La aprobación del estado de excepción en diez regiones de Ucrania fronterizas con Rusia a raíz del incidente que se produjo en el estrecho de Kerch y que llevó a la captura de tres buques ucranianos con una veintena de militares y empleados del SBU a bordo ha supuesto una nueva escalada de la retórica militar. Vestido de camuflaje, Poroshenko ha posado junto a las tropas ucranianas, esas que, según ha afirmado repetidamente el presidente ucraniano en sus apariciones en la prensa occidental, protegen la civilización occidental de la barbarie que viene del este. Pero esas apariciones propagandísticas -algunas de las cuales han resultado ser desastrosas, ya que el presidente ucraniano publicó una imagen en la que uno de los soldados que posaban junto a él portaba un símbolo Nazi- no han sido más que un acompañamiento a la principal ida del guion ucraniano: la agresión rusa, que, una vez más, vuelve a ser inminente.

Tras cuatro años de guerra en Donbass, las autoridades ucranianas han vuelto a recuperar la ida de una inminente invasión rusa para capturar toda Ucrania, una idea absurda que, sin embargo, se ha extendido por las redes. Dispuestos a creer cualquier argumento publicado por las autoridades ucranianas, periodistas y algún analista de inteligencia con más de medio millón de seguidores en las redes sociales difunden sin dudarlo esa idea de que Rusia pretende utilizar la opción militar contra su país vecino. Una cuestionable imagen (en la que no se aprecia nada de nieve, por lo que podría incluso antigua) de tanques rusos en la zona de Rostov, Rusia, es suficiente evidencia de que planea dar a Poroshenko el argumento de la agresión rusa para relanzar su estancada carrera electoral. Tampoco es mucho más realista el argumento de que Rusia pretende dar una solución militar a un problema eclesiástico: el posible cisma en la iglesia ortodoxa con la formación de una iglesia ortodoxa independiente del patriarcado de Moscú y reconocida internacionalmente.

Sin embargo, la alerta de movimientos militares no procede únicamente de Kiev. Al otro lado de la línea de separación, las autoridades militares de la República Popular de Donetsk temen por el sur de su territorio, una zona recuperada por la RPD al final de la ofensiva del verano de 2014 con el Ejército Ucraniano en retirada tras la derrota de Ilovaisk. Como la zona que con más facilidad se recuperó, ya que no hubo en ese momento grandes batallas para recuperar Telmanovo y Novoazovsk, principales ciudades de esos distritos, la RPD teme ahora que sean una zona propicia para una ofensiva rápida ucraniana.

Según afirmó el lunes Eduard Basurin, “el objetivo de esta ofensiva es capturar el territorio de los distritos de Novoazovsk y Telmanovo y establecer control sobre la frontera entre la República Popular de Donetsk y Rusia en las localidades de Konkovo y Jolodnoe. Se ha formado una agrupación de ataque que cuenta con más de 12.000 efectivos, concentrados a lo largo de la línea de contacto cerca de las localidades de Novotroiskoe, Shirokino y Rovnopol. Hay más de 50 tanques, 40 sistemas de misiles, 180 sistemas de artillería y mortero. En primer lugar, intervendrían la 128ª Brigada de Montaña y la 79ª Brigada Aerotransportada. En una segunda fase, la 56ª Unidad de Infantería y la 36ª Brigada de Marines.

El plan, excesivamente ambicioso y con menos posibilidades de tener éxito que las planteadas por Basurin, sería propicio para Poroshenko, ya que supondría una victoria militar importante en un momento clave: después de semanas de alertar contra una posible “invasión rusa”, un avance ucraniano contra las “tropas rusas” de la RPD sería una inmejorable carta de presentación para la campaña electoral de Poroshenko, escaso de éxitos que presentar como argumento para su reelección. Sin embargo, solo sería posible con una rapidez extrema que impidiera a la RPD e incluso a Rusia reaccionar ante el avance ucraniano, algo que sería inédito en esta guerra. Aunque improbable, el estado de guerra y la situación sobre el terreno hacen imposible descartar completamente la posibilidad de un intento ucraniano de recuperar parte del territorio por la vía militar.

“Para justificar extender el estado de excepción, sería necesario un derramamiento de sangre, por lo que una ofensiva en esa dirección se ajustaría a los objetivos”, especulaba ayer Boris Rozhin, Colonel Cassad, que vinculaba el posible intento ucraniano a la necesidad de prorrogar el estado de excepción. “De tener éxito, se dejaría aislada la parte sur de la República y si no, siempre se puede alegar agresión rusa si tuvieran que intervenir fuerzas del distrito militar del sur. Las posibles bajas en el Ejército Ucraniano en un plan de este estilo no serían un factor, ya que el objetivo sería más político que militar. La fecha límite se acerca, ya que a finales de diciembre se acaba el estado de excepción, por lo que, a medida que se acerca esa fecha, el riesgo de provocación armada y con posibles bajas civiles o militares aumenta de forma significativa. Es así en Donbass y también en la frontera con Crimea. La ausencia de este tipo de provocaciones reduciría significativamente el margen de maniobra de Poroshenko y sus partidarios a la hora de prorrogar el estado de excepción”.

Más de tres años después del final de la última gran batalla de la guerra, la de Debaltsevo, y sin ningún avance real en el proceso político que debería haber nacido de las conversaciones de Minsk, los temores -habitualmente infundados- a nuevas ofensivas siguen siendo algo periódico, una idea que no desaparecerá mientras no se logre un alto el fuego sostenible en el tiempo, algo imposible mientras no haya un proceso político que dé la esperanza de una solución al conflicto. Sin embargo, impuesto ya el estado de excepción en Ucrania y con unas autoridades que no pierden la ocasión de dejarse ver vestidos de camuflaje, no es de extrañar que la población de Donbass, y también sus autoridades, teman una posible ofensiva ucraniana.

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