A principios de esta semana murió senador estadounidense John McCain, que puso toda su vida al servicio de las guerras imperialistas desatadas por su país.

Después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 todos los senadores de Estados Unidos (excepto Barbara Lee) votaron a favor de dar a Bush el poder de invadir Afganistán. Sin embargo, McCain no se contentó con eso. Al día siguiente se presentó en la cadena MSNBC con una lista de países que -según dijo- ofrecían refugios seguros a grupos como Al-Qaeda.

La lista incluía a Irak y otros países. Sin embargo, en 2014 mintió afirmando que la guerra en Irak probablemente no habría ocurrido si él hubiera ganado las primarias republicanas de 2000 y luego las elecciones presidenciales.

Otro de los países incluido en aquella lista era Siria. Poco después del estallido de la primavera árabe, McCain y su fiel compañera de crímenes de guerra, la senadora Lindsey Graham, abrió los canales de comunicación con la oposición siria.

Unos meses después Estados Unidos comenzó a apoyar abiertamente las manifestaciones en Siria, incluso en presencia de su embajador, pero McCain y Graham fueron más allá y exigieron el envío de armas al llamado “ejército sirio libre” y a otros grupos de la oposición “moderada”.

Un año antes McCain también había apoyado más sanciones y más duras contra Libia, así como el bombardeo y la imposición de una zona de exclusión aérea, lo que ha convertido al país norteafricano en una reedición del salvaje oeste que alberga todo tipo de horrores, incluido el comercio de esclavos.

McCain fue un campeón de la “guerra contra el terror” en África. Aunque no apoyó directamente a los terroristas en el Continente Negro, pidió una acción militar más intensa del Pentágono en la región.

Donde Estados Unidos interviene en favor de la paz, lo que aparece es la guerra. En África la lista de países que enfrentan insurgencias islámicas empieza por Malí y McCain pidió el despliegue de fuerzas de operaciones especiales para rescatar a las niñas secuestradas por Boko Haram en Nigeria, así como una intervención militar en Sudán, donde McCain ha estado invirtiendo dinero durante bastante tiempo.

Por supuesto Irán es otro país en la lista del “eje del mal” presentada originalmente por el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz. Aunque McCain siempre dijo que rezaba para que nunca hubiera una guerra con Irán, siguió pidiéndola e incluso bromeó sobre un bombardeo del país asiático.

Las posiciones de McCain contra Irán eran tan feroces que incluso instituciones reaccionarias, como el Instituto Cato, lo consideraron excesivamente agresivo.

Pero McCain no se contentaba con apoyar a los yihadistas salafistas en los teatros tradicionales de Oriente Medio y África del Norte. También ha apoyado a los radicales violentos en las fronteras de Europa. Esta tendencia comenzó a mediados de la década de los noventa, cuando McCain era un firme partidario de la guerra del presidente Bill Clinton en Bosnia.

Muchos takfiristas viajaron a Bosnia para unirse a los muyaidines, que ejercían como brazo local de la OTAN. McCain siempre apoyó los movimientos yihadistas. Acusó a Rusia de interferir en los asuntos internos de Bosnia y pidió a Estados Unidos que interviniera de una manera más decidida en el país balcánico.

Lo mismo pidió para Kosovo a finales de la década de 1990: otra intervención militar de Estados Unidos y la OTAN. En aquella guerra, McCain apoyó al Ejército de Liberación de Kosovo, una organización mafiosa vinculada a Al-Qaeda.

Pero McCain no sólo apoyó a los yihadistas en Europa del este sino también a los nazis que sirvieron como escuadrones de la muerte en el Golpe de Estado en Ucrania en 2014. Luego McCain siguió apoyando los crímenes del gobierno de Kiev en el Donbas, lo es bastante normal en el contexto de la política exterior del senador, que consistía en provocar a Rusia, un país que, según él, dirige a los milicianos antifascistas del Donbas.

La paranoia de McCain hacia Rusia se remonta a la Guerra Fría. Por supuesto, el senador era un anticomunista furibundo y tras la caída del Muro, sus delirios se transformaron en rusofobia.

Cuando en 2008 estalla la guerra en Osetia del Sur entre Georgia y Rusia, McCain levantó la voz argumentando que Estados Unidos debería convocar una reunión de la OTAN para evaluar las medidas que debería tomar la Alianza para ayudar a Georgia y a cualquier otro enemigo de Rusia.

La situación se repitió en 2016, cuando inventaron la injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales. Para McCain fue una “declaración de guerra” parecida a Pearl Harbour; la excusa perfecta para lanzar misiles atómicos sobre Moscú o San Petersburgo.

Corea del norte no podía faltar en las pesadillas de McCain, que incluyó al país de Extremo Oriente en la lista con la que se presentó a la prensa del 12 de septiembre de 2011. ¿Qué tenía que ver Corea con las Torres Gemelas. Nada; ni falta que hacía. El caso es que el senador pidió a Trump que bombardeara Corea del norte, sin importarle que pudieran responder con armas nucleares.

Tal vez China siempre fue un objetivo periférico para McCain. Quedaba un poco lejos de su alcance, lo que no le impidió lanzar extrañas amenazas como la de que “la primavera árabe está llegando a China”. Probablemente se refería al Movimiento por la Independencia de Turquestán Oriental, la organización uigur designada tanto por Estados Unidos como por la Unión Europa, como un grupo terrorista.

En una de sus intervenciones, pidió más ejercicios navales estadounidenses en el Mar de China Meridional.

Nunca hubo ningún lugar en el mundo en el que McCain hablara de paz. Eran palabras que no cabían en su diccionario.

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