Oleh Tyahnybok, fundador de Svovoda

Por fin -ya era hora- el Washington Post nos dio una alegría el mes pasado al dar un vuelco de 180 grados a las posiciones que viene manteniendo desde 2014 sobre Ucrania (*), tanto el periódico como los altavoces mediáticos del imperialismo, en general.

Hasta ahora decían que no era para tanto. Los nazis no habían desempeñado ningúna función relevante en el golpe de Estado de la Plaza Maidan. Ahora Joshua Cohen publica un artículo titulado “Las milicias de extrema derecha ucranianas desafían al gobierno por un enfrentamiento”.

Naturalmente, el alcance del artículo es muy pequeño, pero menos da una piedra. Según Cohen los fascistas están desatando una oleada de furia mientras el gobierno de Kiev cierra los ojos. Eso es algo que sabemos desde el siglo pasado y no ha cambiado.

Los matones de un grupo nazi llamado C14, cuyo número deriva del lema de catorce palabras “Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”, golpearon a un político socialista, celebraron el cumpleaños de Hitler apuñalando a un militante pacifista y, como tienen la impunidad garantizada, se vanagloriaron de ello en su sitio web.

Otros nazis, dice Cohen, irrumpieron en los ayuntamientos de Lvov y Kiev atacaron exposiciones de arte, manifestaciones antifascistas, por la paz y los derechos de los homosexuales, así como un desfile del Día de la Victoria que conmemoraba la derrota de Hitler en 1945.

El gobierno de Kiev no ha hecho nada para detenerlo por razones que deberían ser obvias para todos. Respaldado por Estados Unidos, el Golpe de Estado de Maidan no sólo expulsó al presidente Viktor Yanukovich, que había ganado unas elecciones certificadas por la OSCE, sino que partió el país por la mitad, precisamente porque nazis como los de C14 estaban a la cabeza del movimiento.

Cuando la resistencia se opuso al golpe en Crimea y en zonas del este del país, en su mayoría de habla rusa y con base en los votantes de Yanukovich, estalló la guerra civil. Como el ejército ucraniano estaba colapsado, el nuevo gobierno golpista no tenía a nadie más en quien confiar, sino a los neofascistas que le habían ayudado a alcanzar el poder.

Se formó una alianza entre los oligarcas de arriba y los esbirros neonazis de abajo. Los fascistas no tienen el apoyo popular. Dmytro Yarosh, el cabecilla pirómano de la coalición para la supremacía blanca conocida como el Sector Derecho, recibió menos del uno por ciento de los votos cuando se postuló a la presidencia en mayo de 2014.

Pero el Estado es débil y está repleto de nazis en puestos clave. Andriy Parubiy, fundador del Partido Social Nacional de Ucrania, es el Presidente del Parlamento, mientras que el nazi Arsen Avakov es ministro del interior. Como señala Cohen, el resultado es la pasividad del gobierno, por un lado, y una creciente ola de violencia nazi, por el otro.

Al comienzo de la guerra civil, por ejemplo, los nazis quemaron a más de 40 personas vivas en un edificio sindical en Odessa, un hecho atroz minimizado por los altavoces mediáticos del imperialismo.

El Washington Post ha estado afirmando lo contrario durante más cuatro años. Ha sostenido que Rusia exageraba el papel de los nazis en Ucrania para desacreditar el Golpe de Estado, legitimar la anexión de Crimea y su propia supuesta interferencia en la Guerra del Donbas.

Diez días después del Golpe de Estado, el Washington Post aseguró a sus lectores que los informes rusos sobre “gamberros y fascistas” no tenían “ninguna base real”.

Una semana después, dijo que “el nuevo gobierno, aunque salpicado de políticos de derechas, está dirigido principalmente por políticos moderados y proeuropeos”.

Luego calificó a Bandera como “un personaje polémico” y citó a un empresario de Kiev: “Los rusos quieren llamarlo fascista, pero creo que fue un héroe para nuestro país. Putin lo está usando para tratar de dividirnos”.

Los nazis ucranianos veneran a Stepan Bandera, un colaborador nazi cuyas fuerzas mataron a miles de judíos durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y a casi 100.000 polacos.

En 1941 Bandera y los suyos dieron la bienvenida a Ucrania de los nazis, a pesar de que los nazis odian a los eslavos, y continuaron colaborando con ellos durante toda la ocupación.

En Ucrania los nazis organizaron un desfile de 15.000 antorchas en honor de Bandera y garabatearon un símbolo de las SS en una estatua de Lenin. También destruyeron un monumento a los ucranianos que lucharon por lo que los partidarios de Bandera consideran el lado equivocado de la Segunda Guerra Mundial: la URSS.

El New York Times no es mejor cloaca que el Washington Post. En lugar de atacar a Ucrania, se ha dedicado a atacar a Rusia, acusando a Putin de “alarmismo” por lanzar “duros epítetos” como “neonazi” contras los dirigente ucranianos.

El diario The Guardian, uno de los principales críticos de Putin, dijo sobre los nazis de Svoboda que “en la última década, el partido parece haberse suavizado, evitando la xenofobia”. Se apoyó en una declaraciones del embajador de Estados Unidos en Kiev, Geoffrey Pyatt, quien se mostró “positivamente impresionado” por la evolución de Svoboda en la oposición y su comportamiento en la Rada, el parlamento ucraniano. “Han demostrado su buena fe democrática”, según el embajador.

El fundador de Svovoda, Oleh Tyahnybok, dijo en un discurso de 2004 que quien gobernaba entonces en Ucrania era “la mafia judía de Moscú” y que los partidarios de Bandera habían luchado contra soviéticos, alemanes, judíos y otros enemigos que querían arrebatarles “nuestro Estado ucraniano”.

Pero lo que mejor refleja la campaña de intoxicación del imperialismo sobre Ucrania es un artículo publicado en el sitio web de Foreign Policy en mayo de 2014, titulado “Por qué judíos y ucranianos se han convertido en aliados improbables”.

El artículo comienza con el habitual remordimiento por Svoboda y Sector Derecho y lamenta que este último siga adorando al “controvertido” Bandera, cuyos partidarios “lucharon junto a los nazis desde 1944 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial”.

Pero, continuaba el artículo, por muy malos que sean los nazis ucranianos, Rusia es aún peor. “A pesar de la presencia sustancial de nacionalistas de derecha en Maidan durante la revolución, muchos miembros de la comunidad judía en Ucrania están descontentos de ser utilizados por Putin en su guerra de propaganda. La prueba de ello es una carta abierta firmada por 21 dirigentes judíos ucranianos declarando que el verdadero peligro era Moscú”.

“Sabemos que la oposición política está compuesta por varios grupos, algunos de los cuales son nacionalistas”, decía aquella carta. “Pero incluso los más marginales no dan muestras antisemitismo u otras formas de xenofobia. Y sabemos con seguridad que nuestros pocos nacionalistas están muy bien controlados por la sociedad civil y el nuevo Gobierno ucraniano, lo que es más de lo que se puede decir de los neonazis rusos, que se sienten alentados por sus servicios de seguridad”.

Aquellos judíos ucranianos salían, pues, en defensa de los nazis, a los que lavaban la cara porque estaban libres de antisemitismo y otras formas de xenofobia. “Excusatio non petita, acusatio manifesta”, decían los clásicos. Demasiadas explicaciones para justificar algo que no existía era marginal.

¿Banderas confederales en el Ayuntamiento de Kiev? Sólo son símbolos. ¿Manifestaciones nocturnas con antorchas con retratos de Bandera colgados de los edificios públicos? Eso es libertad de expresión (y así sucesivamente).

El autor de la carta judía fue Josef Zissels, que tiene relaciones muy estrechas con los nazis ucranianos desde hace tiempo. Se define a sí mismo como “zhydobanderivets”, un acrónimo que se puede traducir más o menos como “un discípulo judío de Bandera”. Este nazi-judío criticó al diputado californiano Ro Khanna por enviar una carta al Departamento de Estado pidiendo que presione a los gobiernos de Polonia y Ucrania que tratan de revisar el relato acerca del ”holocausto” en sus países respectivos.

A la mayor parte de los judíos del este de Europa la deriva nazi les trae muy malos recuerdos. Enviaron una carta de agradecimiento a Khanna por su iniciativa en la que expresaban “su profunda preocupación por el aumento de los incidentes antisemitas y las expresiones de xenofobia e intolerancia, incluidos los ataques contra las comunidades romaníes” y “proclamando firmemente que el Sr. Iosif Zissels y la organización VAAD no representan a los judíos en Ucrania”.

Como vemos, los judíos no actúan al unísono, como creen los antisemitas. Un judío ruso estaba tan indignado contra Zissels y otro oligarca judío ucraniano, Igor Kolomoisky, que dijo que quería colgar a ambos “en Dnepropetrovsk frente a la Sinagoga de la Rosa Dorada hasta que dejaran de respirar”.

Resumiento, el artículo de Foreign Policy sobre la alianza entre los judíos y los nazis ucranianos era un montaje, otro más.

Ahora los medios de intoxicación, como el Washington Post, no pueden ocultar por más tiempo la verdadera naturaleza del gobierno de Kiev.

(*) https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2017/06/15/ukraines-ultra-right-militias-are-challenging-the-government-to-a-showdown/

La bandera de la Confederación de Estados Unidos ondea en el ayuntamiento de Kiev

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