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La primera pregunta que hay que hacerse es “quienes” son “ellos”. Si “ellos” son ciudadanos de una parte del mismo país que otros enfebrecidos pretenden mantener “unido”, a su pesar, como bien supremo a conservar, y se emplea esta violencia conceptual y estructural contra los mismos, parece que quedan perfectamente legitimados para, intentar, sólo intentar, no estar unidos a esa masa vociferante e informe, enfundada en banderas –algunas inconstitucionales- que niegan a otros un nacionalismo irracional y primario que ellos mismos practican.

En la tragedia griega cuando la pasión primaria: el amor, el odio, o los celos…rebasaban un techo, el autor sacaba de la escena y del guion al que había osado rebasar los “límites”, eso tan importante para la cultura griega que pretendía –sin conseguirlo- basarse en el equilibrio de los contrarios.

En el caso que nos ocupa, “los destilantes de odio” deberían llevar tiempo fuera de la escena. Se viene aplastando el hecho diferencial de un pueblo (su lengua, su cultura, sus costumbres, el derecho a su autogobierno…) por el simple hecho de ser distintas a la gobernalidad impuesta secularmente por la fuerza de las armas. O del Estado. Que viene a ser lo mismo.

Se invoca al “estado de derecho” y se hace con la utilización más torticera y chapucera del Derecho mismo. No quiero que te gastes 5,8 millones en celebrar un referéndum y me gasto 25 millones en reprimirte, vejarte y doblegarte. Anulo tus derechos cívicos y ciudadanos y vuelco la represión armada del conjunto de la nación en tus calles.

Como quiera que este hecho, se hace con la ira envenenada de los de “vivan las caenas”, las consecuencias son claras, irreversibles y tóxicas, pero es seguro que entre la sociedad española y catalana, el odio está garantizado durante décadas.

Una vicepresidenta de Gobierno ha dicho que “quiere ganar por 10 a 0”. Esta infamia de esta infame también se le volverá en contra. Podrán impedir, por la fuerza bruta del infernal aparato del estado, un referéndum, una voluntad de urnas y democracia, pero su aparente triunfo estará basado en el odio y el revanchismo.

A los que se les ha gritado, ¡A por ellos! jamás estarán integrados en “su” patria de corruptos y pandereta, sometidos e ultrajados, aguardaran en sus corazones la ocasión propicia. Esta historia ya ha ocurrido. Se repite y se repetirá. Terminó, aparentemente, hace 81 años con la bota fascista y con la autoridad de un pueblo derramando su sangre ante un pelotón de fusilamiento.

Dentro de cinco, diez o cincuenta años se repetirá. Y, a lo mejor, en otra ocasión, los que vienen a por “nosotros” son “ellos”.

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