El año 2017 será, casi con toda seguridad, uno de los tres más calientes de la historia, sin que hayan influido, los efectos del fenómeno meteorológico de El Niño, según advirtió la Organización Mundial de la Meteorología (OMM). Esta ha sido la conclusión desde la  temperatura física del planeta. Si lo hacemos desde el ámbito político, de los aconteceres en las relaciones entre las naciones y los variados conflictos que les dan movimiento, también puede catalogarse entre los más calientes de la historia, solo que aquí sí ha influido un recién llegado a los corredores políticos.

Desde el primer momento se salió del carril de la coexistencia civilizada e impuso las condiciones de una competencia despiadada, con la intención de regresar a un mundo unipolar donde aliados, amigos y enemigos solo son matices en el ejercicio de la política imperial que le lleve a cumplir su promesa de America First. Es Donald Trump, el neófito presidente que en apenas un año como administrador de Estados Unidos, y creído regente del planeta, lo ha puesto, incluso, al borde de una posible confrontación nuclear.

Por su causa, Estados Unidos es hoy el más impredecible actor en el escenario mundial, cuando ha acrecentado una visión xenófoba, nacionalista, excluyente, militarista, cegada ante cualquier posible solución diplomática, que emane del diálogo y la negociación de los problemas que afectan a todos y a todo —como los destrozos que adelantan los efectos del cambio climático y los estragos que dejan las bombas.

En el discurso de investidura, el 20 de enero, le expresó sin tapujos a los estadounidenses: «Juntos determinaremos el rumbo de América y el mundo durante los próximos años», y convencido de esa aseveración pretendió y actuó para ponerla en práctica, con total menosprecio de los criterios, intereses, deseos, soberanía e independencia del resto de las naciones y de la humanidad —e incluso de la mayoría de sus coterráneos, pues en su registro diario sobre la labor del Presidente, Rasmussen Reports publicó este 28 de diciembre que el 53 por ciento desaprueba su trabajo y solo lo acepta el 46 por ciento; esos datos incluyen que el 29 por ciento lo aprueba fuertemente, pero el 44 por ciento lo rechaza firmemente…

Quizá la «sorpresa» que dejó pasmado a muchos fue su retirada del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Con ello prácticamente abría la puerta a otros desmanes que mantienen al mundo en vilo.

TAPIAR LA FRONTERA CON MÉXICO

Desde el primer momento tuvo en la mira a su vecino mas cercano. Ocho prototipos de tapia construidos a base de concreto, hormigón y acero aguardan el financiamiento del Congreso de EE. UU. para que Donald Trump cumpla con su promesa de construir un muro a lo largo de la frontera con México: la más burda expresión de su nacionalismo barato y la animadversión hacia los inmigrantes, y que él insiste deberá financiar finalmente la vecina y humillada nación.

Mientras consigue que la barda criminal se erija luego de firmar la orden ejecutiva para ello, Trump llama a limitar los permisos de residencia de mexicanos y busca contratar a 10 000 agentes que vigilen la línea fronteriza para impedir el paso a los indocumentados, obligados por la pobreza a buscar una vida mejor en el Norte donde, hasta hoy, son precisamente los inmigrantes quienes desarrollan los trabajos peor remunerados.

Al mismo tiempo, la disparidad de criterios y muy escasos avances reporta la renegociación del TLCAN, el denominado Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos, Canadá y México, que Trump quiere remodelar, también desde la óptica de proteger a sus productores, cuando son los mexicanos los que más han sufrido durante los 20 años de vigencia del acuerdo, que no tiene nada de liberador para el comercio mexicano.

DOS ESCENARIOS EXPLOSIVOS

El forcejeo permanente en la península de Corea y el insulto a la comunidad internacional con su determinación de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, constituyen probablemente los dos temas más explosivos desatados por la Casa Blanca, que han puesto en alerta al planeta y seguirán afectando en 2018. Por supuesto, no son los    únicos.

Pocas pugnas potenciales han resultado tan preocupantes (y mediáticas) como las tensiones en la región asiática, aupadas por el impensado y estridente quehacer del magnate-presidente.

Las diferencias entre el Jefe de la Casa Blanca y el presidente de la República Popular Democrática de Corea (RPDC), Kim Jong-un; los ejercicios militares conjuntos de EE. UU., Corea del Sur y Japón; las pruebas nucleares y misilísticas de Pyongyang y toda una suerte de declaraciones desafortunadas e incluso ofensivas marcan un lienzo atemorizador, en especial porque un conflicto de ese tipo pudiera desencadenar la primera guerra nuclear de la historia.

En este escenario, analistas auguran que, con las crecientes hostilidades, podría bastar «un error de cálculo» para reanudar el conflicto armado, nunca concluido, en la península.

No creo que nadie que esté en su sano juicio quiera iniciar una guerra en Corea. No solo los expertos rusos, sino también los estadounidenses y sus funcionarios, han advertido sobre las consecuencias (de una potencial guerra),    incluida la enorme pérdida de vidas humanas, afirmó hace solo unos días el canciller ruso, Serguéi Lavrov.

Y es que, en efecto, el costo de esta contienda sería devastador para la humanidad. Según estimaciones de la propia RPDC, si usaran sus armas nucleares «cerca de casa», más de dos millones de personas pudieran morir solo en Seúl y Tokio. En tanto, el Pentágono sitúa en más de 100 000 los fallecidos en las primeras 48 horas, por ambos bandos.

El empleo de armas nucleares sería el comodín. Pero incluso si no se utilizaran, las batallas convencionales no tendrían precedentes, le dijo a la BBC el profesor Bruce Bechtol, del Departamento de Estudios para la Seguridad y Justicia Criminal de la Universidad de Angelo State, en Texas, Estados Unidos.

«Te voy a dar las cifras probables: entre 300 000 y 400 000 muertos en la primera semana, tanto civiles como militares, y quizá unos dos millones después de tres semanas», asegura quien fuera además uno de los principales analistas de asuntos del noreste de Asia del Pentágono.

Tales datos, sin contar los daños económicos y medioambientales, debieran ser suficientes para evitar ese «error de cálculo» que pudiera disparar un conflicto letal para la humanidad.

DE TEL AVIV A JERUSALÉN

Reconocer a Jerusalén como capital de Israel ha sido la tapa al pomo de los disparates de Donald Trump este año. Su inaudita decisión, rechazada por la Asamblea General en una resolución, abre la posibilidad de más estallidos violentos en Medio Oriente en 2018. Esa derrota en la ONU motivó la vengativa sanción anunciada por la embajadora Nikki Haley: cortar 285 millones del fondo que aporta Washington a la organización. En este mismo año, y por la aceptación del Estado Palestino, EE. UU. se había retirado de la Unesco.

En el estatus de Naciones Unidas, Palestina es, desde 2012, un Estado observador. «La ocupación debe terminar. No necesitamos más guerras para comprender la importancia de la paz», advirtió entonces el presidente palestino Mahmud Abbas, ante la Asamblea General. Pero, en los territorios divididos y ocupados, la represión y ausencia de derechos humanos sigue siendo una realidad.

Los palestinos de Gaza y Cisjordania no solo viven bajo el régimen de facto israelí, sino que son refugiados en su propia tierra, a la cual cada día le quitan más pedazos con los ilegales y provocadores asentamientos judíos. El conflicto se mantiene, nunca se detuvo, aunque la guerra no sea abierta, sino algo más «diplomática» y con la fuerte presión de que el más poderoso (y con amigos más influyentes), es quien vence.

Mientras, a ratos algún ataque de     Tel Aviv asesina a algún miembro de Hamas (la resistencia de Gaza), y Jerusalén, ciudad santa para las tres religiones que allí coexisten, aunque reconocida internacionalmente como capital palestina, hoy es burdamente robada.

SIRIA, ¿EL AÑO DEL FIN?

El pasado 11 de diciembre el presidente ruso Vladimir Putin ordenó la retirada parcial del contingente desplegado en Siria, luego de constatar que las autoridades de ese país lograron derrotar a las fuerzas de Daesh (Estado Islámico), con el decisivo apoyo de Rusia.

Detener el paso del EI ha sido un triunfo para Damasco que cercena así los argumentos con que Occidente desató una cruzada contra el país, bajo el supuesto de combatir a los terroristas.  Es también una derrota, pues, para Donald Trump.

Otro punto positivo para Siria en este 2017 fue la celebración en la capital kazaja de Astaná de la octava ronda de negociaciones de paz, cuyo objetivo es poner en marcha una transición política para terminar con casi siete años de conflicto armado. Allí, las facciones acordaron limpiar las minas y liberar a los presos; mientras las delegaciones turca, rusa e iraní determinaron celebrar el 29 y el 30 de enero el Congreso Nacional de Diálogo, en Sochi, Rusia.

Ya en 2016, con el apoyo de la campaña aérea rusa y de los combatientes de Irán y Hezbollah, las fuerzas del presidente Bashar Al-Assad cobraron gran impulso en el terreno. Ahora, el Gobierno controla más del 50 por ciento del territorio sirio, un 19 por ciento más que en enero pasado.

Pero queda todavía un largo camino no solo para concluir las tensiones, sino para la reconstrucción de un país que ha sido devastado y virtualmente «sembrado» de bases militares estadounidenses erigidas contra la voluntad del Gobierno sirio.

Tampoco promete Donald Trump el cese de los gastos militares en Afganistán, donde aumentó el número de sus tropas en el escenario bélico de 16 años, primer destino de intervención entre los 60 oscuros rincones del planeta identificados por George W. Bush, el hijo. El nuevo mandatario republicano continúa «el legado» de sus antecesores y, en su nueva estrategia hacia ese país promovió un «conflicto abierto sin límites en su alcance y dirección».

Mientras, en Yemen, 8 500 000 personas están al borde de la hambruna más grande del planeta en los tiempos modernos: los sistemas de agua y saneamiento están casi destruidos y un mortal brote de cólera diezma a la población, bombardeada constantemente y bloqueada por la coalición saudita-    estadounidense.

UNA SOLAPADA PRESENCIA

África puede alcanzar protagonismo bélico en 2018. La emboscada del pasado 4 de octubre en Níger, donde murieron cuatro miembros de las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos, sacó a la luz uno de los destinos «desconocidos» en que se encuentran 44 000 efectivos norteamericanos, según reconocieron más tarde autoridades del Pentágono. La ciudadanía y hasta legisladores de Washington se enteraron entonces de que más de mil de esta tropa están emplazados en el país africano, supuestamente para enfrentar a «extremistas islámicos». ¿Dónde están los restantes 43 000? Nadie parece saber.

El Departamento de Defensa admite que tienen desplegados efectivos de ese cuerpo en el 70 por ciento de los países del mundo. Muchas de esas naciones son africanas, donde aparentemente asesoran a las fuerzas locales. El Africom se ha ido abriendo paso, pues ese comando para el vasto continente, aunque no ha logrado una sede en el terreno, va rumbo a ello.

Los conflictos tribales, confesionales y étnicos se mantienen latentes y se han intensificado con la presencia de los grupos extremistas, que sirven de pretexto para el posicionamiento militar estadounidense en al menos 20 países africanos.

Desde el Gobierno de Barack Obama esa presencia fue en aumento y se considera que actualmente el desplazamiento se disparó en África hasta el 1 600 por ciento.

Ya a finales de este 2017 comenzaron a salir a la luz informaciones del uso de los drones estadounidenses en Somalia, pero casi todas las misiones de sus fuerzas se escudan en asesoramiento y entrenamiento; supuestamente, no toman parte en los combates, pero el caso Níger mostró la cara verdadera, el «apoyo» puede llegar al campo de batalla y los conflictos latentes en el continente pudieran incendiarse en 2018.

El cerco contra Venezuela

El derrocamiento de la Revolución Bolivariana ha  estado en el colimador de Donald Trump desde su llegada a la presidencia, propósito que ha querido materializar infructuosamente por dos vías: buscando la implosión mediante una guerra civil que no estalló gracias a la resistencia y la sapiencia de los chavistas y, luego, intentando la asfixia financiera.

Tres triunfos electorales consecutivos frente a la derecha en apenas cinco meses y la promulgación del Petro, su criptomoneda, constituyen las respuestas a Estados Unidos con que despide el año Venezuela.

El triunfo de la paz sobre la violencia y de la institucionalidad frente al caos sella 2017 en ese país con derrota para el mandatario estadounidense quien, no obstante, reeditará las agresiones en el año que comienza.

La primera piedra en el camino de sus planes fue el voto de los más de ocho millones de venezolanos que dijeron sí a la Asamblea Nacional Constituyente, lo que echó por tierra los planes de justificar una intervención en la patria de Bolívar y Chávez, tomando como excusa la violencia y la supuesta necesidad de acabar con el satanizado Gobierno de Nicolás Maduro.

Frente a ello, el mandatario republicano respondió con un coletazo: se trepó en la Orden ejecutiva firmada en 2015 por su antecesor Barack Obama y que declaró a Venezuela como una «amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de EE. UU.», y emitió en agosto pasado la orden ejecutiva que prohíbe efectuar negocios con nuevos bonos de deuda del Gobierno venezolano a cualquier persona, entidad, empresa o asociación legalmente radicada, o que realice actividades en Estados Unidos.

Caracas evitó el default y anunció en noviembre, tres días antes de su vencimiento, el exitoso pago de los bonos de Pdvsa 2020 y 2027, así como la amortización de los de este año. La petrolera llamó a confiar en su capacidad logística, productiva y financiera que, dijo, «ha cumplido con todos sus compromisos, aún con el grosero sabotaje del imperialismo y sus lacayos nacionales».

Por su parte, el Gobierno anunciaba que comenzó a pagar los intereses de su deuda, después de acordar la restructuración como estrategia para cumplir con sus obligaciones frente al cerco financiero.

La puesta en vigor del Petro busca sortear en lo adelante las sanciones, tomando como respaldo las reservas aún sin explotar de petróleo, gas y oro que tiene Venezuela.

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