Darío Herchhoren.— Hace pocos días escuché en un programa de radio el relato que una hija hace de la labor de su padre, enterrador en el cementerio de Paterna, en la provincia de Valencia.

Según el relato de esa hija, su padre era un hombre de izquierda, que tras la guerra civil española de 1936 a 1939 consiguió a duras penas un trabajo de enterrador en el cementerio de Paterna, donde eran ejecutados por los fascistas, vencedores de la guerra los presos republicanos que en general eran militantes del Partido Comunista, o sindicalistas de la UGT, o antiguos alcaldes de pueblos que pertenecían a esos partidos, o maestros de escuela. Todos ellos, habían cometido el grave pecado de defender al gobierno legítimo de la República contra los facciosos fascistas.

Sigue relatando la hija que su padre antes de enterrar a los fusilados cortaba un trocito de la tela de algunas de sus prendas, o algún botón, y los guardaba en una caja para que si algún familiar reclamaba información sobre el lugar de su enterramiento el enterrador abría la caja y ese familiar podía reconocer si entre esos pequeños trozos de tela había alguno que perteneciera al fusilado.

Pero lo que realmente me causó una sensación espeluznante, fue una anécdota que esa hija contó. Dice que su padre, una vez retirado el pelotón de fusilamiento, se dio cuenta de que uno de los fusilados se movía. Inmediatamente buscó al cura que siempre estaba presente en los fusilamientos y con temor le contó lo que había visto. El cura le espetó entonces sacando una pistola y poniéndosela en la cabeza «tira rojillo que si no acabarás como esos tíos», y acto seguido se acercó al moribundo y lo remató en el suelo.

Hechos como este fueron frecuentes en la genocida guerra civil española. Recuerdo lo que contó un joven periodista portugués que entró en la plaza de toros de Badajoz, donde fueron picados y fusilados alrededor de tres mil quinientos prisioneros republicanos, y cuyos cadáveres fueron quemados en la misma plaza. Ese periodista que aún vive y tiene 90 años relató que ante el espanto que le produjo esa visión se acercó a un sacerdote católico, buscando una explicación sobre lo que había visto, y que el mismo le respondió «algo habrán hecho».

No es mi intención relatar estos actos de barbarie, sino resaltar el papel jugado por la iglesia católica en la contienda civil.

Hay infinidad de testimonios que nos cuentan como curas católicos remataban a los moribundos que no habían sido «bien fusilados», de monjas con pistolas que custodiaban a las presas republicanas.

La iglesia católica española es tan responsable de los crímenes franquistas como el propio Franco, y aún está por llegar el día en que esa iglesia pida perdón por esos hechos, y que la (in) justicia española se digne investigar sobre esas complicidades aberrantes.

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