Artículo Original: Kristina Melnikova / EADaily

El 11 de noviembre se celebraron las elecciones en Donbass, inicialmente criticadas por muchos ciudadanos de Donetsk porque sus resultados estaban cantados. Sin embargo, entre la población había también otra opinión diferente e igualmente común. “Votaré por Pushilin, no porque crea que es bueno o malo, sino porque le apoya Moscú”, me explicó un ciudadano en una tienda. Pero ya es tarde para hablar de los candidatos. La Junta Electoral Central confirmó que Denis Pushilin liderará la RPD y ahora se espera que haya cambios. El deseo es que los cambios sean a mejor.

Para conocer por qué la población fue a las urnas y para saber qué cambios se esperan a raíz de las elecciones, me trasladé a la localidad de Staromijailovka, un pueblo algo más poblado en comparación con otras localidades del frente, situado cerca de Peski y Marinka, controladas por Ucrania. El día estaba oscuro, con un cielo pesado sobre las destruidas casas con sus ventanas contrachapadas y los puestos de control que nos encontramos por el camino.

Junto a una de las calles centrales de Staromijailovka, en el lateral de un quiosco de los viejos tiempos pintado con los colores de Ucrania, hay un memorial con fotos de los milicianos muertos. Sobre ellos se ha colocado recientemente la fotografía de Alexander Zajarchenko.

Desde la calle Lenin, donde vive Anatoly Yurevich, no hay más que un kilómetro de distancia a la línea de demarcación. Había votado esa mañana. “¿Por qué has acudido a las urnas? ¿Qué cambios esperas?”, le pregunto. “Espero menos burocracia, la población sufre a causa de la burocracia. Por ejemplo, para conseguir el pasaporte de la RPD hay que presentar un montón de papeles, dar vueltas por muchas oficinas”, respondió.

Su vecino Valeri Alexeevich tampoco ha perdido la esperanza de ver cambios positivos y por eso ha ido a votar. “Quiero estabilidad, me gustaría que hubiera más perspectivas para los jóvenes. Para que los jóvenes de todas partes tengamos un camino, como en el socialismo”, explica.

“¿Qué quiero? Quiero que acabe la guerra para que suban los salarios, para que nuestros hijos puedan salir a la calle sin peligro, para que no tengan que esconderse a comer en esquinas y sótanos, para poder comprar lo que queramos sin tener que guardar nada para pan”, dice un hombre que sale del edificio de la administración local, donde se celebra la votación.

Leonid es minero como toda su familia y ha forjado, con su experiencia personal y la herencia de generaciones, un verdadero espíritu minero. Sus padres, abuelos, hermana y esposa trabajan o han trabajado en la mina. Leonid ha dado ya al trabajo minero 18 años de su vida. La guerra también ha afectado a su familia: su hermana, que también vive en Staromijailovka, sufrió el impacto directo de un proyectil en su casa. “Fue el 11 de abril a las cinco de la mañana. Su marido quedó discapacitado. El proyectil le explotó en la cara y le daño un ojo. En la familia hay varios niños, cuatro de ellos pequeños. El día del ataque, el más pequeño cumplió dos años”, cuenta Leonid.

Acaba de terminar su turno en la mina Skochinsky y lo primero que ha hecho es ir a votar. “Creo que es un deber cívico que tenemos todos. Después de las elecciones, esperaremos un cambio y, por supuesto, me gustaría que fuera a mejor. Personalmente, espero que el trabajo de la mina vuelva a ser reconocido y bien pagado. El salario de un encargado antes de la guerra rondaba los 1.000 dólares, ahora el máximo son 15.000 rublos; un trabajador cobra 8.000-9.000. Para un minero no es suficiente, porque tenemos familias, padres que necesitan ayuda. Ahora hacer eso es imposible, porque los salarios son bajos y hay retrasos. En resumen, esperamos estabilidad y prosperidad en nuestra República”, dice Leonid.

“¿No os dan miedo las amenazas de Kiev, que ha prometido causas penales contra los organizadores y participantes en las elecciones?”, pregunto. “Nosotros, la gente de Donbass, somos persistentes, no nos escondemos, es nuestra tierra y no la vamos a regalar. No tenemos miedo a nadie”, responde Leonid.

He ido a Staromijailovka específicamente para visitar Liudmila Yurevna y su marido, que se presenta como el tío Kolya. Esta es su segunda guerra. El tío Kolya es un georgiano que vivía en Abjasia. “Era un buen jinete, nuestra familia era rica y feliz”, recuerda mientras me prepara un vaso de vino casero y un plato de jachapuri caucásico.

El tío Kolya no participó en la guerra en los 90 porque su familia se lo impidió: tenía esposa e hijos pequeños y se escondieron en los montes, donde ya se habían llevado el ganado y víveres. Entonces, cuando la intensidad de la guerra se redujo un poco, se marchó con Ludmila Yurevna a Staromijailovka. Aquí su gran familia (tienen seis hijos) vivió feliz hasta que estalló una nueva guerra.

“De Abjasia nos machamos, pero de aquí no nos vamos a ninguna parte. Los hijos dicen que nos vayamos con ellos y querían comprar una casa. Pero me negué. Soy de esta tierra y estoy dispuesto a morir por ella. Aquí están enterrados mis padres, mis abuelos y abuelas, aquí está toda mi familia. Come, come, hija”, se distrae Liudmila Yurevna, que ha puesto toda la hospitalidad caucásica de Donbass en mi plato.

“Tras las elecciones todos esperamos cambios a mejor, esperamos que las cosas mejoren para todos. Pero lo primero y más importante es que hay que entender la guerra, me gustaría que se resolviera pacíficamente, sin derramar sangre, ya se ha derramado mucha. Y luego pensar en la economía. Creo que Rusia no nos abandonará. Ellos mismos no pueden. Los que viven aquí son rusos. No pueden abandonar a esta gente. En ninguna parte. Incluso en Ucrania hay muchos rusos. Ellos no pueden defenderse, están amenazados, también necesitan ayuda. Por supuesto, nuestra esperanza es que el nuevo Gobierno nos lleve en dirección a Rusia”.

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