El programa de misiles de Corea del norte ha sido siempre lo contrario de lo que parece: un intento frustrado por lograr un acuerdo negociado con Estados Unidos. En 1994 lo logró. A partir de entonces los misiles fueron el instrumento para que Estados Unidos cumpliera lo pactado, una tarea no menos ímproba que la anterior.

La política norcoreana es consecuencia de la constatación de una obviedad: por su propia naturaleza, las potencias imperialistas sólo negocian con quienes se mantienen en posiciones de fuerza; en caso contrario lo que hacen es invadir.

Hay otra obviedad a tener en cuenta, contradictoria y complementaria con la anterior: las potencias imperialistas nunca cumplen los compromisos que han firmado, como ha vuelto a demostrar recintemente el acuerdo nuclear firmado por Obama con Irán.

En 1994 Clinton firmó un acuerdo de ese tipo con Corea del norte (“Agreed Framework”, acuerdo marco) cuando Pyongyang aún no poseía capacidad para lanzar ICBM (misiles balísticos intercontinentales).

En virtud de dicho acuerdo, el que el gobierno norcoreano aceptaba congelar su reactor de plutonio en el plazo de un mes bajo el control de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica). El reactor iba a ser desmontado y sustituido por otro de agua ligera que Estados Unidos debía suministrar.

Estados Unidos se comprometía, además, a tomar las medidas necesarias para normalizar las relaciones entre ambos países y acabar con la hostilidad hacia Pyngyang.

Al año siguiente los republicanos ganaron las elecciones y ocurrió lo mismo que con Irán. El Pentágono aprovechó los misiles coreanos para fabricar sistemas antimisiles, con la correspondiente campaña intimidatoria desde la prensa sobre las “armas de destrucción masiva” en poder de los países del Eje del Mal (Libia, Irak, Irán, Corea del norte).

Aquel año un informe de la CIA admitía que no existía nada de aquello y que el Eje del Mal no podría fabricar misiles ICBM capaces de alcanzar Estados Unidos antes de 15 años.

Pero si no había misiles no se justificaba ni el escudo antimisiles, ni los programas de rearme, ni los presupuestos del Pentágono. La alternativa era negociar, es decir, una humillación. Una potencia hegemónica no debe negociar con un país de ínfimo rango (económico, político y miliar) como Corea del norte. Si caían en la negociación, todos los demás emprenderían el mismo camino.

Se imponía el recurso a la fuerza. La CIA debía cambiar sus informes por otros más adecuados al programa republicano. Además, había que conducir a Pyongyang a que desarrollara su programa de misiles.

Bajo la batuta de Donald Rumsfeld, los republicanos crearon en el Congreso una de esas “comisiones” para analizar la “amenaza de los misiles norcoreanos” o, en otras palabras, lo que muy poco después se convertiría en las famosas “armas de destrucción masiva”. Las conclusiones esperadas llegaron en 1998 y no sólo se referían a Corea del norte, sino también a Irak.

En un plazo máximo de cinco años, tanto Saddam Hussein como Kim Jong-il serían capaces de lanzar misiles de larzo alcance y golpear a Estados Unidos.

Era una total falsedad. En los diez años transcurridos entre 1988 y 1998 Pyongyang sólo había ensayado dos lanzamientos de misiles de medio y largo alcance, y ambos habían fracasado.

Entonces el gobierno norcoreano tomó la iniciativa de volver a la mesa de negociaciones y retomar el acuerdo nuclear en un marco más amplio para firmar un tratado de paz con Estados Unidos, pendiente desde 1953.

Estados Unidos no respondió a la propuesta, Pyongyang volvió lanzó el cohete Taepodong en tres fases y los republicanos pusieron el grito en el cielo.

En octubre de 2000 la secretaria de Estado, Madeleine Albright, viajó a Pyongyang, llegando a otro acuerdo para la paralización definitiva de los ensayos nucleares norcoreanos y normalizar las relaciones diplomáticas.

Pero faltaba el último paso y lo mismo que con Irán: Clinton dejó pasar su mandato sin viajar a la Península coreana para estampar su firma en el acuerdo. En noviembre Bush ya estaba en la Casa Blanca para implementar la política de los republicanos. Rumsfeld se puso al frente del Pentágono y Cheney era el vicepresidente, el auténtico fabricante de las instrucciones que Bush firmaba.

Con ellos, entraban sus acólitos republicanos en la política de seguridad que, además, no eran otra cosa que agentes comerciales de Lockheed-Martin y otras empresas fabricantes de armas. Su plan era invadir Irak para encontrar las “armas de destrucción masiva” y fabricar el escudo antimisiles.

El 1 de mayo de 2001 Robert Joseph, un sicario de Cheney y director del Consejo de Seguridad Nacional, redactó el discurso que pronunció Bush sobre una política de defensa articulada en torno al escudo antimisiles.

En enero de 2002 Bush pronuncia su discurso sobre el Estado de la Unión en el que incluye a Pyongyang en el Eje del Mal. En marzo un documento del Consejo de Seguridad Nacional acaba de enterrar los acuerdos firmados con Corea del norte. Bajo cuerda Cheney comienza a introducir la política de aislamiento y de bloqueo económico.

Al año siguiente llegaba la invasión de Irak en busca de las “armas de destrucción masiva”.

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