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Apadrina a un preso

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Sendoa Jurado, ex preso político

Según el que fuera el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba a abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”. El Che Guevara también distinguió entre estos dos conceptos y dijo: “Lo que nosotros tenemos que practicar hoy, es la solidaridad. No debemos acercarnos al pueblo a decir: ‘Acá estamos, venimos a darte la caridad de nuestra presencia, a enseñarte con nuestra presencia, a enseñarte con nuestra ciencia, a demostrarte tus errores, tu incultura, tu falta de conocimientos elementales’”.

Estamos en Navidad, en éstas fechas los corazones de la gente se ablandan y nos acordamos más veces de quienes están en peor situación que nosotros, y las campañas para que apadrinemos por un euro a niños de países pobres se multiplican, no así las iniciativas para dar la vuelta a esas situaciones de injusticia. Junto a eso y como consecuencia de los valores católicos que nos impone el sistema, nuestras acciones de caridad aumentan, aunque no tanto como nuestro consumismo.

La situación de los represaliados y las represaliadas, en cambio, está presente para este pueblo durante todo el año, aunque me parece que lo que hemos hecho en los últimos años ha sido cambiar el calendario de lucha de todo un año por la caridad de una Navidad de 12 meses. No me estoy refiriendo a los sentimientos de nadie que tenga ningún vínculo político ni familiar con las represaliadas, sino a la perspectiva política hegemónica a la hora de abordar este tema, que en mi opinión es absolutamente errónea.

Lo que en otra época era orgullo lo hemos convertido en algo muy parecido a pedir limosna, destacando el dolor que la represión nos provoca y tapando el motivo de nuestra lucha; explicando las consecuencias de nuestra situación en lugar de abordar las razones que están en la base estamos tratando de dar lástima, porque es más fácil tirar de sentimentalismo que explicar nuestras razones políticas.

Centrarse en resolver las consecuencias del conflicto desligándolas de las causas que lo originan es la mejor forma de perpetuar el actual estado de las cosas y, por lo tanto, la opresión que sufrimos como pueblo y como clase. Eso no quiere decir que mientras conseguimos esos objetivos no debamos intentar dar una salida a las situaciones más duras, pero siempre sin perder la perspectiva de un proceso político más profundo. Como ejemplo, la consolidación de la campaña “euskal presoak Euskal Herrira” se produjo en la década de los 90, cuando el conflicto estaba en lo más crudo, y se hizo sin dejar de lado los objetivos tácticos de la amnistía y la autodeterminación.

Alguien me dirá que es tiempo de sumar, que tenemos que poner a trabajar en el tema de los represaliados y las represaliadas a personas de diferente sensibilidad, que no tenemos fuerza suficiente y que hay que hacerlo de otra manera… pero, ¿de verdad que hay otra manera de hacerlo? Yo diría que no, no al menos si la consecuencia de la única alternativa que nos proponen es la de volver a un punto peor que cuando empezó todo esto.

Es decir, ¿tiene alguna lógica después de tantos años llevar la situación al punto de partida pero con todo lo que nos hemos dejado por el camino y con tantos represaliados? Pues ese es, precisamente, el objetivo de algunos de los que en el último o últimos años se han sumado a la defensa de los derechos de los presos bajo el pretexto de la defensa de los derechos humanos. Además obtendrán un premio  doble, porque no limpiarán su alma ante Dios, pero sí ante la opinión pública, diferenciándose de los que utilizan la represión más severa y que hasta hace poco eran sus aliados en este conflicto. Un claro ejemplo de lo que estoy diciendo nos lo dejó el Alcalde de Baiona Jean-René Etchegaray, cuando afirmó que le pedirían al Gobierno el acercamiento de los presos y la libertad de los enfermos, “no para olvidar, sino para que sean tratados como presos comunes”.

Asimismo, en la entrevista realizada por Eneko Etxegarai al diputado de la República en Marcha, Vincent Bru, en el diario Berria, el periodista le hizo dos preguntas muy precisas. Le preguntó por el punto del documento entregado por los interlocutores del EPPK que están en la cárcel de Reau, tras la reunión que estos tuvieron con Bru, en el cuál exponían que “la única manera” de que no se repitiera el conflicto era que “se abordaran las razones” que lo originaron. Bru respondió que “…tras el desarme, hay que tratar lo antes posible la cuestión de las víctimas y de los presos. Eso es lo importante, en eso nos tenemos que centrar, y no hay que tratar de atrasar las cosas, complicarlas”. De resolver el conflicto no quiere ni oír hablar, porque eso es complicar las cosas.

Siguiente pregunta del periodista: “Aralar también decía al día siguiente del 8 de abril que ‘para construir la paz hay que reconocer los derechos democráticos’ porque, a su entender, ETA surgió ‘por razones políticas’”. Respuesta de Bru: “Eso es lucha política; son partidos que defienden sus ideas; otros partidos no defienden las mismas ideas. En esta sociedad democrática, el pueblo tiene la palabra y la decisión, no se puede imponer un modelo democrático”. Parece ser que para Bru el reconocimiento de derechos democráticos son  imposiciones.

Desde un análisis dialéctico no podemos mirar la actitud de cada uno de una manera aséptica, como si no tuvieran ideología, dejando de lado los intereses políticos que cada agente pueda tener, porque sólo teniendo en cuenta estos factores podremos concluir si, en esa suma de “diferentes voluntades”, realmente estamos actuando en pro de nuestros objetivos o a favor de los del enemigo.

De sobra es sabido que no es lo mismo paz que pacificación, que mientras que la primera se basa en la justicia, la segunda tiene como objetivo garantizar el monopolio del uso de la violencia para el imperialismo. Y en este momento del conflicto que Euskal Herria mantiene con los estados de España y Francia, el riesgo de asimilación cultural y social es mayor que nunca.

Al igual que ocurre con la caridad, en la que suele haber un montón de buitres intentando sacar provecho de la desgracia del pobre, me parece que también alrededor de los represaliados y las represaliadas se están amontonando demasiados carroñeros en los últimos tiempos con el propósito de sacar tajada política del sufrimiento de estas. No os sorprendáis si pronto nos empiezan a pedir que apadrinemos a un preso para que les enseñemos a pensar como la gente de bien de occidente, para que se reinserten. Algunos de los enemigos históricos de los presos ya se han convertido en referentes principales de la “lucha” por sus derechos. ¿Para qué? Para que, como hace la iglesia católica por medio de la caridad, nos olvidemos del problema centrándonos en sus consecuencias, para que poniendo la atención en los derechos humanos despoliticemos el conflicto.

Ya es hora de que todos y todas hablemos claro, ya es momento de que expliquemos si hemos desistido de conseguir nuestros objetivos y por eso practicamos la teoría del “mal menor”, o si por el contrario queremos seguir luchando porque entendemos que recorrer ese difícil camino es el único modo de conseguir la libertad, porque en el momento que aclaremos esto el debate se situará en unos parámetros distintos, concretamente en los de si luchar merece la pena o no.

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