Laurent Schiaparelli

Siguiendo otro guión sacado de los cajones del Pentágono, China desempeña el papel de nuevo “enemigo del día” de Estados Unidos desde hace unas semanas, que acaba de darse cuenta de que su campaña anti-rusa de los últimos dos años, lejos de desestabilizar a Trump, sólo había acercado a Rusia a China. Si en 1972, en plena Guerra Fría, Nixon se acercó a Zhou Enlai para aislar a Rusia, ahora es la misma política que el Estado profundo estadounidense está siguiendo, esta vez al revés, tratando de relajarse con Rusia para aislar a China.

Como Putin y Lavrov resultaron ser estrategas demasiado finos y diplomáticos excepcionales para ser empujados al error, el Estado profundo norteamericano está afinando su maquinaria propagandística contra China, que de nuevo es objeto de críticas occidentales, esta vez sobre su política policial en la provincia de Xinjiang.

Como cada vez que el imperio anglo-sionista intenta desestabilizar un país, se activa el mismo “kit de demonización”:

– el vocabulario estrafalario: “palestinianización” de Xinjiang
– referencias “shoáticas” a un “genocidio cultural”
– “es caro destruir a un pueblo sin matarlo, pero Pekín está dispuesto a pagar el precio”, olvidando señalar que Estados Unidos tiene como aliados en Oriente Medio al menos a dos Estados que han demostrado no gastar ni escatimar en sus esfuerzos militares para destruir pueblos y culturas sin aniquilarlos por completo
– los habituales gemidos de las ONG en nombre de los agitadores

En primer lugar, escuchemos las acusaciones del “fiscal”, de la ONU, y los “hechos” que han provocado la indignación de los medios de comunicación occidentales: supuestamente un millón de personas “están encarceladas” en Xinjiang (uno de cada diez uigures). El comité de la ONU, que tomó esta cifra de la nada, no proporciona ninguna prueba ni fuente, simplemente cita “fuentes fiables”.

China se enfrenta a una amenaza real para su población y su territorio. Esta amenaza se ha hecho pública, con el apoyo de vídeos, por miembros del Califato Islámico y ETIM (Movimiento Islámico del Turquestán Oriental). El Gobierno chino no es ingenuo sobre el origen y el apoyo de estos grupos terroristas, ni sobre la duplicidad de Turquía en este caso; a saber, la presencia de 200.000 turcomanos residentes en el norte de Siria, que reciben protección y formación de Turquía, que podrían ser enviados de vuelta a la frontera entre Turkmenistán y China como una fuerza desestabilizadora para el Turquestán chino, si la relación chino-turca se deteriora, como sucede a menudo cuando se habla de la minoría uigur en China.

China ha estado siguiendo la presencia de yihadistas sunitas uigures del Partido Islámico del Turquestán (TIP, el otro nombre de ETIM, es uno de los grupos fundadores de la nebulosa Al-Nosra que “hace un buen trabajo”, considerada como organización terrorista por la UE y Estados Unidos) que ahora están agrupados principalmente en Idlib.

China, al igual que Rusia, quiere abordar el problema en su origen, y no permitirá que estos yihadistas bien entrenados regresen a China, o incluso a Asia Central, donde se unirían a sus colegas en Afganistán, Kazajstán y Turkmenistán, países fronterizos con China.

China está reeducando a algunos de sus ciudadanos uigures que están tentados a radicalizarse en su tierra, pero no les permitirá regresar a sus hogares, ni tratará inútilmente de des-radicalizar a los que se han ido a Siria para una orgía de violencia con pretextos religiosos. La serie “Les Bisounours” (*) nunca ha sido emitida en China, por lo que no existe en este país ningún proyecto de “centros de des-radicalización” a la francesa.

La participación de China en la resolución del conflicto sirio es un hecho: ha adoptado la forma de apoyo financiero y material, y parece que el aspecto humano, si no se despliega ya discretamente, pronto se desplegará, aunque sólo sea en forma de asesores y personal de inteligencia.

A diferencia de los países occidentales, China no duda en abordar su problema de forma preventiva: reeducación en Xinjiang de los radicalizados, aumento de la vigilancia física en las ciudades de Xinjiang, control de las redes sociales, pedir a los uigures que juren fidelidad al Partido, enseñanza obligatoria del mandarín en la provincia de Xinjiang, etc.

ONG extranjeras como Reporteros sin Fronteras y Human Rights Watch, sin posibilidad de investigar seriamente sobre el terreno, intentan pintar un cuadro de “holocausto” con la situación de los uigures en Xinjiang e instruir al “régimen totalitario” chino sobre la condición de los periodistas, sin conseguir desviar al gobierno de su objetivo: sellar su territorio de cualquier intento externo de incitar al separatismo uigur, y garantizar la seguridad de su población, para asegurar la sostenibilidad de su proyecto de desarrollo económico para toda la región a lo largo de las Nuevas Rutas de la Seda.

A diferencia de publicaciones como Foreign Policy (fundada en 1970 por Samuel Huntington, Clash of Civilizations, y Warren Demian Manshel, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores junto a personalidades como el Dalai Lama, Francis Fukuyama Fin de la Historia, Madeleine Albright, Colin Powell, Condolezza Rice, Paul Wolfowitz, Henry Kissinger, Joe Biden, Bush padre, Brzezinski, la pareja Clinton, John McCain, George Soros, toda la familia Rockefeller, etc., digamos que con motivos ocultos), esta política china no es anti-musulmana. Sólo afecta a la provincia de Xinjiang, donde la amenaza terrorista existe y amenaza con extenderse al resto del país, como ha ocurrido varias veces en los últimos años, con terroristas uigures atacando lejos de su base, en Pekín, Chengdu, Jinan y Guangzhou, por ejemplo.

Esta campaña de paz en Xinjiang no está dirigida contra los musulmanes en China, como escriben, con la malevolencia que les caracteriza, los medios de comunicación occidentales, sino contra ciertos elementos de la provincia de Xinjiang que el gobierno chino tiene motivos para sospechar, según la información que obra en su poder. Los demás grupos étnicos musulmanes de China, que superan con creces a los uigures, no se quejan de discriminación alguna.

La campaña contra el radicalismo religioso llamada “Campaña de huelga contra el extremismo violento” comenzó en Xinjiang en 2014. El responsable de esta campaña en Xinjiang es Chen Quanguo, antiguo dirigente del Partido de la Provincia del Tíbet, donde dirigió con éxito la misma campaña para desactivar los intentos separatistas contra un telón de fondo de prácticas religiosas, budistas, pero orquestadas y apoyadas por las mismas personas en Washington. Observamos de paso la asombrosa presencia del Dalai Lama en el Consejo de Relaciones Exteriores, antes mencionado, un verdadero nido de “neoconservadores”, en el origen de todas las desestabilizaciones geopolíticas de los últimos 40 años.

Lo que los chinos, todos los grupos étnicos y las provincias combinadas, están sufriendo con diferentes grados de resignación es una campaña nacional de pacificación y seguridad, una mayor vigilancia del territorio y de la población, incluido el uso de las redes sociales y el acceso a los medios de comunicación extranjeros.

Dado el delicado contexto geopolítico en el que se encuentra China, en el centro del objetivo perseguido por Estados Unidos en todos sus intentos de desestabilización indirecta (Corea del Sur, Taiwán, Japón, Hong Kong), ¿podemos culpar al gobierno chino por garantizar que la ofensiva no provenga en primer lugar de agentes manipulados o simpatizantes de los extranjeros en la provincia de Xinjiang, en forma de otra “revolución de colores” más?

Sólo en Occidente, en el siglo XXI, nos indigna que un gobierno se tome en serio la protección de su población, el mantenimiento de la paz social entre las comunidades religiosas, el respeto de su integridad territorial y la neutralización de la influencia de agentes extranjeros.

(*) La serie de dibujos animados “Les Bisounours” (Los osos amorosos) ha llevado al idioma francés moderno una expresión equivalente al ingenuo. Literalmente, “un osito de peluche”.

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