Las calles y plazas de las grandes ciudades se están llenando de redes wifi que luego venden a las grandes multinacionales de la tecnología a fin de mantener bien controlados a los vecinos. Por un abuso del diccionario, las llaman “smart cities”, o sea, “ciudades inteligentes”, una de las cuales es Toronto.

Luego todo eso se oferta y vende como servicios y prestaciones de interés para los propios vecinos y visitantes, además de los consabidos discursos absurdos de algunos informáticos sobre las maravillas que nos esperan con la nueva “inteligencia artificial”.

Nunca como hoy había habido tanta “inteligencia” en el mundo. Hay ciudades “inteligentes”, vehículos “inteligentes”, robots “inteligentes”, viviendas “inteligentes”… Todo es ”inteligente”.

Nuestro viejo diccionario dice que la palabra inglesa “smart” tiene múltiples significados de los que “inteligente” no es el que más nos gusta. También pueden valer “astuto”, “hábil” e incluso “listo” porque en una sociedad capitalista realmente el tipo “inteligente” es el “listo”, o más bien el “listillo” y el “espabilado”.

Lo que normalmente los expertos llaman “inteligencia”, sea natural o artificial, no es otra cosa que la capacidad de adaptación de alguien o algo a la sociedad en la que vive, que es burguesa, competitiva y sedienta de lucro. De ahí que la ciudad “inteligente” de Toronto haya resultado una ciénaga de corrupción, sobornos y mordidas al más alto nivel, desde el Primer Ministro de Canadá hasta el último concejal del ayuntamiento.

En el escalafón de los “listillos” el último lugar lo ocupamos, naturalmente, los vecinos más tontos, que somos lo más típico de internet y las nuevas tecnologías digitales: somos la mercancía que se compra y se vende. En una era tan “inteligente” nadie se preocupa de sus derechos, a los que en la Antigüedad se calificaba como “inalienables”, una maravillosa palabra legada por el Imperio Romano para denotar “aquello que no se puede vender”.

Antes de la llegada de la “inteligencia artificial” en el mundo había cosas así, que no tenían precio, que estaban fuera del mercado (“res extra commercium”). Con los derechos no se negociaba.

Ahora las cosas son de otra manera muy diferente porque en el mundo no prevalecen los derechos sino la “inteligencia” que se aprovecha de nuestra necedad y de nuestra necesidad. A nadie le debe extrañar que los “progres” quieran legalizar la prostitución. Si los órganos se donan, la sangre se vende, los cuerpos se entregan y los vientres se alquilan, ¿por qué no?

A este cambio algunos lo llaman “avance” y los más osados se atreven a hablar incluso de “revolución”. Ya ven como cambia el lenguaje en poco tiempo.

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