo, en 1999 la industria representa el 20% del Producto Interior Bruto, en 2015, su peso desciende hasta el 12%.

La coyuntura actual, con una inflación galopante de un 140%, una depauperización generalizada de la clase obrera y de los sectores populares, hasta el punto de que muchos venezolanos, no pueden ni cubrir sus necesidades más acuciantes, problemas de desabastecimientos de todo tipo de productos… es ciertamente complicada para el gobierno Maduro. Ahora bien, afirmar que la grave crisis económica es producto del “sabotaje interno” y de las maniobras del imperialismo y de la oligarquía, sólo es dar cuenta de parte del problema porque, para empezar… ¿cómo es posible que tras dieciocho años de gestión chavista, la oligarquía tenga tal poder de intervención? ¿Qué otra cosa podía ser esperada por parte de una oligarquía reaccionaria a la que se le permitió preservar gran parte de su poder?.

Los inmensos recursos económicos con los que contó el chavismo, en un contexto en el que los precios del petróleo alcanzaron niveles históricos, fueron dilapidados. En lugar de construir un sistema económico autocentrado, con un mercado interno fuerte, se procedió a aumentar las importaciones; una moneda sobrevaluada y la ausencia de regulaciones, posibilitó una persistente fuga de capitales que suponían hasta un 35% del Producto Interior Bruto, hacia paraísos fiscales. Y el combate contra la pobreza, se asentó, no sobre creación de empleo, la transformación de las relaciones de producción con un empoderamiento de la clase obrera, sino en una política asistencialista, que en poco tiempo, degeneró un sistema de redes clientelares y la formación de una burocracia crecientemente corrupta, en muchos casos aliada con la oligarquía.

No obstante, el sistema aguantó… hasta que los precios del petróleo comenzaron a caer en los mercados internacionales. Cuando esto ocurrió, el sistema ineficiente, corrupto y con unas políticas asistencialistas insostenibles, la única forma de sostener el modelo, fue el endeudamiento externo, generándose una deuda y un déficit inabordable con los menguantes precios del petroleo y las reducciones de la poducción petrolera. Las fugas de capitales seguían sin ser controladas pues, lamentablemente, parte de la nueva burocracia chavista, participaba junto a la oligarquía en esta actividad. El sistema colapsó el año 2015, cuando el sistema instaurado de “importaciones sustitutivas de producción interna”, no pudo ser sostenido, y si, fue en ese momento cuando la oligarquía aprovechó la situación para reforzar su posición, sabotear al gobierno chavista y a gestionar el creciente descontento.

El chavismo y el “socialismo del siglo XXI”, alcanzaron sus límites políticos, ideológicos y económicos hace tiempo, pero incluso hoy en día, la base de avances democráticos y sociales alcanzados, posibilitaría pasar de la retórica del socialismo a una vía realmente socialista. Si el proceso re-constituyente iniciado por el chavismo, no afronta el socialismo como única vía para salir de la grave situación en la que se encuentra el país, la “oposición” retornará al poder y Venezuela sufrirá un retroceso histórico en términos democrático y de justicia social, catastrófico.

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