«En mi criterio, siendo bastante polémico, [Lenin] se aleja de todo el trabajo marxiano en el Capital e inventa una ideología que pone lo político militar por arriba de lo económico». (Manuel Sutherland; Comentarios, 3 de marzo de 2015)

Ya vimos que la caracterización que Lenin da al imperialismo como etapa superior del capitalismo está sedimentada en fenómenos económico-políticos, y claro que hay un componente militarista por parte del imperialismo pero este debe de ser entendido como una consecuencia precisamente de la fenomenología ligada al desarrollo capitalista. Dicho de otro modo, en el imperialismo encontramos una preponderancia de lo económico-político sobre lo militar. Pero vayamos más atrás, a los «imperialismos precapitalistas», para desmontar esta noción por completo: en la historia de la humanidad se han reconocido dos sociedades en las que la cuestión militar hacía parte del núcleo de su cohesión social, en la que cada ciudadano era comprendido como un soldado y de hecho toda la vida social convergía en ello, una de esta era la «Polis de Esparta» –ciudad Estado–, la otra fue «Hatti» –Imperio Hitita–. En ambos casos, siempre que se fue a la guerra, siempre que se hizo uso de la maquinaria militar, fue por motivaciones económico-políticas específicas y reconocibles –no las abordaremos por no ser objeto de este documento–, a causa de estas motivaciones es que vemos a los espartanos combatiendo contra los persas primero y contra los ateniense después, y a los hititas combatiendo contra los egipcios. Esto demuestra, como ya decíamos, que aún en estas etapas históricas lo militar estaba subordinado a lo económico-político, y nunca ha sido distinto. Lenin demostró por ejemplo que la política colonial del capitalismo en su etapa premonopólica era sensiblemente diferente a la política de su etapa imperialista, señalaba que igualarlos sin más era negar las transformaciones socio-económicas, del mismo modo se mofaba de los que asimilaban el imperialismo británico con el imperio romano porque era lo mismo que no entender nada de historia ni de economía, pues dos sistemas económicos diferentes no podían tener la misma expresión económica, política ni cultural:

«La política colonial y el imperialismo ya existían antes de la fase contemporánea del capitalismo e incluso antes del capitalismo. Roma, basada en la esclavitud, mantuvo una política colonial y practicó el imperialismo. Pero los análisis «generales» sobre el imperialismo que olvidan o ponen en segundo plano la diferencia esencial entre las formaciones socioeconómicas se convierten inevitablemente en trivialidades huecas o en fanfarronerías, como la de comparar «la gran Roma con la Gran Bretaña». Incluso la política colonial capitalista de las fases previas del capitalismo es esencialmente diferente de la política colonial del capital financiero». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Pero Sutherland va más allá, e igual que los eurocomunistas, mediante una mentira flagrante contrapone a Marx con Lenin para luego concluir que este último valiéndose de posiciones idealistas antepone el carácter militar al económico. Claro es que esto solo lo puede decir un ignorante de campeonato o un gran falseador consciente. Rebajar la teoría del leninismo a la mera cuestión militar es un ataque muy pobre, porque cualquiera que se moleste en leer las obras de Lenin verá que eso es una mentira evidente. Ya vimos anteriormente como Lenin define al imperialismo bajo cinco rasgos fundamentales: la concentración de capital, la fusión del capital industrial y bancario dando lugar al capital financiero, el desempeño fundamental de los monopolios en la economía, la exportación de capital siendo primacía a la exportación de mercancías, la formación de multinacionales, el reparto territorial del mundo entre las potencias. ¡¿No es esta una definición que da primacía al aspecto económico sobre el militar?!


Lenin precisamente estigmatizó a los que en lugar de entender el contenido del imperialismo y entender la interconexión entre los métodos no pacíficos y pacíficos que usaba el imperialismo para someter a los pueblos –es decir las armas militares o las políticas-económicas–, se perdían en debates sobre una forma u otra y que con sus conclusiones negaban la esencia del mismo:

«Los capitalistas reparten el mundo, no como consecuencia de su particular perversidad, sino porque el grado de concentración a que se ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios; y se lo reparten «según el capital»; «según la fuerza»; otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema de la producción de mercancías y del capitalismo. La fuerza varía a su vez en consonancia con el desarrollo económico y político; para comprender lo que está aconteciendo, hay que saber cuáles son los problemas que se solucionan con el cambio de las fuerzas, pero saber si dichos cambios son «puramente» económicos o extraeconómicos –por ejemplo, militares–, es una cuestión secundaria que no puede hacer variar en nada la concepción fundamental sobre la época actual del capitalismo. Sustituir la cuestión del contenido de la lucha y de las transacciones entre los grupos capitalistas por la cuestión de la forma de esta lucha y de estas transacciones –hoy pacífica, mañana no pacífica, pasado mañana otra vez no pacífica– significa descender hasta el papel de sofista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Precisamente dicha teoría leninista del imperialismo diferencia al viejo colonialismo, que incluye la presencia y estacionamiento de tropas de forma permanente, del nuevo neocolonialismo, que no siempre precisa de ello y que se apoya en otros instrumentos, esencialmente la exportación de capitales. Eso no significa que los imperialismos en sus procesos históricos de neocolonización donde se incluyen notablemente el papel de la exportación de capitales –como el sucedido en Europa con el Plan Marshall a partir de 1947– se dejase de utilizar el factor militar –como la intervención en la guerra civil en Grecia de ese mismo año– o la formación de bloques militares para ser lanzados contra los pueblos –como la OTAN creada en 1949 para proteger sus intereses–.

No por casualidad el marxista-leninista francés Vincent Gouysse, que cuenta entre su bibliografía con un gran números de análisis marxistas sobre el imperialismo, escribió reiteradamente sobre el conocimiento superficial y dogmático de los revolucionarios sobre las características del imperialismo, en especial en su forma neocolonial. Para ello instaba a un estudio profundo y concienzudo de los cambios producidos en el seno del capitalismo en las últimas décadas sin maximizar los resultados que nos encontremos, es decir subrayar su tendencia presente pero sin olvidar la médula central de su esencia:

«A día de hoy, la mayoría de los comunistas que se reclaman así mismos marxista-leninistas, comprenden los fundamentos del imperialismo de manera dogmática, incompleta y superficial concentrando de manera exclusiva el fuego de su crítica en el aspecto colonial de la política imperialista –debido a la herencia del revisionismo y el socialdemocratismo–, en «olvido» de que en la política del imperialismo predomina desde hace varias décadas el dominio neocolonial. Esta tendencia principal no impide de ninguna manera –a imagen de lo que se observa bajo la forma de gobierno democrático-burgués, que siempre acaba expresando las tendencias reaccionarias del imperialismo–, que la dominación del imperialismo y la lucha interimperialista para el reparto de las zonas de influencia lleve a la agresión colonial. Lo que era verdad durante el periodo de entre guerras donde la política imperialista se expresaba esencialmente bajo su forma colonial, se volvió incompleto y hasta profundamente erróneo cuando el imperialismo decidió sustituir esto por la política de tipo neocolonialista. Los socialdemócratas y los revisionistas también en un momento dado, denunciaban la agresión militar del imperialismo –la mayor parte potencias imperialistas competidoras–, olvidando lo esencial: la política neocolonialista del imperialismo. No hay que malinterpretar nuestras palabras: que el neocolonialismo es desde hace décadas y hasta día de hoy, la política preferida del imperialismo no quiere decir que se abandone la política colonial o que se tienda cada vez más a abandonarla. Reconocer como dominante la tendencia neocolonial actual del imperialismo significa simplemente comprender que el imperialismo usa también paralelamente al colonialismo otros medios para mantener y extender su dominio en los países dependientes: el neocolonialismo. La burguesía imperialista a veces opta por la forma de dominación colonial, y otras veces la forma de dominación neocolonial dependiendo de si las circunstancias sean más o menos favorables. La exacerbación de las rivalidades interimperialistas juega un papel esencial. En los pequeños países dependientes ricos en recursos –que presentan por tanto una perspectiva de grandes beneficios–, el imperialismo se inclina más y vacila menos para optar por la política de tipo colonial, mientras que en los países dependientes, más vastos, más poblados y más pobres generalmente es la política neocolonial la que da mejores resultados. Pero una vez más no hay una receta general válida para todos los tiempos: a medida que se endurece la competencia entre los países imperialistas, que la crisis económica se profundiza y que la demanda en materias primas aumenta, los países dependientes que ayer formaban parte de un objetivo estratégico «secundario», de repente pueden convertirse en objetivos importantes, y en cuestión esencial de las rivalidades interimperialistas. Evidentemente estas tentativas de transformar una dominación de tipo colonial muy costosa para el imperialismo y difícilmente defendible a largo plazo y a amplia escala –visto los medios militares necesarios para mantener la ocupación– en una dominación de tipo neocolonialista –para ensamblar a este país en la democracia burguesa encadenada en la división internacional del trabajo– son muy peligrosas y aleatorias para el imperialismo, en primer lugar porque dicha potencia imperialista no puede asegurarse el control exclusivo en el país. Es por eso que vemos agregarse, hasta en el caso de las agresiones coloniales, elementos de dominación de tipo neocolonialista. Por lo tanto, el imperialismo estadounidense que decidió la agresión militar de Irak, ha estado tratando, a través de la introducción de una «democracia» que le sea fiel, de establecer una dominación neocolonial. El éxito de este juego que pretende mistificar a los pueblos de los países dependientes –Yugoslavia, Afganistán, e Irak recientemente–, depende ante todo del grado de sumisión de la burguesía indígena a la imperialista de las metrópolis imperialistas a las cuales las cadenas de comercio y de Inversión Directa Extranjera (IDE) la encadenan a ella, de su capacidad de hacer pasar la dependencia económica por una perspectiva de «desarrollo» y de «progresos» económicos positivos a medio-largo plazo». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Es por tanto claro que para los marxista-leninistas la lucha contra el imperialismo debe ser tanto contra su forma colonial como neocolonial, de otro modo estaremos siguiendo los pasos de los nuevos y viejos revisionistas, sería caer en desviaciones como el kautskismo, browderismo, titoismo, tercermundismo, maoísmo, etc., rasgos ideológicos en los que acaba recurriendo Sutherland; lo que en definitiva redunda en trabajar a favor del mantenimiento de las relaciones de producción capitalista:

«¿Qué han hecho objetivamente los revisionistas desde hace medio siglo, y que todavía hoy siguen haciendo muchos camaradas que se reclaman así mismo marxista-leninistas, sino exhortar a la lucha contra el colonialismo con el fin de dar camino a la perspectiva de la sumisión «democrática» y «pacífica» de los pueblos de los países dependientes a la explotación? Podríamos citar, en la prensa de los revisionistas de ayer, como en la prensa de muchos de los que hoy apelan al marxismo-leninismo, una infinidad de ejemplos de esta lucha truncada contra el «imperialismo», ¡y veríamos que tanto hoy como ayer presentaban y siguen presentado a cualquier régimen nacionalista-burgués –siempre que se muestre como un poco nacionalista–, como un país «antiimperialista» e incluso «socialista»! Pero nos contentaremos con dar unos pocos ejemplos. «El antiimperialismo» de los marxistas no debe reducir a la lucha contra la política imperialista de tipo colonialista –presiones y agresiones militares así como embargos económicos–, sino que también debe insistir en la política neocolonialista del imperialismo –es decir la integración en la división internacional del trabajo y la exportación de capitales–, que marcha a la par con la política colonialista. Como remarcaban Lenin, las potencias imperialistas recurren a tal o cual forma de dominación según las circunstancias más o menos favorables, según son potencias imperialistas antiguas y en decadencia –a ejemplo de los Estados Unidos que se apoya en su potencial militar– o potencias imperialistas jóvenes y dinámicas –a ejemplo de China– que debe primero optar por la forma semicolonial con el fin de conquistar los mercados detentados por los competidores más fuertes. En efecto, tal «antiimperialismo» se mantiene circunscrito al de los demócratas burgueses que separan la política imperialista de tipo colonial de la existencia del comercio y de las inversiones internacionales, estas políticas son pues la cara de la misma moneda y retoman concepciones kautskistas y reformistas sobre el imperialismo. Tal «antiimperialismo» refleja una concepción sentimental de un democratismo pequeño burgués, no se apoya en las enseñanzas del marxismo-leninismo e ignora las mismas bases de la economía política marxista-leninista, y en consecuencia acaba haciendo piña con la causa del imperialismo. Por lo tanto, la limitación de la lucha contra el imperialismo a las luchas contra las anexiones coloniales, significa truncar la lucha contra el imperialismo, es reducirla a algo deseable para la burguesía imperialista. ¿No es este «antiimperialismo» pequeño burgués el que defienden la inmensa mayoría de los que se reclaman comunistas en un frente que va desde el Partido Comunista Francés (PCF), algunos denominados marxista-leninistas, pasando por los trotskistas, el Partido del Trabajo de Bélgica (PTB) y la Liga Antiimperialista (LA)? El tercermundismo a fin de cuentas, es la voz piadosa de los demócratas burgueses, que como Lenin tenían razón de subrayar, solo se sublevan contra un único aspecto de la dominación imperialista –su dominación militar–, mientras se oscurece el otro aspecto igualmente importante –el dominio económico–, factor primero de toda verdadera dominación. ¡Continuar enfocando a día de hoy únicamente sobre la política colonial del imperialismo es una actitud irresponsable en caso de ignorar esto y criminal para los que se reclaman marxistas, porque es olvidar la tendencia fundamentalmente neocolonial del imperialismo contemporáneo, y es esconder a los pueblos, a los trabajadores y comunistas de los países dependientes, el hecho de que su país porque no sea agredido por el imperialismo no es por ello «libre» e «independiente» de él!». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Esto será visto y aclarado más adelante cuando toquemos el tema de las colonias y neocolonias en la actualidad». (Equipo de Bitácora (M-L); Las perlas antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo, 2018)

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