Rosa María García Vargas

El 10 de marzo de 1952, como consecuencia del golpe de estado del ambicioso Fulgencio Batista Zaldívar, se produjo la llegada al poder de una nueva tiranía. Este hecho estremeció la Isla y el pueblo se enfrentó valientemente a la ignominia de los politiqueros de turno.

A pocas horas del cuartelazo, el joven abogado Fidel Castro denunció el carácter y los objetivos de los golpistas y llamó a los cubanos al combate contra la dictadura. Se gestaba entonces la preparación y el comienzo de una nueva etapa de lucha.

La Generación del Centenario

En enero de 1953, cuando se cumplían 100 años del natalicio de José Martí, los jóvenes ortodoxos, con Fidel al frente, encabezaron una manifestación para salvar la memoria del Apóstol.

Para ellos el año del centenario del natalicio de Martí no era uno más en el calendario de Cuba: significaba un compromiso histórico. Es por esta razón que desde entonces se les conoce como la Generación del Centenario.

Las condiciones del país empeoraban, así como se incrementaban la represión y los crímenes. De igual modo, arreciaron los enfrentamientos de los obreros y estudiantes contra la dictadura. En tanto, los participantes en el movimiento revolucionario se organizaban y poco después en todo el país ya existían células del movimiento, integradas por un jefe y varios compañeros.

La disciplina y la discreción eran fundamentales para no ser descubiertos y asesinados; pero, la mayoría de aquellos hombres y mujeres provenían de los sectores más humildes de la sociedad y asumían su misión sin miedo ni vacilaciones, a la vez que con la mayor responsabilidad.

Pronto se impuso la necesidad de adquirir armas; entonces, los gestos de desinterés y sacrificio fueron la tónica: unos entregaban sus escasos ahorros; otro liquidó los aparatos de su estudio fotográfico, con los que se ganaba la vida; otro más empeñó su sueldo de varios meses y fue preciso prohibirle que se deshiciera también de los muebles de su casa; este vendió su laboratorio de productos farmacéuticos; aquel entregó sus ahorros de más de cinco años.

Notorio fue el caso de Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se presentó un día con 300 pesos para la causa, entregando todo lo material que tenía en ese momento.

La generosidad y la abnegación de los combatientes permitió comprar los uniformes y 165 armas, principalmente fusiles calibre 22 y escopetas de caza. La acción estaba llamada a desencadenar la respuesta del pueblo en contra del ejército de Batista.

El asalto al Moncada

Se determinó que la acción armada para romper la inercia en que vivía la Isla sería el asalto a los cuarteles Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, ambas en la antigua provincia de Oriente.

El 26 de julio de 1953, domingo de carnaval, fue escogido para llevar a cabo los asaltos. Los combatientes se trasladaron a Santiago por distintas vías tratando de no llamar la atención. Al amanecer del 26 comenzó el movimiento de los combatientes: el asalto tendría lugar tal y como se había planificado.

Un imprevisto echó por tierra el elemento sorpresa. Luego los revolucionarios fueron superados en número y armas. La mayoría de los asaltantes salió ilesa de la confrontación armada; pero, la persecución se transformó en cacería sangrienta y muchos fueron torturados y asesinados sin piedad al caer en manos de la soldadesca. De las 70 personas que murieron el 26 de julio y en días posteriores a manos de la tiranía, sólo ocho cayeron en combate.

Pero el fracaso no amilanó a los combatientes, quienes tenían claro cuál era su papel y la significación del hecho en cuestión. Antes de salir a jugarse la vida, Fidel les había dicho en una sencilla y vehemente exhortación:

«Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertad o muerte![…]»

Sus palabras fueron vaticinio de lo que sucedería luego: México, la expedición en el yate Granma, el desembarco, la Sierra Maestra, el apoyo incondicional del pueblo… hasta que el primero de enero de 1959, el tirano huye: la victoria se hacía realidad.

El legado para las nuevas generaciones de cubanos

Con el triunfo de la Revolución, Cuba fue por fin libre, tal como lo soñaron los próceres de la independencia. Pero, nuevos campos de batalla surgieron en la medida en que se consolidaba el proceso revolucionario y se radicalizaba el camino elegido para conducir el destino de la Patria.

Las agresiones terroristas internas incentivadas desde los Estados Unidos, la invasión por Playa Girón, bombardeos a civiles, campos de caña o centros de producción, asesinatos de jóvenes combatientes… la lista sería interminable.

Desde muy temprano se impuso el bloqueo, la genocida política que pretende rendir a un pueblo por hambre y no ha sido más que un fracaso para el gobierno de la potencia imperialista.

En medio de todo eso, los jóvenes han asumido su papel con responsabilidad y valor, en la defensa, la salud, educación y la cultura, en la producción y los servicios, en las misiones internacionalistas, dondequiera que se les necesite.

Inspirados en el ejemplo de quienes lo dieron todo, hasta la vida, por la libertad de la Isla amada, hoy cumplen sin vacilaciones sus tareas con alegría y seriedad. Cada puesto de trabajo o estudio es bastión donde se defiende la Patria. Cada joven un soldado más.

La bandera está en buenas manos y no caerá nunca: el legado de la Generación del Centenario está presente hoy para guiar a los sucesores, esos en cuyos hombros descansa el futuro de Cuba.

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