Elson Concepción Pérez.— El título de este trabajo responde a un símil entre los párrafos que dedicaré a él y la estatura –física y moral– del personaje objeto del  mismo.

Se trata de las últimas declaraciones –esta vez en Colombia– del expresidente del Gobierno español y del Partido Popular (PP), José María Aznar.

Incendiario, como siempre lo ha sido cuando se refiere a países, gobiernos y figuras políticas ajenas a su visión del mundo, aconsejó esta vez no seguir usando la mediación política como solución al «problema en Venezuela».

Según la agencia española EFE, Aznar afirmó que la crisis de Venezuela no se resuelve con diálogo político y que espera que España apoye la demanda presentada contra Nicolás Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI) por violaciones de los derechos humanos.

Esta vez, además de compartir el criterio del nuevo gobernante colombiano –y del anterior también–, Aznar fue más allá y llamó al Gobierno de su país –por suerte no gobernado por el PP–, para que forme parte del grupo de bufones que, alineados a la política del mandatario estadounidense Donald Trump, se han propuesto sacar del poder, por la vía que sea, a un presidente legítimamente electo por la gran mayoría del pueblo bolivariano de Venezuela.

«La crisis humanitaria de Venezuela es brutal, es tremenda, y eso en mi opinión no se soluciona con ningún tipo de diálogo político absolutamente contraproducente», afirmó Aznar en referencia a recientes comentarios de responsables del Gobierno español que favorecen las negociaciones y que fueron criticados por la oposición venezolana.

El secretario de Estado español para la Cooperación Internacional y para Iberoamérica y el Caribe, Juan Pablo de Laiglesia, aseguró en Madrid que los conflictos en Venezuela se resolverán «a través del diálogo» y no por la «imposición».

Haciendo gala de su «modestia», Aznar fue capaz de decir que «su visión la expresa como expresidente del Gobierno de España, también como dirigente político, pero además como alguien que tiene responsabilidades internacionales y que ve lo que ocurre en el mundo».

Este mundo, por supuesto, recuerda muy bien la «visión» del personaje citado, el mismo que acompañó a George W. Bush y a Tony Blair, cuando eran Presidente el primero y Primer Ministro el segundo, de Estados Unidos y Gran Bretaña, para decidir en la isla de Azores, la invasión y ocupación de Irak, bajo el prisma de una mentira que Aznar compartió: la existencia de armas de exterminio masivo, las que nunca se hallaron y que el propio Bush tuvo que reconocer que era una mentira inventada por los servicios de inteligencia de su país.

Aquella acción bélica a la que Aznar coreó con todo entusiasmo, dejó más de un millón de muertos en la nación árabe y exacerbó el terrorismo y la inestabilidad aún hoy existente en esa región.

Y nunca esa bárbara acción ha sido juzgada por Tribunal alguno. La comunidad internacional no ha sido capaz de movilizar a fuerzas y organismos que impulsen una sanción internacional severa para los causantes de tal crimen. Aznar, por supuesto, sería uno de los enjuiciados.

Sin embargo, el personajillo en cuestión quiere que un presidente latinoamericano, salido del voto de las urnas, libre y democrático, sea llevado ante la Corte Penal Internacional.

No creo necesario añadir un párrafo más a este comentario. La verdad está expuesta y el personaje retratado. El mundo puede verlo, analizarlo y –si se quiere– juzgarlo.

Para los consejos de Aznar, un traje a la medida para que cada cual pueda observarlo en su pasarela antilatinoamericana.

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