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La quiebra del diario ‘El País’ es la quiebra de la transición

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Ha sido como las parejas de los cuentos de hadas. Les fue bonito mientras duró, pero el periódico engañó desde el principio, porque la transición fue así, un decorado de papel.

“El País” ha sido el sinónimo mismo de la transición. Embaucó a muchos durante mucho tiempo, hasta que -poco a poco- se fue quitando la careta. Ahora sobrevive gracias las limosnas del Banco de Santander y Telefónica. Se morirá de la misma manera en que vino al mundo en 1976: a base de supositorios de dinero porque ya no tiene lectores.

Antes de la muerte del criminal Franco, el franquista Cebrián empezó a montar el tinglado y ahora los monopolios traten de desmontarle a él. Le imputan la bancarrota económica (porque la ética nunca la tuvo).

La historia de “El País” se ha encubierto y falsificado tanto -o más- que la de la transición, porque el propio periódico se preocupó se ocultar sus orígenes que no son otros que el franquismo. “El País” fue una de esas herramientas, una nueva cebecera, con las que el Estado del 18 de julio se sucedió a sí mismo.

La revista “Blanco y Negro”, propiedad de la mafia Luca de Tena, tituló así la fundación del nuevo periódico, “Un hombre de Fraga al frente de ‘El País’”, en un momento en el que “Fraga” era sinónimo de “continuismo”, la garantía de que nada iba a cambiar. A Fraga siempre se le recuerda por muchas cosas, una de ellas por ser el autor de la Ley de Prensa de los años sesenta del franquismo.

¿Cómo era posible que un censor como Cebrián, una criatura de Fraga, embaucara a tantos al frente el buque insignia de la transición? No es difícil explicarlo, pero la operación se orquestó tan bien que siempre se habló del periódico como “socialdemócrata” o cercano al PSOE. Eso no tiene ningún sentido si, al mismo tiempo, no se tiene en cuenta que el PSOE era otro de los brazos del franquismo para la misma operación de camuflaje político.

Ahora Cebrián ha reconocido que Prisa, la empresa editoria del periódico, está en quiebra. Los monopolistas le buscaron un sustituto, Javier Monzón, que a él no le ha gustado. Aún se resiste dando zarpazos, como siempre han hecho los franquistas, aferrados al cargo, al poder y al dinero.

No se trata, pués, sólo el periódico; el mismo Cebrián es una figura de proa de un siempre eficaz aparato de propaganda del franquismo. Es hijo de un franquista de aquel aparato, Vicente Cebrián, que empezó su carrera como director de los programas “informativos” de la única televisión entonces existente y luego en el diario “Informaciones”, del que fue heredero.

“Informaciones” estaba destinado a ser “el periódico de referencia” de la transición, pero tenía dos serios lastres. El primero era económico: la rotativa era obsoleta. El segundo era político: había sido el portavoz de la embajada del III Reich en Madrid.

Había que aprovechar la inversión para cambiar hasta el nombre y ese fue el papel que cumplió “El País”, toda una remodelación desde los viejos arcanos de Goebbels.

Fraga comenzó la operación en 1972, cuando era embajador en Londres, y Cebrián fue su brazo ejecutor en Madrid. El montaje se dilató tanto tiempo que resultó una bendición. El periódico ya no pareció lastrado por su nacimiento en pleno franquismo. Parecía una consecuencia natural de los nuevos tiempos, no de los viejos.

Cebrián, Fraga, Polanco y Ortega Sppotorno:
los cuatro jinetes del Apocalipsis inauguran los talleres de ‘El País’ en 1976

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