Con la elección de Bolsonaro en Brasil hay que ver lo que ocurre con los Brics, la alianza de Brasil con Rusia, India, China y Sudáfrica.

Si Bolsonaro fuera como Trump trataría de dejar a China fuera de juego. Al menos así lo había prometido, pero ya conocen la diferencia entre una campaña electoral y lo que se aprueba en los consejos de ministros.

La economía está por encima de todo, como no podía ser de otra manera. Por eso las últimas declaraciones de Bolsonaro, que datan de ayer, van en dirección contraria: para él la cooperación con China es ahora “prioritaria”. Faltaba más.

El Brics es cosa de China, cuyo PIB constituye el 45 por ciento del PIB total del grupo. En 2014 la cumbre de Fortaleza, en Brasil, creó sus propias instituciones financieras: el banco y fondo de reserva de Shangai como alternativa al FMI.

En las reuniones del grupo, China rechaza las solicitudes de los países miembros relativas a la cotización del yuan, lo mismo que las solicitudes de ingreso de países candidatos como México, Argentina, Indonesia y Corea del sur.

La llegada de Bolsonaro coincide con un plan chino para poner a África en donde nunca ha estado: en el primer plano de los intereses del grupo Brics. En Benin, por ejemplo, esperaban impacientes la llegada de los Brics porque tenían importantes proyectos aprobados en el sector aéreo, sanitario y transportes.

Pero en África no sólo es la financiación. En pocos lugares del mundo hay menos cabida para el fascismo y el racismo que en el Continente Negro, donde la elección del capitán brasileño no ha gustado nada.

Ayer el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, advirtió de que si Bolsonaro se aleja de los Brics y de su defensa irrevocable del multilateralismo, irá en detrimento de los intereses de Brasil.

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