«Toda inversión en otro país, y sobre todo en recursos naturales, busca la máxima ganancia, el menor costo, la menor inversión etc. No veo inversiones capitalistas normales versus imperialistas, para mi todas son capitalistas, salvo las excepciones más arriba». (Manuel Sutherland; Comentarios, 3 de marzo de 2015)

a) Primero, Manuel Sutherland, al no entender la evolución del capitalismo, no entiende que actualmente tras un alto grado de desarrollo del capitalismo y su consolidación en monopolios, la tendencia no es como en la anterior época del «capitalismo de libre concurrencia» dominada por la exportación de mercancías, en la etapa monopólica como ya se ha explicado la exportación de los países imperialistas está por completo dominada por la exportación de capitales, lo que además refuerza el carácter parasitario de las burguesías en estos países, el carácter usurero del que anteriormente hablábamos:

«Lo que caracteriza al viejo capitalismo, en el cual dominaba plenamente la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capital. El capitalismo es la producción de mercancías en el grado más elevado de su desarrollo, cuando incluso la fuerza de trabajo se convierte en mercancía. El incremento del cambio tanto en el interior del país como, particularmente, en el terreno internacional, es el rasgo característico del capitalismo. El desarrollo desigual, a saltos, de las distintas empresas y ramas de la industria y de los distintos países es inevitable bajo el capitalismo. Inglaterra es la primera que se convierte en país capitalista, y hacia mediados del siglo XIX, al implantar el libre cambio, pretendió ser el «taller de todo el mundo», el proveedor de artículos manufacturados para todos los países, los cuales debían suministrarle, a cambio de ello, materias primas. Pero este monopolio de Inglaterra se vio quebrantado ya en el último cuarto del siglo XIX, pues algunos otros países, defendiéndose por medio de aranceles «proteccionistas», se habían transformado hasta convertirse en Estados capitalistas independientes. En el umbral del siglo XX asistimos a la formación de monopolios de otro género: primero, uniones monopolistas de capitalistas en todos los países de capitalismo desarrollado; segundo, situación monopolista de unos pocos países ricos, en los cuales la acumulación de capital había alcanzado proporciones gigantescas. Se produjo un enorme «excedente de capital» en los países avanzados. Mientras el capitalismo sea capitalismo, el excedente de capital no se consagra a la elevación del nivel de vida de las masas del país, ya que esto significaría la disminución de las ganancias de los capitalistas, sino al acrecentamiento de estos beneficios mediante la exportación de capitales al extranjero, a los países atrasados. En estos países atrasados el beneficio es de ordinario elevado, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra relativamente poco considerable, los salarios bajos y las materias primas baratas. La posibilidad de exportación de capitales la determina el hecho de que una serie de países atrasados han sido ya incorporados a la circulación del capitalismo mundial, han sido construidas las principales líneas ferroviarias o se ha iniciado su construcción, se han asegurado las condiciones elementales de desarrollo de la industria, etc. La necesidad de la exportación de capitales obedece al hecho de que en algunos países el capitalismo ha «madurado excesivamente» y al capital –atendiendo al desarrollo insuficiente de la agricultura y la miseria de las masas– le falta campo para su colocación «lucrativa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Tendencia que precisamente se ha hecho notar enormemente a partir de 1945 tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, confirmando las previsiones de Lenin:

«Las formas jurídicas y políticas bajo las que ese sojuzgamiento se lleva a cabo han sido, en algunos aspectos, modificadas a raíz del fin de la II Guerra Mundial, en 1945, con la llamada descolonización, que no ha sido más que una nueva forma de proceder a un nuevo reparto, entre los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y posteriormente Alemania, etc., de las antiguas colonias para establecer nuevas bases políticas y jurídicas con el fin de mantener un sistema de expoliación y explotación neocolonialista, especialmente en los países y territorios de África, Oriente Medio y Asia. Así por ejemplo, una de las tesis de Lenin, que conserva una actualidad sorprendente, es la relativa a la importancia para el sistema capitalista en su fase imperialista de la exportación de capitales y la expoliación de los países más pobres y semicoloniales, que se lleva a cabo a través de los llamados préstamos e inversiones con tasas de interés y condiciones leoninas para los «beneficiarios» y que la exportación de capitales y no la exportación de mercancías, según Lenin, había adquirido una importancia preponderante, que daba un auge extraordinario a la expansión económica exterior de los países capitalistas. Esas inversiones de capital imperialista, a las que Lenin hacía referencia, no han cesado de aumentar desde entonces a ritmos vertiginosos. Así por ejemplo, los Estados Unidos que después de la II Guerra Mundial se convirtió en la potencia imperialista dominante, pronto llegó a ser el mayor inversor de capitales en el exterior, sobrepasando las de todos los países imperialistas tomadas en su conjunto». (Elena Ódena; El imperialismo y nuestra lucha actual, 23 de septiembre de 1982)

b) Segundo, precisamente, otro de los hechos que demuestran la evolución del capitalismo, el paso de la libre concurrencia al monopolio, el paso del predominio del colonialismo al neocolonialismo, es un hecho histórico tan significativo como evidente de que cuando el colonialismo aún dominaba con peso significativo la escena mundial, hubo un país imperialista como Estados Unidos que practicaba la política más neocolonial que colonial, era la primera potencia mundial en exportación de capitales, por delante inclusive del imperialismo británico que entonces tenía en régimen de colonias a buena parte del globo:

«En el reparto físico de la tierra, Estados Unidos posee una cifra insignificante. En el reparto económico, ya en el 1930, casi se igualan en poder inversor con Gran Bretaña. Cumpliendo una vez más la ley leninista del desarrollo desigual del capitalismo, de la anterior guerra mundial surgieron los Estados Unidos como potencia monopolista de primer orden. (…) El conocimiento exacto del reparto físico de la tierra no es suficiente. No nos revela el secreto del poder monopolista. Italia por ejemplo, poseía extensas colonias y a la vez era un país dependiente, en gran medida, del capital monopolista internacional. La característica esencial del capitalismo monopolista no es la exportación de mercancías, sino de capital, convertirse en un rentista tacaño –de ahí la ley leninista de la descomposición y parasitismo progresivo del capital–. Por lo tanto, hay que establecer, con la mayor exactitud posible, el reparto económico del mundo, el cual no corresponde al reparto físico. (…) Cuatro países emitieron del 75 al 80% del total de las emisiones del mundo entero. Comprobamos de nuevo, y con más fuerza aún, que Estados Unidos, país de participación insignificante en el reparto físico de la tierra, de participación que igualándose a la de Gran Bretaña en el reparto económico directo –exportación de capitales– de la tierra no sólo ha pasado a la Gran Bretaña, sino que ellos solos han emitido más capital que las otras potencias juntas. El despliegue de Gran Bretaña es fehaciente. El banquero más grande del mundo capitalista son los Estados Unidos». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 1944)

Si la mayor potencia capitalista eran los Estados Unidos desde finales de la Primera Guerra Mundial, si los Estados Unidos eran ya líderes en exportación de capitales sobre Gran Bretaña que poseía mucho más territorio de colonias, ¿No es ésta una evidencia de que la tendencia de los imperialismos era la dominación neocolonial –dominando sus recursos y mercados por medio de inversiones y créditos– y no la colonial –dominando sus recursos y mercados por un grueso militar directo y permanente–?

c) Tercero, si no se entiende el proceso de evolución del capitalismo, no se puede entender, que como hemos dicho y demostrado anteriormente, que solo los países capitalistas desarrollados con un alto nivel de monopolización pueden emprender masivamente la exportación de capitales fundamentado en su músculo industrial. Además este método de explotación «pacífica» es el que permite tras el fin del reparto de los territorios y los mercados reordenar nuevos repartos: esta forma de  explotación, el neocolonialismo, con la exportación de capitales masiva, permite a las potencias imperialistas pugnar por nuevos repartos de los mercados y arrebatárselos a sus competidores en base a dinámicas de oferta y demanda; vale decir que este proceso no presupone el fin de las guerras entre los imperialismos como creen algunos, sino todo lo contrario. De esta pugna por los mercados surgen como consecuencia directa las riñas interimperialistas que a veces desembocan en guerras directas o indirectas –por medio de terceros países–, de ahí las intrigas y los chantajes políticos de las potencias imperialistas a los países neocolonizados para que estos acepten el dominio económico; el caso de Ucrania es un buen ejemplo situado en la intersección de los intereses de potencias imperialistas: Unión Europea, Estados Unidos y Rusia. En el mismo sentido: la fina pluma de Joan Comorera explicó ese desarrollo del capitalismo monopolista, las relaciones entre los países imperialistas y sus contradicciones:

«El capitalismo monopolista, sin embargo, no es un todo homogéneo, nunca podrá serlo. Es un mosaico de potentes núcleos rivales. En las pausas de una batalla carnicera, llegan a veces, a entendimientos parciales, provisionales, algunos grupos o grupos en oposición a otros, para el repartimiento de ciertos mercados o zonas de influencia. Pero no han conseguido, ni conseguirán, constituir un bloque monolítico mundial. Así cada grupo monopolista no aspira al entendimiento, sino a la aniquilación del grupo contrario, no quiere coparticipar en el dominio del mundo, de sus riquezas, sino aplastar a sus competidores, queriendo devenir como el único explotador, el super-trust mundial. Corroído por las indisolubles contradicciones internas, el capitalismo monopolista se divide en imperialismos mortalmente enemigos, en imperialismos de una total ferocidad que alinean a los pueblos en bandos contrarios, que envenenan la opinión pública de un pueblo contra el otro, que agravan la miserias y la pauperización universales, que agobian la vida de los hombres con armas y ejércitos de agresión, que transforman el Estado en distribuidor de dividendos y en agente policiaco, que imponen a la humanidad la crisis económica permanente, que provocan los choques armados con características diferentes a las proyectadas previamente. La inevitable división, la guerra permanente, entre los grupos monopolistas no garantizan la soberanía de las naciones, las cuales se disputan encarnizadamente. Por el contrario, cuanto más violenta es la lucha entre monopolistas, mayor es la esclavitud que deviene a las naciones». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

d) Cuarto, la división internacional del trabajo, esta teoría viene de los ecos del economista burgués David Ricardo y su obra Principios de la economía política de 1819, popularizando aquello del «crecimiento  complementario», promulgándose la idea de que si cada país se dedicaba a producir en una actividad en la que tiene ventajas por las razones que sean, nadie se haría la competencia y todos ganarían, creándose una riqueza internacional, una teoría tan utópica tomada de Adam Smith como refutada por la propia historia. Esta teoría económica condena a los países no industrializados a ser países especializados en producción de materias primas o de la industria ligera para surtir a los países imperialistas–, algo junto con la exportación de capitalistas, lleva a otro fenómeno muy conocido: el endeudamiento. Esto ya fue explicado con datos irrefutables por los marxistas-leninistas albaneses:

«Los marxista-leninistas albaneses subrayaban que el neocolonialismo no podía ser separado del endeudamiento exterior que había aumentado en proporciones gigantescas en el curso de los años de las décadas de los 70 y 80, citando como ejemplo la deuda de América Latina que ascendió de 33 a 360 mil millones de dólares durante el periodo de 1973-1984. Subrayaban que este endeudamiento desequilibraba todo su sistema económico e invadía su independencia política. (…) Al contrario de los altermundistas y otros pequeño burgueses para los cuales el endeudamiento no es una fatalidad ineluctable, sino el resultado de decisiones deliberadas, resultado de políticas «neoliberales», los marxista-leninistas veían en cambio en la crisis del endeudamiento el resultado de los mecanismos objetivos de la producción mercantil internacional». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Pensar como los altermundistas como hace Manuel Sutherland es ir a contracorriente de lo que muestra y demuestra la realidad. Las recetas de Sutherland para países como Venezuela tales como: una mejor selección en los créditos, un control público del comercio exterior, mayor eficiencia, menor corrupción de las instituciones públicas, menor especialización de las empresas privadas, menor fuga ilegítima de capitales, más moratorias para la deuda, organismos públicos que controlen la importación de divisas fraudulentas, son recetas económicas de todo un pequeño burgués radicalizado, pero no es un planteamiento económico marxista pues olvida factores clave. Las causas reales de las crisis económicas y del endeudamiento de los países ex coloniales, ahora neocolonizados, y la defenestración del medio ambiente son debido a otras razones mucho más tangibles y visibles que una mala decisión gubernamental, los devenires del mercado o el mero azar. Reside en cuestiones mayores:

a) la sumisión a la división internacional del trabajo;

b) la despreocupación del peligro para la soberanía político-económica de las inversiones y los créditos del extranjero;

c) la permisión de que los monopolios entrarán a estos países, e incluso que se diera rienda suelta para que reformaran las leyes nacionales acorde a sus intereses;

d) que los organismos económicos imperialistas como el FMI dictaran el modelo de sus reformas económicas y regularan su economía a su antojo en detrimento de los intereses de las masas trabajadoras.

Actualmente muchos países que no participan en el FMI no evitan que su modelo económico sea el que este organismo impone.

Como en su momento tipificó Enver Hoxha, pese a los deseos y proclamas de algunos, la lucha antiimperialista no se limita a luchar contra una sola potencia imperialista, ni es una lucha limitada de cara al exterior, sino que combate a los reaccionarios y la burguesía interna, y a sus colaboradores, siendo el proletariado la única clase consecuente para levantar esa bandera antiimperialista:

«Por ello, es absurdo pretender que hace falta luchar únicamente contra los enemigos imperialistas del exterior, sin combatir ni golpear simultáneamente a los enemigos internos, aliados y colaboradores del imperialismo, a todos los factores que obstaculicen esta lucha. Hasta el presente jamás ha existido lucha de liberación ni se ha desarrollado alguna revolución nacional-democrática y antiimperialista que no se haya enfrentado a enemigos internos a reaccionarios y traidores a elementos vendidos y antinacionales. (…) Los hechos confirman que en la actualidad, también la revolución de liberación antiimperialista y democrática puede desarrollarse consecuentemente y ser llevada hasta el fin sólo si es dirigida por el proletariado, con su partido a la cabeza y en alianza con las amplias masas del campesinado y las otras fuerzas antiimperialistas y patrióticas. Ya en 1905, en su libro «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática», Lenin argumentaba de manera profunda que en las condiciones del imperialismo la particularidad de las revoluciones democrático burguesas es que la fuerza más interesada en llevar adelante estas revoluciones, no es la burguesía que vacila y tiende a unirse con las fuerzas reaccionarias feudales contra el ímpetu revolucionario de las masas, sino el proletariado, que considera la revolución democrático-burguesa como etapa intermediaria para la transición a la revolución socialista. Lo mismo se debe decir también de los movimientos de liberación nacional de nuestra época». (Enver Hoxha; La teoría y la práctica de la revolución, 7 de julio de 1977)». (Equipo de Bitácora (M-L); Las perlas antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo, 2018)

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